Ismael Ledesma Mateos
La patética contingencia que padece el mundo nos lleva a pensar acerca de las relaciones entre ciencia y sociedad y el papel de los actores humanos y no humanos, lo que la historia tradicional no fue capaz de vislumbrar y darle una justa dimensión. El virus SARS-CoV2, responsable de la enfermedad llamada COVID-19, nos debe llevar a reflexionar acerca de la forma en que somos vulnerables a una partícula microscópica, que puede amenazar a toda la sociedad de manera mundial.
Si los seres vivos somos, como diría Jacques Monod, “extraños objetos”, los virus son aún más extraños: se trata de entes que no están vivos, pero que actúan en el interior de las células vivas, apoderándose de su genoma y controlándolo para su replicación. Una consecuencia de la ignorancia es decir que se puede “matar al virus”, cuando no se puede matar a algo que no está vivo. Eso nos lleva a pensar: “¿qué es la vida?”.
Gracias a los antibióticos, la humanidad pudo controlar las infecciones bacterianas, las cuales fueron letales durante siglos, pero las virales no han podido ser del todo controladas, siendo la vacunación el medio más eficaz contra ellas. El virus de la viruela fue determinante para concretar la conquista de Tenochtitlán, y otros virus han diezmado implacablemente a grandes poblaciones, tal como ocurrió con la influenza española, que llegó a ser una pandemia que a partir de 1918 mató en dos años a cerca de 60 millones de personas.
Como ha escrito Octavio Gómez Dantés: “Eran tiempos de guerra y, en Rusia y México, de revolución. La muerte era un evento tan común que posiblemente abarató la vida y endureció los corazones. Sólo esto puede explicar que esta devastadora pandemia haya ocupado tan pequeño y oscuro espacio en la memoria colectiva. La extraordinaria Historia de la salud pública, de George Rosen, publicada en 1958, y la décimo tercera edición de la Enciclopedia Británica, publicada en 1926, no hacen la más mínima mención a esta tragedia. No es de extrañar que uno de los mejores libros sobre el tema, escrito por Alfred Crosby, se titule justamente La pandemia olvidada.”
Esa pandemia generó, como señala ese autor, “seis veces el número de individuos que fallecieron en combate en la Primera Guerra Mundial (9.2 millones) y cuatro veces los que murieron en la segunda de las grandes guerras del siglo pasado (15.9 millones). Debida posiblemente a una mutación de la influenza porcina, esta enfermedad alcanzó dimensiones pandémicas como resultado de las migraciones masivas asociadas a la guerra. Si hoy se infectara con aquel virus de la influenza un porcentaje parecido de la población de Estados Unidos al que se infectó en 1918 (28%) y la tasa de letalidad alcanzara la cifra de aquel año (2.5%), se producirían alrededor de 1.5 millones de decesos en este país, cifra superior al número de muertes en un año por enfermedades del corazón, cáncer, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, SIDA y Alzheimer sumadas”.
Ésa es la potencia mortal de ese ente, que no puede considerarse “organismo”, que no está vivo, pero que tiene algunas propiedades características de los seres vivientes, como la replicación de material hereditario (genético), usando el sistema de la célula que infecta, capacidad de variación (mutación) que les permite evolucionar, estar conformados por biomoléculas propias de los seres vivos, como son ácidos nucleicos (DNA o RNA, como en este caso el coronavirus) y lípidos como cubierta, algo también propio del SARS-CoV2, que hace que la manera más eficaz de inactivarlo sea el jabón, por lo que es crucial lavarse las manos. Pero lo que no tienen, y es determinante de los seres vivos, es el metabolismo, que tendríamos que considerar la clave de la vida y que consiste en el intercambio de materia y energía con el medio ambiente.
Los virus surgieron evolutivamente como una forma de transmisión de información genética de una célula a otra, lo que contribuyó a incrementar la variación hereditaria, y por ello co-evolucionaron con las células vivas. Pero, además de todas estas consideraciones biológicas, los virus son determinantes para la sociedad, en diferentes momentos de la historia. En los años ochenta, apareció uno mortalmente inquietante, el VIH, considerado el agente causal de la “inmunodeficiencia humana”, llamado SIDA, que comenzó a asolar al mundo en esa época. Mucho se ha polemizado sobre la existencia de ese virus, que algunos científicos, incluso un Premio Nobel, que desarrolló la técnica del PCR (La PCR, por sus siglas en inglés es la ‘Reacción en Cadena de la Polimerasa’, una prueba de diagnóstico que permite detectar un fragmento del material genético de un patógeno). En la pandemia de coronavirus, como en tantas otras crisis de salud pública relacionadas con enfermedades infecciosas, se está utilizando para determinar si una persona está infectada o no con coronavirus. A esta herramienta se están sumando en los últimos días los test de diagnóstico rápido, más sencillos y rápido para el estudio de ácidos nucleicos. Uno de los considerados descubridores del VIH, Jean Luc Montaigner, también Premio Nobel en 2008, ha hablado respecto al coronavirus. Afirma que fue creado en un laboratorio, lo que luego desmintió. El ha afirmado que el virus no existe. Dijo originalmente que el coronavirus causante de la Covid-19 es una fabricación humana, obra del laboratorio de Wuhan (China) al que apuntan otras sospechas. Según Montagnier, se trató de una fuga accidental mientras investigaban una vacuna contra el SIDA.
Se ha dicho que el Premio Nobel francés, de 87 años, aseguró a la web médica ¿Pourquoi Docteur? que el SARS-CoV2, el patógeno que está provocando la actual crisis sanitaria global, contiene algunas secuencias idénticas a las del VIH. Según el prestigioso científico, la teoría de que el coronavirus se originó en un mercado de animales vivos en Wuhan “es una bella leyenda, pero no es posible”. Montagnier se apoya en un polémico estudio indio y en un análisis matemático.
No obstante, sus opiniones son siempre controversiales, pues siendo un eminente virólogo, ha llegado a afirmar que las vacunas pueden producir autismo y apoyar a los partidarios del movimiento antivacunas, además de sostener que su aplicación no debe ser obligatoria, lo cual, a mi juicio, es un postura criminal.
El Padre Ubú tendría miedo del coronavirus, pues en su reino no existe un sistema de salud educado para afrontarlo, tal como pasa en México, donde fue desmantelado por los gobiernos del PAN y el PRI, pero que se está restableciendo.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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