Libro: Vivir en el cuerpo equivocado, de Juan Pablo Proal
Vivir en el cuerpo equivocado puede leerse y analizarse desde varias perspectivas. Desde los derechos humanos de una minoría que sufre maltrato y discriminación social, pasando por el mirador de los sociólogos y antropólogos que buscan comprender las raíces y misterios de la transfobia en México; o desde la óptica periodística. Y yo de aquí soy.
Se trata de una muy buena investigación reporteril sobre un tema tabú en México y muchas otras naciones. El libro es un amplio reportaje investigado en fuentes directas, con datos duros, que contiene entrevistas con especialistas y víctimas de la disforia de género, es decir, aquellas personas que viven en el cuerpo equivocado.
Digo víctimas porque ésa es la sensación que al lector le queda después de leer sobre la discriminación y violencia social, los traumas psicológicos y laberintos legales y burocráticos que deben sortear los transexuales cuando tienen que dejar el clóset para confesar a su familia y a la sociedad que poseen una identidad sexual que no corresponde con su sexo biológico, pero que además tampoco eligieron.

Cuando, a través de la lectura del libro, se descubre que son expulsados de las escuelas, los baños y sus centros de trabajo, una vez que sus compañeros descubren que sus genitales no son los que creían, o cuando tratan de adaptar su cuerpo a su verdadera identidad sexual mediante tratamientos hormonales y dolorosas y costosas cirugías.
O cuando, en busca del amor o de una pareja, son acusados de marimachas, lesbianas u homosexuales en el mejor de los casos, cuando no de degenerados o depravados, por vivir atrapados en el cuerpo equivocado. En este sentido, el título del libro es muy afortunado.
O cuando por fin logran deshacerse del cuerpo impostor en que viven atrapados, quitándose las tetas, engrosando la voz y poniéndose un pito en lugar de una vagina, tienen que acudir al Registro Civil para cambiarse el nombre y obtener una nueva acta. Y no pueden hacerlo a menos que desembolsen 15 mil pesos en peritos sexuales, médicos o legales, y después de ello deben esperar de cuatro a cinco meses en el Distrito Federal, o entre dos y cinco años fuera de la capital del país, para que su nueva identidad sea legalmente reconocida.
Según la investigación de Juan Pablo Proal, este fenómeno se presenta en uno de cada 37 mil nacimientos.
¿Cuál sería la solución?
En el libro que hoy nos reúne no se plantea ninguna, más allá de la tolerancia y comprensión del problema. Como bien lo dice el autor: la sociedad mexicana castiga lo que no comprende. Y los transgénero están lejos de ser entendidos. Existe una política, consciente o no, de exterminarlos.
En algunos sectores de la sociedad mexicana, muy conservadores, intolerantes o ignorantes, ser transexual equivale a ser asesinado, mutilado, echado de cualquier trabajo, discriminado por tu familia, desconocido por tus padres, ignorado por tus amigos, ser corrido de las tiendas, los hoteles y hasta de los baños públicos, pues no tienen cabida en los de hombres y tampoco en los de mujeres.
Una opción sería la ingeniería genética a partir de los descubrimientos del Genoma Humano. Ahí seguramente se encontrarán respuestas para evitar o corregir la disforia de género menos agresivas que las ofrecidas hoy por la medicina, la endocrinología y la psiquiatría.
Sin embargo tampoco hay que confiar demasiado, pues cuando el hombre ha intervenido la naturaleza humana, con nuevas tecnologías y en algo tan relativamente sencillo como elegir el sexo de un bebé, o intentado regular el número de hijos por familia, en algunos casos facilitando los abortos, se ha equivocado.
Francis Fukuyama, en “El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica”, aparecido en los primeros dos años del siglo XXI, nos recuerda que en Corea nacieron 122 niños por cada 100 niñas a principios de los noventa, frente a la relación normal de 105 por cada 100. La proporción en la República Popular China ha disminuido ligeramente menos, siendo de 117 niños por cada 100 niñas, mientras que en ciertas zonas de la India la relación es incluso más desigual.
En todas estas sociedades, el aborto como medio de selección sexual es ilegal pero, a pesar de las presiones gubernamentales, el deseo de los padres de tener herederos varones ha causado una desigualdad extrema en la proporción de los sexos.
Dicha desigualdad tendrá consecuencias sociales importantes, pues hacia la segunda década del siglo XXI, es decir en siete u ocho años, China afrontará una situación en la que una quinta parte de su población masculina en edad de casarse no podrá encontrar pareja, lo que en opinión de este influyente doctor harvariano, provocará una mayor delincuencia. Pero no será malo al menos para las mujeres, que ahora podrán ser selectivas en escoger a sus parejas, lo que redundará en una vida familiar más estable para aquellos que puedan casarse.
¿Se imaginan ustedes cuáles podrían ser los costos de la humanidad cuando ésta, en aras de evitar el nacimiento de transexuales, pueda elegir el sexo biológico más no mental de sus bebés? De horror, ¿o no?
Crímenes odio
En el libro-reportaje de Juan Pablo Proal, los crímenes de odio contra las personas que viven en el cuerpo equivocado ocupan un lugar destacado.
La organización Transgender Europe (TGEU) ha documentado 426 homicidios contra personas transexuales en los últimos dos años y medio en todo el mundo, lo que equivale a un asesinato cada tres días.
En la Ciudad de México, la asociación Ángeles en Búsqueda de la Libertad, que integra a trabajadoras sexuales trans, calcula alrededor de 45 homicidios en los últimos 20 años.
Dicha cifra no es compartida por el Informe de Crímenes de Odio por Homofobia en México 1995-2008, elaborado a partir de la revisión de 71 diarios locales y nacionales. Ahí se consignan 80 homicidios en agravio de personas transgénero en todo el país.
Éstos y muchos otros asesinatos que jamás llegan a conocerse son resultado, nos dice el autor, de la transfobia de un amplio sector de la sociedad mexicana, que tiene creencias, opiniones, actitudes y comportamientos de agresión, odio, desprecio y ridiculización en contra de las personas trans.
Y los policías son especialmente transfóbicos, sobre todo cuando son asignados a zonas donde se permite o se tolera el comercio sexual. Los trans son carne tierna, ideal para la extorsión o para ser acusados de robo, homicidio, agresión, faltas a la moral y a las buenas costumbres. Son su caja fuerte, su gallina de los huevos de oro, sobre todo cuando se investigan crímenes seriales atribuidos a hombres que se visten y se arreglan como mujeres, o mujeres con facciones varoniles, como ocurrió en 2005 antes de que la policía atrapara a Juana Barraza Samperio, mejor conocido como la “Matavijejitas”.
En su investigación, Proal no hace una apología de las personas trans. Cuenta y documenta que no todas son santas y que muchas de ellas, ya metidas en la prostitución, son ladronas y criminales.
Vivir en el cuerpo equivocado es una obra de más de 150 páginas distribuidas en cinco capítulos— cada uno de los cuales podría ser un reportaje en sí mismo— rico en testimonios de transexuales que comparten sus vivencias gratas e ingratas; salpicado de entrevistas con especialistas en el tema; con anécdotas del pasado reciente y que retrata a personajes de la política y la farándula; y que atrapa al lector desde sus primeras páginas por su prosa ágil y directa, y la sencillez narrativa de un gran reportaje convertido en libro.

