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Valientes jóvenes

· octubre 4, 2019

Ismael Ledesma Mateos

 

El asesinato de Eugenio Garza Sada ocurrió luego de que “un comando de valientes jóvenes de la Liga Comunista 23 Septiembre intentó raptarlo”, publicó Pedro Salmerón, director del INEHRM, en la cuenta de Facebook del instituto. Dicho comentario, posteado en conmemoración del aniversario del homicidio del empresario originario de Nuevo León el 17 de septiembre de 1973, desató el debate; luego de ello Salmerón renunció.

Una cadena de declaraciones se desató en consecuencia: Andrés Manuel López Obrador, presidente de la República, dijo: “Pedro vale más como investigador que como funcionario. Es un gran historiador, no un buen historiador, un gran historiador. Es un extraordinario intelectual, de primer orden, por eso lamento que por el texto se haya generado toda una polémica, pero al mismo tiempo también considero que hay que evitar la confrontación.” Gerardo Fernández Noroña, diputado por el PT, sostuvo: “Considero certero el juicio del historiador Pedro Salmerón, fueron un puñado de valientes jóvenes los integrantes de la Liga Comunista 23 de septiembre”; el Congreso del Estado de Nuevo León realizó la declaratoria de personas non gratas a Salmerón y Fernández Noroña, “por el desafortunado e indignante comentario que calificó como “jóvenes valientes” a las personas que participaron en el intento de secuestro que derivó en la muerte del empresario Eugenio Garza Sada en tanto no ofrezcan una disculpa pública y se retracten”.

El exguerrillero Gustavo Hirales comentó: “Este incidente, esta valoración, alebresta los ánimos y hace que posiciones extremas se expresen con furia e indignación. Y no deberían de dar para tanto. Sin embargo creo que dicho calificativo no es desmesurado, al ser parte de las cosas que en algún momento se tenían qué decir, y tenían qué atraer la necesidad de una valoración, aunque sea mucho tiempo después”, y el Consejo Coordinador Empresarial difundió su posición: “No es valiente quien busca privar a una persona de su libertad y no es valiente quien planea un secuestro para financiar armamento ilegal para actividades ilícitas. Tampoco es valiente quien asesina a un hombre de bien o quien se escuda en la violencia como vía de cambio.”

Todo ello nos lleva a reflexionar acerca de la importancia de esos acontecimientos y su relación con el escenario del México de aquellos años, posterior a 1968, donde aparece la violencia revolucionaria, que “es la aplicación enérgica que las masas hacen de su fuerza en la lucha contra los opresores. La revolución es la violencia de la aplastante mayoría de la población contra un grupo de opresores y déspotas. Tal violencia responde a los intereses vitales del pueblo y a las profundas necesidades del progreso histórico, cuyas cadenas rompe”. Esto está ligado al análisis del conflicto social realizado en las décadas pasadas por la antropología, que abrió paso a una concepción de los sistemas sociales más acorde con su complejidad, mostró el carácter precario y aproximativo de todo orden social y rompió la identificación del conflicto con anomia o desintegración de la sociedad. El término “conflicto social” se refiere a una forma de conflicto generalizado entre grupos sociales relevantes que constituyen una sociedad. Una definición generalmente aceptada de conflicto, en el sentido sociológico, es la ofrecida por Lewis A. Coser, para quien es una lucha por los valores y por el estatus, el poder y los recursos escasos, en el curso de la cual los oponentes desean neutralizar, dañar o eliminar a sus rivales. Un conflicto entre grupos pasa a ser un conflicto social cuando trasciende lo individual o grupal y afecta a la propia estructura de la sociedad o a su funcionamiento.

En relación con ello, Carlos Tello Díaz, en un artículo titulado “La violencia revolucionaria” (Nexos, 1 de noviembre de 1996), escribió: “Los que condenan la rebelión ponen el énfasis, para explicarla, en su causa eficiente: la guerrilla. Quienes no la condenan, en cambio, lo ponen en su causa profunda: la pobreza. Este debate confunde muy a menudo, con respecto de la rebelión, aquello que la provoca con aquello que la justifica. Lo primero debe ser esclarecido en el terreno de la historia; lo segundo, en el ámbito de la moral. Mi opinión es que la miseria, la represión, no provocan necesariamente la violencia, pero la pueden sin duda justificar… La pobreza no causa por sí sola la violencia, pero la puede justificar. Nadie está obligado a morirse de hambre sin pelear, a sufrir en silencio los atropellos del poder. Creo en el derecho a la rebelión. Creo también que ese derecho tiene que ser acotado. La pobreza puede sin duda justificar algunas de las formas que adoptan la violencia revolucionaria (como el sabotaje o la guerrilla) pero no otras (como el terrorismo). Que yo crea que la pobreza justifica la violencia —aunque no toda forma de violencia— es una decisión de principio. Las decisiones de principio descansan a final de cuentas en una toma de partido que cada quien, en la soledad, debe asumir. Lo que le da contenido moral a esa toma de partido —lo que hace que sea válida— es su coherencia con lo que postula. No podemos exigir a los demás que compartan nuestros principios, pero tenemos el derecho de exigirles que sean coherentes con los suyos. Aquellos que proclaman que nada justifica la violencia tienen que explicar por qué, todos los años, celebran los llamados a las armas del 15 de septiembre (el Grito de Dolores) y del 20 de noviembre (el Plan de San Luis). Celebrar a Hidalgo y a Madero, como a casi todos nuestros héroes, es hacer excepciones al principio de que nada justifica la violencia. Pues los principios son por definición intemporales.”

