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La UNAM Iztacala: una vivencia en la periferia

· febrero 5, 2016

Ismael Ledesma Mateos

 

El Padre Ubú —ensimismado en el poder y las phinanzas— sería del todo ajeno al problema de la importancia de la universidad pública, de su masificación y de la necesidad de mantener su vigencia. El preferiría con seguridad la educación privada pues implica ganancias y el mundo gira en torno a ello. Sin embargo la educación pública existe y sin ella México no sería lo que es, a pesar de sus facetas oscuras y tenebrosas, lo que nos permite albergar alguna esperanza.

Yo decidí estudiar la carrera de biólogo desde que tenía doce años. En Puebla no existía una institución que la impartiera, por lo que tuve que partir a la UNAM, realizando mi examen de admisión en el Estadio Azteca en el año de 1978. Sin embargo, para mi sorpresa se me había asignado como plantel un lugar extraño que no conocía, en vez de Ciudad Universitaria. Mi domicilio se ubicaba en la colonia San Rafael, por el rumbo de San Cosme y en esos tiempos las normas eran muy estrictas en lo que toca al lugar donde uno habitaba, de manera que me asignaron la Escuela Nacional de Estudios Profesionales (ENEP) Iztacala, en el norponiente de la zona metropolitana, en la frontera de la ahora Ciudad de México y el municipio de Tlalnepantla en el estado de México, delante de Azcapotzalco. Si alguien vivía en la Condesa, le tocaba Iztacala, si vivía en la Roma, a Iztacala, si vivía en Santa María la Ribera, a Iztacala y en el norte o el estado de México, pues también a esa ENEP.

La Facultad de Ciencias en Ciudad Universitaria les tocaba a quienes vivían en el sur de la ciudad, a partir de la colonia Narvarte, y la ENEP Zaragoza a los que procedían del oriente o cerca de ahí, como Texcoco o Ciudad Nezahualcóyotl.

La técnica para asignar plantel era muy sencilla: se ponía un compás en un mapa y se marcaba la zona que correspondía al alumno; era absolutamente inflexible. Yo —por prejuicio— quería estar en CU. ¿Qué es eso de una ENEP?, ¿qué acaso son para alumnos de segunda? Y bueno, ambos planteles en realidad me quedaban prácticamente a la misma distancia.

Entonces recurrí al influyentismo y le pedí al rector de la Universidad Autónoma de Puebla, al ingeniero Luis Rivera Terrazas, una carta para la directora de la Facultad de Ciencias, la doctora Ana María Cetto, que él conocía bien, pues era también física. Ella me recibió de inmediato y me autorizó el cambio de escuela, pero al llegar a Iztacala con mi oficio, la jefa de control escolar me la rompió en la cara, diciéndome una sarta de groserías, que me ruboriza escribir aquí. En resumen, su argumento era: “si toleramos esto, la escuela se nos va a vaciar”, “aquí le tocó y aquí se queda”.

La fuerza de las cosas es inexorable, y lo que al principio me pareció algo feo fue en realidad algo extremadamente afortunado. Iztacala era una de las cinco unidades multidisciplinarias periféricas de la UNAM, pero particularmente era un proyecto consentido del nuevo rector, el cual puso en manos del doctor Héctor Fernández Varela como primer director, quien impulso el desarrollo del plantel como un espacio de vanguardia en las disciplinas de la salud, así como en la biología y la psicología, teniendo la virtud de haber seleccionado personal de magnífico nivel y calidad académica.

Iztacala empezó llena de carencias, en un poblado no urbanizado, Los Reyes Iztacala, cuyo nombre se debe a los Reyes Magos, e incluso cuando aún no se terminaba de enrejar las vacas que pastaban en los alrededores eran parte del paisaje junto con los nuevos edificios y los que estaban en proceso de terminación. De hecho, la escuela empezó a funcionar con la carrera de odontólogo en las instalaciones de la ENEP Cuautitlán —que fue la primera— y para marzo de 1975 abrió sus puertas con las demás carreras: biología, medicina, enfermería y psicología, con innumerables dificultades.

Pero para noviembre de 1978, cuando inicié mi carrera de biólogo como parte de la quinta generación, las cosas eran muy distintas. Todo era nuevo, desde el equipamiento hasta la mayoría de los profesores, lo cual le confería una ventaja particular, pues los académicos jóvenes, en proceso de formación hacían su trabajo con gran empeño, lo que contrastaba con dependencias donde profesores con una formación consolidada tenían tal seguridad que contrastaba con una actitud de reto, lo que le dio una especial frescura a Iztacala. Visitando la Facultad de Ciencias en Ciudad Universitaria, la realidad contrastaba pues había equipo con muchos años de uso, algo congruente con la edad de la dependencia y la problemática presupuestal de la UNAM, pero nuevos proyectos, algo reciente, ameritaban un tratamiento distinto y eso fue lo que se vivía en Iztacala.

