Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú hubiera quedado maravillado al saber que en un país podría existir una “dictadura perfecta”. Hubiera pensado: “¿Para qué soy Rey? Podría poner un periodo de gobierno a Bordura, otro a la Madre Ubú…” Otro de nuevo donde él fuera quien gobernara y así sucesivamente. La clave era un partido con un nombre aberrante, de un cambio constante, pero siempre “institucional”. Mario Vargas Llosa acertó con contundencia al caracterizar al sistema político mexicano. Lo recuerdo hoy, pues él ha cumplido ochenta años de vida, con una admirable producción literaria y una interesante biografía, a partir de su nacimiento en Arequipa, Perú, el 28 de marzo de 1936.
En septiembre de 1993, a pocos días de mi derrota en la contienda por la Rectoría de la Universidad Autónoma de Puebla, consecuencia de un fraude electoral, regresé a mi oficina en el Edificio Carolino, a donde llegó mi queridísima alumna Cristina Pascual Jiménez junto con otras alumnas amigas y me regalaron el libro de Mario Vargas Llosa El pez en el agua, “para curarme la cruda” del resultado de la elección. Se trata de una extraordinaria autobiografía escrita con un estilo donde el autor alterna capítulos de su infancia, adolescencia y juventud con los de distintas etapas del proceso electoral por la Presidencia del Perú, que me cayó a la perfección en la situación emocional en la que me encontraba.
Vargas Llosa era desde la juventud uno de mis autores latinoamericanos favorititos. Me gustaba su estilo claro y directo. Nunca me gustó, por ejemplo, Carlos Fuentes, quien me parecía ampuloso y soberbio; para mí lo más extraordinario que tuvo fue Silvia Lemus, una mujer genial, bella, brillante y admirable. El magnífico Gabriel García Márquez no pegaba en mi fibra existencial, pero en cambio Julio Cortázar y Vargas Llosa me encantaron a las primeras líneas de lectura, tal como Gustavo Sainz, siempre mi favorito.
A Vargas Llosa lo conocí en el cine, por Los cachorros, película de Jorge Fons rodada en 1972 —que seguramente vi hasta 1976—, basada en el relato corto del peruano escrito en 1967. Me encantó y lo leí, en la edición donde venía junto con otro relato, Los jefes. Luego leí La ciudad y los perros (1962), y de ahí para adelante lo consideré como un autor digno de ser conocido.
No he leído todo Vargas Llosa, pero sí algunos de sus libros fundamentales, como Conversación en la Catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1975) y muy especialmente La tía Julia y el escribidor (1977) y La señorita de Tacna (1981), por su enorme carga subjetiva. En la primera, de corte autobiográfico, da cuenta de la relación amorosamente apasionada que entabló con su tía política (Julia Urquidi) y que finalmente culminó en su primer matrimonio, que duró de 1955 a 1964, de lo cual también nos habla en El pez en el agua; y en la segunda, donde hace una reflexión sobre la manera sobre cómo nacen los relatos y sobre el uso de la imaginación para la realización de una narración.
La literatura de Vargas Llosa nos permite reflexionar acerca de la existencia humana. De hecho, fue una problemática que lo condujo a publicar en 1981 el libro Entre Sartre y Camus, un conjunto de textos publicados en periódicos y revistas a lo largo de veinte años. El propio autor escribe en el prólogo que “están plagados de contradicciones, repeticiones y rectificaciones y acaso sea lo único que los justifique: mostrar el itinerario de un latinoamericano que hizo su aprendizaje intelectual deslumbrado por la inteligencia y los vaivenes dialécticos de Sartre y terminó abrazando el reformismo libertario de Camus”.
Efectivamente, en uno de los ensayos ahí reunidos, fechado en París en junio de 1964, dice: “La del cuarenta se dividió y enemistó por razones políticas pero sus mejores representantes —Camus, Sartre, Merleau-Ponty, Simone de Beauvoir— concibieron la literatura como una forma de acción y creyeron que escribiendo influían en la marcha de la historia. La generación siguiente, en cambio se halla dividida por razones estéticas, pero sus miembros admiten como denominador común la convicción de que literatura y política son actividades antagónicas, o, en el mejor de los casos totalmente autónomas.” En el torbellino de estas controversias y divisiones, Vargas Llosa fue moldeando su concepción del mundo, donde al margen de su genialidad literaria paulatinamente quedó inmerso en un mar de contradicciones, y un buen inicio fue su toma de postura a favor de Camus, todo lo opuesto a mi forma de ver el mundo, donde evidentemente, entre los dos autores en polémica, yo me quedo con Sartre.