En Los condenados de la tierra, Franz Fanon, psicólogo caribeño que participó de la guerra de liberación argelina, afirmaba que “el hombre colonizado se libera en y por la violencia”; al tiempo que, desde el prólogo de la misma obra, el filósofo existencialista francés Jean-Paul Sartre concluía que “en los primeros momentos de la rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido: quedan un hombre muerto y un hombre libre”. Paralelamente, hacia mediados de la década de los sesenta se publicaba la obra del joven filósofo francés Régis Debray, quien desarrollaba las ideas implícitas en la corriente castrista en ese momento: ¿Revolución en la Revolución? (1966). La obra de Debray tendría un enorme impacto en el continente, y sus principales proposiciones —prioridad de lo militar sobre lo político, el foco de guerrilla como núcleo o reemplazante del partido político y como conductor del proceso revolucionario— serían adoptadas por una parte importante de las organizaciones armadas que procuraban replicar la gesta cubana.

México no estuvo al margen de ese proceso y luego de la conmoción sociopolítica consecutiva a la masacre de Tlatelolco comenzaron a gestarse movimientos revolucionarios en la clandestinidad. El Partido Comunista Mexicano optó por la vía de la participación democrática, pero por otra parte surgieron grupos que consideraron la pertinencia de la búsqueda del poder por la vía armada, con el uso de la violencia revolucionaria; unos se ubicaron en la Sierra de Guerrero, pero otros adoptaron el modelo de “guerrilla urbana”. Uno de esos grupos fue la Liga Comunista 23 de Septiembre, que tomó ese nombre por la fecha en que atacaron el cuartel militar Madera, siendo acorde con acciones similares de grupos de otros países, como el Ejército Rojo de Japón. La Fracción del Ejército Rojo o Facción del Ejército Rojo (en alemán: Rote Armee Fraktion o RAF), también denominada como la banda Baader-Meinhof (que toma su nombre por los apellidos de sus dos principales dirigentes), una de las organizaciones revolucionarias más activas de Alemania Occidental en la posguerra, que durante su actividad fue responsable de al menos 34 asesinatos, basada en el denominado “foquismo” , como detonante de la revolución, en el periodo llamado “los años del plomo”. La RAF pretendía ser un grupo de resistencia al estilo de la guerrilla urbana de Sudamérica, inspirada en los Tupamaros uruguayos.

Efectivamente, la guerrilla urbana de los años setenta en México impactó al país y marcó a toda una generación que la vimos con admiración, pues marcaba la esperanza de cambio en México. La vía armada era sin duda un camino para ello, lo cual en muchos casos se inspiró en la revolución cubana y la guerrilla del Che. Pero la guerrilla urbana fue una modalidad que, en los hechos, constituyó una “innovación”. Cuando realicé mi posdoctorado en el Centro de Sociología de la Innovación en la Escuela de Minas de París, un compañero alemán, Dominique Lindhard, realizaba su tesis doctoral, Les annes du plomb, lo que en términos sociológicos constituye una innovación.

Como escribió Sabina Berman en su columna de El Universal titulada “Valientes guerrilleros” (22-09.2019): “… en el relato original de Salmerón, se mezcla las razones del empresario con las razones de los guerrilleros, es el más cercano a lo que de verdad ocurrió aquella mañana en que dos sueños del país cruzaron, de forma estridente y trágica. Un encontronazo que desataría la Guerra Sucia del Estado contra los movimientos sociales de izquierda, una guerra que hundió en sangre a México… De mayor trascendencia, el linchamiento de Salmerón es la petición de una visión simplista de nuestra Historia. Peor una visión melodramática de buenos y malos, ángeles y demonios. Pero, una visión estrictamente neoliberal. Y aún peor, una visión mentirosa”.

Hubo quienes tomaron el camino de las armas y eso es válido; otros tomaron el camino electoral, el que posteriormente yo asumí, inspirado en el eurocomunismo. Sin embargo, debe reconocerse la valentía de quienes arriesgaron su vida buscando la transformación de nuestra nación. No me extraña la reacción de la derecha regiomontana, tampoco de algunos legisladores incongruentes de Morena, como Lilly Téllez, y por supuesto del Consejo Coordinador Empresarial, cuyos intereses siempre serán adversos a los del pueblo mexicano y las causas libertarias, pero todo eso deben entender, que en sentido estricto la historia nos enseña, que “al mal hay que dar maldad”, como dice la canción de Daniel Viglietti, y la burguesía representa al mal.

En el Reino de Ubú, no hubo guerra sucia, ni desapariciones ni exterminios clandestinos, tampoco guerrillas libertarias como las que se dieron en México, Latinoamérica y otros países, incluso en Estados Unidos, donde Patricia Hearst y el Ejército Simbiótico de Liberación. Pero para el Padre Ubú y el Capitán Bordura en su perversión, movimientos guerrilleros pudieron ser útiles para conservar el poder y evitar e impedir que la monarquía anterior llegara de nuevo pues, paradójicamente, esas estrategias estabilizan los regímenes.

¡Vamos a interrumpir aquí!

ubú[email protected],com

 

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