Ahí encontrabas profesores que aún eran estudiantes o recién egresados, pues la primera generación había concluido y al momento que ingresé la segunda terminaba su séptimo semestre. Ello se debía a la existencia de las categorías de Ayudantes de Profesor “A” y “B”, las cuales en los hechos no existen en la actualidad. Para el nivel “A” se requería un 75% de créditos de la carrera y un alto promedio, y para ser “B” era necesario ser pasante. Numerosos académicos ingresamos como profesores ayudantes “A”, para luego transitar al nivel “B”, lo cual fue determinante en nuestra formación. Se trataba de una idea orientada a la formación de futuros cuadros que garantizaran el relevo generacional en el contexto del desarrollo de la institución. El saber de la existencia de esas posibilidades, implicaba además un aliciente para continuar estudiando con tesón y poder así incorporarse laboralmente a la universidad.

Una particularidad de Iztacala fue la instrumentación de una política de cambio curricular en todas sus carreras, diseñando planes de estudio alternativos, que representaron una importante contribución a la existencia de nuevas formas de enseñanza en el país. Una innovación trascendental fue la instrumentación de los sistemas de enseñanza modular, donde la enseñanza de la medicina se modificó trascendentalmente eliminando las materias clásicas, tales como anatomía, histología, embriología, fisiología, bioquímica o farmacología, módulos donde todo ello debía ser integrado en función de aparatos y sistemas, por ejemplo cardiovascular o linfohemático. Cuestión interesante, tanto en lo disciplinario como en lo histórico, que sin embargo amerita una profunda reflexión y discusión.

Otro caso fue el de biología, donde afortunadamente en la planta existían académicos con una visión innovadora, que fueron capaces de crear un modelo modular, que se puso en marcha en 1978, exactamente en el año que ingresé a la carrera, cuando se nos ofreció escoger entre permanecer en el llamado “Plan tradicional” de 1966 —proveniente de la Facultad de Ciencias en Ciudad Universitaria— o mudarse al nuevo plan. Yo opté por permanecer en el tradicional, aunque conocí de cerca la experiencia del plan recién puesto en marcha, e incluso cuando inicié mi labor docente universitaria en 1981impartí en él el curso de enzimología junto con mi maestro Sergio González Moreno, la principal mente impulsora de ese novedoso plan de estudios. Gracias a la formación que adquirí en Iztacala y el choque cultural que significó la coexistencia de los dos planes pude impulsar la fundación de la Escuela de Biología de la UAP y su innovador plan de estudios.

Las unidades periféricas de la UNAM poseen una enorme importancia para la institución, por lo que resulta absurdo que muchos ignoren de su existencia cuando ¡son una realidad desde 1974!, cuando en febrero de ese año el Consejo Universitario aprobó su creación.

En la actualidad las ENEPs ya no existen, pues dieron lugar a las Facultades de Estudios Superiores (FES), dado que de acuerdo a la legislación universitaria las escuelas al impartir el nivel de doctorado se convierten en facultades. En el caso de Iztacala, que en 2015 cumplió 40 años, se imparten las carreras de biólogo, psicólogo, médico cirujano, cirujano dentista, licenciado en enfermería y licenciado en optometría, así como maestrías y doctorados, además de realizar investigación en cuatro unidades dedicadas a ello y dar servicio e impartir cursos en sus clínicas odontológicas y médica. Dejó de ser ENEP para pasar a FES al incorporar el doctorado en psicología y el de ciencias biológicas, siendo el segundo presupuesto más alto de escuelas y facultades de la UNAM.

Las ENEP Cuautitlán (1974), Acatlán (1975), Iztacala (1975), Aragón (1976) y Zaragoza (1976) fueron la materialización de una iniciativa original del rector Pablo González Casanova, quien lamentablemente no pudo instrumentarla, como consecuencia de su salida de la rectoría por un conflicto orquestado por el gobierno para echarlo fuera. Fue el doctor Guillermo Soberón Acevedo quien tuvo la responsabilidad de llevar a cabo la fundación y puesta en marcha de estos nuevos campus, a partir de febrero de 1974 y que en la actualidad son un ejemplo de la fortaleza de la universidad pública mexicana, donde vemos cómo esa periferia ha contribuido al desarrollo con una enorme centralidad.

Ubú pondría cara de incomprensión, ante una realidad que le es ajena, pero de la que vale la pena hablar en un México desolado por el temor, la incertidumbre y el hastío.

 

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