Ismael Ledesma Mateos
Voltaire es un nombre que, para las mentes obtusas, resulta aterrador. Gracias a mi abuelo escuché por primera vez ese nombre, junto con los de Rousseau, Diderot, Montesquieu, así como Robespiere, Dantón y Marat. Años después supe que los primeros fueron filósofos de gran trascendencia, que representan el periodo que conocemos como del “Iluminismo”, “Ilustración” o el “Enciclopedismo” y los segundos, dirigentes de la Revolución Francesa, políticos militantes, inspirados en la atmósfera intelectual producto de la reflexión filosófica que los antecedió. El Iluminismo fue un movimiento intelectual y cultural de la segunda mitad del siglo XVIII, conocido como el Siglo de las Luces, que tuvo como objetivo crear conciencia por la propia razón, que llevaría a la confianza, la libertad, la dignidad, la autonomía, la emancipación y la felicidad del hombre. Lo iluministas establecían que la razón humana permitiría construir una sociedad más justa, sin desigualdades y garantizando los derechos individuales de cada individuo, así como también desarrollar la educación, la política y el gobierno de un país.
El iluminismo debe ser considerado como una etapa histórica del pensamiento burgués y se concibe como una ideología desarrollada en Europa, que tuvo enorme influencia en las luchas revolucionarias del siglo XVIII, particularmente la Revolución Francesa. El culto a la razón iría de la mano del laicismo y del anticlericalismo, convirtiéndose en un poderoso recurso para el combate de la ideología que sustentaba el orden feudal, tratando de encaminar el mundo hacia la modernidad que implicaba la transición al capitalismo, lo cual pasa por la realización de las revoluciones burguesas, como lo fue la francesa, que condujeron a la transformación de Occidente.
Así Voltaire, en una de sus “Cartas”, la novena, “Sobre el gobierno”, se refiere a Guillermo el Conquistador, rey de Inglaterra, y dice: “… sobre todo los gobernó con cetro de hierro, disponía de los bienes y de la vida de sus nuevos súbditos como un monarca de Oriente; prohibió bajo pena de muerte, que ningún inglés se atreviese a tener fuego o luz en su casa pasadas las ocho de la tarde, sea porque pretendiese de este modo prevenir sus asambleas nocturnas, sea que quisiese probar, por medio de una prohibición tan chocante, hasta dónde puede llegar el poder de un hombre sobre otros hombres”.
Este texto le viene de maravilla al Rey Ubú, quien se sentiría plenamente identificado con ese monarca británico, antecedente del gobierno que Ubú representa, junto con todos los bajos valores que encarna, alguien al que también se le podrían aplicar las reflexiones de Voltaire.
François Marie Arouet (21 de noviembre de 1694- 30 de mayo de 1778) murió hace 240 años. El nombre que escogió: Voltaire, ha sugerido diversas interpretaciones. Algunos dicen que se trataba del nombre de una vieja propiedad familiar, otros sostienen que simplemente era una abreviatura de su apodo escolar, le volontaire (el voluntarioso), o bien, ya que hubo elegido su camino, “la belleza, la elocuencia y la historia”, lo abandonó todo, “incluso su nombre de pila (que le recordaba a su loco hermano) y creó su epíteto de batalla, que es “Voltaire”, acrónimo de Arouet L. J.
Fernando Savater nos hace pensar en las sonoridades que tiene el nombre Voltaire: Revolter: sublevar, revelar; o Voltiger: voltear, dar vueltas. Precisamente el imperativo categórico, el compromiso ético e histórico de Voltaire fue con el cambio, con la sublevación, con la transmutación de todos los valores.
De acuerdo con Julio César Carrión Castro, y como lo indicara Victor Hugo, “Voltaire, solo, teniendo allí, a su vista, reunidas todas las fuerzas, la corte, la nobleza, la banca; este poder inconsciente, la ciega multitud; esta aterradora magistratura, tan pesada para los esclavos, tan dócil para el dueño; ese clero, siniestra muestra de hipocresía y de fanatismo; Voltaire, solo, declaró la guerra a esa coalición de todas las iniquidades sociales, a ese mundo enorme y terrible y aceptó la batalla. ¿Y cuál era su arma? Aquella que tiene la ligereza del aire y el poder del rayo. Una pluma. Con esta arma combatió; con esta arma venció”.
