Ismael Ledesma Mateos
Entre las imágenes frente a las que crecí viendo la pantalla de TV se encuentra la de Jacobo Zabludovsky, personaje que en el trayecto de mi vida causó sentimientos polémicos y encontrados. Se trata de los años sesenta, del 68 y el ocultamiento por parte de la prensa de la represión gubernamental. Asimismo del echeverriato, de la “guerra sucia”, del exterminio de la guerrilla, con una capacidad bélica con la que el ejército mexicano no ha sido capaz de exterminar al narcotráfico en estos tiempos. Se trata de las crónicas de los informes, de las visitas presidenciales…
Sin duda Jacobo Zabludovsky fue “El Periodista” de la “La Presidencia Imperial”, un emblema del llamado sistema político mexicano, aquel que se cayó en 1988. En todo momento Jacobo estuvo ahí, como estuvo apoyando el golpe al Excélsior de Julio Scherer o narrando la inmensa tragedia que vivió la Ciudad de México con el terremoto del 19 de septiembre de 1985, uno de sus trabajos periodísticos más emotivos.
Gran entrevistador, se convirtió con los años en un verdadero maestro del periodismo, formador de generaciones de comunicadores, muchos de los cuales migraron de Televisa a otros medios.
La historia política del México de la segunda mitad del siglo XX —y ahora del siglo XXI— es impensable sin la televisión, dispositivo generador de ideología, que hubiera maravillado tener en su poder al Padre Ubú. Telesistema Mexicano, empresa fundada por Emilio Azcárraga Vidaurreta el 26 de marzo de 1955 dio lugar a Televisa el 8 de enero de 1973 al fusionarse con Televisión Independiente de México, convirtiéndose en el más poderoso emporio de control de las mentalidades en el país. En esta tarea, Don Jacobo jugó un papel fundamental.
En su genial pieza teatral Nekrasov (1955), luego publicada en Les Temps Modernes, Jean-Paul Sartre hace una crítica radical de los vínculos entre la prensa —en este caso escrita— y el poder, la cual se hace plenamente extensiva a la prensa radiofónica y televisiva, poniendo énfasis en su obsesión anticomunista y exhibiendo la manera en cómo la prensa no se detiene ante la necesidad del escándalo y del servicio al poder, como ocurre al final de la obra, cuando inventan una nota de ocho columnas. El ejemplo de Televisa encaja aquí —y el papel de Jacobo fue en ello crucial— como anillo al dedo.
Sabludovsky estudió derecho en la UNAM, aunque siempre amó su vocación periodística; de hecho ya trabajaba en ello desde los 14 años, como corrector de pruebas en el diario El Nacional. Tenía menos de 20 años cuando era subdirector de noticias de la XEX, a los 23 produjo y dirigió el primer noticiero de televisión en canal 4, patrocinado por General Motors y en 1971, llegando a los 40 años, tomó la conducción del principal noticiero de la televisión, mismo que abandonó en el año 2000.
Si bien no puede decirse precisamente que fue el vocero oficial del régimen, se acercó mucho a ello, siendo fiel a las reglas impuestas por los gobiernos priistas, al grado de inspirar la canción de Molotov, “Que no te haga bobo Jacobo”, y él mismo llegó a aceptar que en muchas ocasiones se vio obligado a “quedarse con la versión oficial” porque “sus posibilidades de investigación eran mínimas”, alcanzando a afirmar que “eso lo padecían todos los periodistas”.
Humano, amante del tango, de la tauromaquia, fiel a su oficio, su salida de Televisa se convirtió en una suerte de liberación, como el cauce a una metamorfosis moral e intelectual. Para un creyente en “la moral de la ambigüedad” como soy yo, esto no es nada extraño: de pronto el Jacobo Zabludovsky que llegué a escuchar en radio, no era el mismo del noticiero 24 Horas de la televisión. Crítico, claramente comprometido con Fundación UNAM, no tenía nada que ver con aquel que presentaba comentaristas reaccionarios y derechistas, claramente monstruosos, como Roberto Blanco Moheno, entre otros.
Para la desagradable sorpresa del Padre Ubú, la gente cambia, y de estar entre Dios y el Diablo, pasó de estar con el Diablo a acercarse a Dios en el sentido metafórico del tiempo. Apenas el jueves pasado escuchaba en un café a un parroquiano decir: “Ya se le murió a López Obrador su principal apoyador”.
Efectivamente, en sus últimas columnas y en otros medios, Don Jacobo pronosticaba, con todo su colmillo político, el inminente triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las próximas elecciones. Por esta y muchas cosas más, incluida la autocrítica a su papel en la vida política mexicana, quedo convencido de que Jacobo Zabludovsky supo posicionarse en un lugar digno, a pesar de su historia personal paradójica y controversial, y su lugar en la historia está plenamente asegurado.
Bien podemos hablar de dos Jacobos: el que se sometió a los dictados del México posrevolucionario, que contribuyó a construir, y otro, donde renació como hombre libre. Para algunos, uno es el bueno, el otro el malo. Depende desde qué perspectiva se mire.









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