Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú pensaría que vivimos en la confusión. Para qué hacer elecciones en un país que tenía una dictadura perfecta. Así fue por décadas, sin necesidad de golpes de Estado, como el que dio con el Capitán Bordura. Pero aquí, cuando Fox desestabilizó a esa dictadura y condujo a pensar en la posibilidad de una verdadera transición democrática, lo cual abortó con el fraude electoral de 2006… ¡Pinche fraude electoral!
Las elecciones del 5 de junio son para la política mexicana una lección que nos muestra el fracaso de la transición a la democracia. En las diferentes entidades donde ocurrieron, las prácticas clásicas del viejo sistema político mexicano se hicieron presentes, desde la coacción y compra de votos hasta el relleno de urnas, pasando por una enorme gama de trapacerías. Sin embargo, la diferencia ahora fue que no la realizó un partido único, sino los gobiernos de diferentes partidos en el poder; es decir, las acciones fraudulentas fueron “federalizadas”. Ni siquiera el PRI, el partido que detenta la Presidencia de la República, fue capaz de imponerse y su dirigente nacional, Manlio Fabio Beltrones tuvo que tragarse sus fanfarronas palabras, pues no pudo triunfar en todos los estados donde decía tener el triunfo garantizado.
Muy ilustrativo —y divertido— fue el debate realizado la noche del domingo en el canal 2 de Televisa, conducido por Joaquín López Dóriga con los dirigentes del PRI, PAN y PRD, donde fue notable el enojo del dirigente priista y la actitud burlona de su colega panista, pues, en efecto, ese partido derechista, en absurda alianza con el partido oportunista PRD, consiguió ganar en varias entidades.
En el caso de Puebla lo que vimos fue una “elección de Estado”, en el sentido estricto del término, donde el gobernador Rafael Moreno Valle resultó el triunfador al conseguir que Antonio Gali resultara vencedor. Aquí no se trata de un partido, pues no fue el PAN ni la coalición que encabezó quienes resultaron victoriosos, sino el actual mandatario y su estrategia para mantener el poder en la entidad.
Tan importante era para el PRI recuperar la plaza que el mismo Beltrones vino a supervisar la elección; sin embargo, la habilidad de Moreno Valle se impuso. En realidad, el resultado era previsible desde algunas semanas antes, y aunque el PRI tenía buenas posibilidades era evidente la ventaja de Gali. En Puebla el gran perdedor fue el PRD, que a diferencia de otros estados no aprovechó la posibilidad de aliarse con el seguro ganador y mostró nuevamente su incapacidad política.
El otro triunfador fue Morena, pues en las condiciones en las que se dio el proceso poblano, quedar en un tercer lugar no es algo que deba menospreciarse. Si bien es cierto que el porcentaje de votación obtenido por su candidato Abraham Quiroz Palacios no fue lo que sus partidarios hubiéramos deseado, para ser la primera elección en la que participa en Puebla es un gran logro.
Abraham tenía todo para destrozar a sus oponentes en el debate televisivo, pero no aprovechó la ventajosa circunstancia; no obstante, con una campaña discreta y modesta obtuvo una votación considerable. Los resultados de esta elección implican también una lección para los partidos de oposición, que deben utilizarlos para diseñar una estrategia que lleve a su adecuado posicionamiento. Particularmente Morena requiere remontar la idea de un liderazgo unipersonal y distanciarse del riesgo del culto a la personalidad que puede producirse con un liderazgo tan fuertemente carismático como el de Andrés Manuel López Obrador, dejando de lado todo vestigio de encontrarse ante un “mesías tropical”, como fue llamado hace algunos años por Enrique Krauze.
Resulta preocupante cómo un nuevo partido que se presenta como una esperanza para México realiza la selección de sus candidatos, debiendo ser vigilante de la irrupción de caciquismos y actitudes patrimonialistas. Los triunfos del PAN en alianza con el PRD y otros partidos resultan benéficos en términos de mermar el triunfalismo del PRI, que no fue capaz de imponerse a pesar de todo su aparente poderío. El triunfo en Puebla no fue del PAN, sino del “morenovallismo”, que la oposición debe ser capaz de entender como un fenómeno que debe remontarse en las elecciones del 2018, donde Morena deberá ser un indiscutible ganador.
En la Ciudad de México la presencia de la izquierda es incuestionable. En la elección del pasado domingo para la Asamblea Constituyente, Morena obtuvo 622 mil votos, 80 mil más que el PRD, que detenta la Jefatura de Gobierno, aunque en un contexto de enorme abstención, con una votación del 28.4% del padrón y en la que un candidato independiente, líder del sindicato de bomberos, obtuvo 21 mil votos. Ese triunfo no debe llevar a ese partido a ufanarse y menospreciar la autocrítica, pues como se vio en los resultados de otras entidades, la cosa no está nada fácil, como se demuestra en Veracruz y Zacatecas, donde todo parecía indicar que Morena triunfaría.
De 12 gubernaturas el PAN, solo o con sus aliados, obtuvo 7, en tanto que el PRI solamente 5, lo que no es nada alentador y significa un estancamiento de las izquierdas, de la oportunista que representa el PRD, pero tampoco de la verdadera, que es Morena. Este escenario debe llevarnos a reflexionar sobre la realidad política del país, en un momento en realidad difícil ante la crisis económica que afrontamos, donde para colmo el gobierno de Peña Nieto ha pedido de nueva cuenta un cuantioso préstamo al FMI, en tanto que su delfín, encargado de la Secretaría de Educación Pública, centra su campaña de promoción a la candidatura presidencial en la represión al magisterio y su manipulador discurso acerca de una falaz reforma educativa.
Habrá que ver la composición final de la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México y cómo queda su producto final, para saber si realmente legislaron o sólo cumplieron formalidades y si en realidad fue “constituyente” y no “prostituyente”, como podría por desgracia ocurrir. Un importante logro que muchos no entienden o no saben valorar es la transformación de la capital del país en una nueva entidad federativa y no en un “Distrito Federal”, gobernado por un regente a las órdenes del presiente de la Republica, como en los hechos ha sido con el “perredista” Mancera.
Entonces, las elecciones del 5 de junio nos dejan varias lecciones. La primera es que los viejos estilos del sistema político perduran. La segunda, consecuencia de la anterior, es que la transición a la democracia no se pudo consolidar en México. Y la tercera es que las izquierdas, principalmente Morena, deben recapacitar acerca de su papel en la sociedad y plantear propuestas y alternativas a lo que el país requiere en este momento histórico.
El Padre Ubú ante todo lo dicho haría un mohín de desagrado. Diría: “¡Que rebuscamiento!, por qué pensar en cosas tan enredadas, cuando todo podría ser fácil, tanto como detentar el poder en la fuerza, la autoridad y la represión.” ¡Pero no!, aún habemos quienes tenemos esperanza, pues finalmente en el fondo de la caja de Pandora eso es lo que permanece: la esperanza.









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