Hace muchos años, en el suplemento Tiempos de Reflexión abordé esta polémica en el contexto del impacto que Mario Vargas Llosa tuvo luego de su extraordinaria afirmación: “México es una dictadura perfecta”, durante el debate denominado “El siglo XX: la experiencia de la libertad”, organizado por Octavio Paz y la revista Vuelta (le llamaron el Encuentro Vuelta). Eso fue en agosto de 1990. Los intelectuales progobiernistas mexicanos y afines al PRI reaccionaron de inmediato, y el propio Paz realizó precisiones por lo dicho por el escritor peruano. Coincido plenamente con su afirmación de éste, la cual se dio en un momento importante de la historia nacional, cuando comenzó a debatirse abiertamente el tema de la transición a la democracia.
No obstante, en lo que toca a temas internacionales en general no coincido con las posiciones políticas de Vargas Llosa que, al igual de su posicionamiento por Camus, renegó de la izquierda y lamentablemente tomó una posición derechizada y neoliberal. Me parece encomiable su búsqueda por la Presidencia de Perú, su confrontación con el monstruoso demagogo Alberto Fujimori, quien al final resultó el colmo de la corrupción. Recién derrotado, Vargas Llosa vino a México y fue certero en su crítica, algo contundente en relación con la perpetuación de un régimen en manos de un partido autocrático donde sexenalmente en cada periodo presidencial se cambiaba de personero de la dictadura, lo que Enrique Krauze bautizó como “La Presidencia Imperial”.
Precisamente, mencionando ahora lo dicho por Krauze —otro intelectual que admiro en muchos aspectos y con el que discrepo en otros—, un gran amigo, investigador en neurobiología, Francisco Fernández de Miguel, me cuestionaba en alguna ocasión por qué frecuentemente citaba a Krauze como una importante referencia en mis trabajos de historia, pues él no estaba de acuerdo con muchas de sus opiniones. Yo le respondí que como historiador lo tengo en mi mayor consideración, pienso que es serio y riguroso, pero no comparto sus opiniones políticas. Como historiador es un gran científico social, como periodista opina y yo discrepo, lo cual es acorde a la clásica distinción griega entre episteme (conocimiento) y doxa (opinión).
Lo mismo me pasa con Don Mario: como literato es extraordinario, como opinador de la política no lo acepto, aunque creo que hubiera sido un mucho mejor gobernante del Perú que el tal Fujimori.
Vargas Llosa me encanta, pues conjuga un pensamiento claro y contundente con una bola de contradicciones. Me imagino que en un “terrible diván”, su psicoanalista lo consideraría como una “campechana de psicopatías”, lo cual está seguramente ligado a su pensamiento. No asumió un compromiso militante, no fundó un periódico de oposición, como Sartre lo hizo con Liberation, uno de los tres más importantes periódicos franceses, ni rechazó el Premio Nobel como Jean-Paul fue capaz de hacer. Sin embargo, la literatura es arte y como artista lo veo, no como político, aunque hizo su mejor intento y, como dije al inicio, sentí el dolor de la su derrota en la lectura de El pez en el agua.
Hombre absolutamente contradictorio, como reza la dialéctica, fue capaz de entender la esencia de la existencia, como esa contradicción dialéctica en indisoluble entre el Ser y la Nada, algo que “anonada”. Alguien que siempre será noticia, ahora presume su nuevo ligue con un personaje de la farándula, dejando a la mujer de la que habló en su discurso del Nobel. Eso da una idea de una personalidad que, por eso, jamás me atrevería a criticar. Leerlo es una experiencia extraordinaria, e independientemente de sus posturas políticas, es alguien quien con justicia fue reconocido como literato. Si Camus discrepó de Sartre, esencialmente en la conjunción de existencialismo y compromiso, creo que Vargas Llosa asimiló esa actitud. Derrotado, prefirió ya no ser peruano y nacionalizarse español. Eso decidió, aunque para muchos sea el mejor escritor de Perú, al cual debemos de seguir leyendo.
Pero bueno, Ubú Rey no tendría interés por la literatura, pero sí en la bonita idea de una “dictadura perfecta” que fuera “de él”, sin pensar que esa afirmación fue una crítica a un país, tristemente encerrado en un laberinto, del cual no sé si se podrá salir algún día.









No Comments