La obra de Voltaire es de una enorme riqueza, conteniendo elementos que podrían parecer contradictorios. Como plantea Savater, uno de los aparentes dilemas, de los más insolubles, es el de su relación con la filosofía: “¿Fue Voltaire un filósofo o más bien un adversario satírico de la filosofía? ¿Cómo puede ser que este siglo filosófico, donde al parecer los filósofos pululan, parezca históricamente lidereado por el más dudoso y sin duda el menos original de todos ellos?… Quizás en este tema concreto la verdadera confusión no estribe en las contradicciones volterianas sino más bien en la ambigüedad de la propia noción de filosofía, sobre todo en la Francia del siglo XVIII.” Para muchos, la filosofía equivale a contemplación y especulación, quizás incluso a metafísica. “Sin embargo, no es posible concebir a nadie menos contemplativo que Voltaire, sólo le interesaban de verdad las cuestiones referidas a la acción humana: sea la acción científica que transforma la realidad material en que vivimos, sea la acción moral que enmienda y reforma las instituciones sociales que nos organizan. La especulación sobre los bastos temas del universo o la trascendencia le impacientaban pronto y le aburrían en cuanto se acababan las posibilidades de ejercer una burla ingeniosa sobre quienes se enfrascaban en ellos.” Contra de cualquier duda, fue uno de los más grandes filósofos de la humanidad.
Un referente de enorme importancia para la filosofía del siglo de las luces es su Diccionario filosófico, pero sin duda algo que merece especial atención son sus cuentos, entre los que destacan Zadig o el Destino (1747) y Candido o el Optimismo (1759). El cuento, al igual que la novela, el teatro o en el mundo contemporáneo el guión cinematográfico son formas eficacaces de transmisión del pensamiento filosófico y si tenemos el mejor ejemplo de ello con Jean-Paul Sarte en el siglo XX, tenemos un gran ejemplo de ello en el siglo XVIII con Voltaire, lo que lo convierte en un “escritor filósofo”.
En Zadig encontramos presentes los elementos que caracterizan al pensamiento filosófico de Voltaire, donde aparece Dios, el destino, el determinismo, la libertad, la acción humana, la búsqueda de la felicidad, siendo esa relación entre Destino y Dios un aspecto fundamental. Para el filósofo que sostenía la idea de que “si Dios no existe, habría que inventarlo, precisamente en bien de la armonía moral de la sociedad”, la existencia de Dios es demostrable, a lo cual se llega por medio de una ciencia que es la física de Newton. Si su refente filosófico fue Locke, Newton lo fue en lo científico. Por otra parte, como señala Martí Domínguez: “Zadig le sirvió al menos para dar salida a toda su filosofía: sus críticas habituales contra la corrupción política, contra la ligereza de los soberanos demasiado sensibles a las adulaciones, contra la Iglesia, contra las mujeres inconstantes y demasiado preocupadas por su apariencia externa, y contra los ricos, gente cruel y avara.”
Como sostiene José Pablo Feinmann, “Voltaire era un inconformista. Para él, el optimismo es reaccionario. Y cuando piensa en el optimismo piensa en Leibniz y su teoría del ‘mejor de los mundos posibles’. Aproximadamente, Leibniz razonaba así: si Dios ha creado este mundo es porque éste es el mejor de los posibles, si no hubiera creado otro. Al no haber creado otro, y siendo Dios infinitamente bueno y deseando lo mejor para la humanidad, creó éste, este mundo que habitamos y que necesariamente tiene que ser el mejor de los posibles, de modo que quejarse es absurdo y la aceptación es el corolario espiritual de semejante filosofía.” De ahí que emprendiera la escritura de Cándido, donde los personajes centrales son el Doctor Pangloss, ferviente partidario de la idea de Leibniz y Cándido, con el que discute en todo momento. “Pangloss ejemplifica para Voltaire un optimismo que acepta el mundo tal cual es y no se rebela contra la cuestión fundamental que el cuento expresa: que el Mal se ha enseñoreado de la tierra. Voltaire apuesta a la revolución y apuesta también al poder de la razón como instrumento para hacerla.”
Según Martí Domínguez, en Cándido “las alusiones anticlericales se concretan en virulentos ataques contra la Inquisición, contra los jesuitas y en general contra los monjes y los curas, que aparecen como vulgares ladrones; y una sátira mordaz contra la nobleza, impregna todo el texto. En efecto Cándido es la confirmación de la máquina de guerra volteriana, una burla general de las pobres y fatuas pretensiones del mundo; de algún modo encumbra el siglo XVIII: todo el ingenio francés está ahí.”
En efecto, como afirmó Friederich Nietszche: “Voltaire es ante todo un gran señor de la inteligencia.”
Ubú Rey hubiera tenido pavor de enfrentar en sus dominios a una inteligencia tan poderosa y corrosiva como la de Voltaire, que cuestionara demoledoramente su poder omnímodo, aunque de hecho su creador, Alfred Jarry, también la tuvo y fue capaz de concebirlo, como una metáfora más, para que la humanidad reflexione acerca de la naturaleza y su lugar en la vida y la sociedad.
¡Para mí es suficiente!









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