Ismael Ledesma Mateos
En 1991 ocurrió un acontecimiento que cambió el curso de la historia: la disolución de la URSS y la caída del régimen soviético. Ésta fue la culminación de un ciclo que inició hace cien años y que generó una utopía que contrastó con la cruda realidad de un régimen autoritario y burocrático, que era todo menos socialista y mucho menos comunista. Marx tenía la razón: el socialismo era impensable en ese país atrasado y semifeudal que era la Rusia zarista. Se trata de una nación con todas las condiciones para que se transitara de un régimen monárquico (el zarismo) a un nuevo régimen autocrático, como fue el soviético, pleno de claroscuros, con avances luminosos, zonas de penumbra y oscuridad tenebrosa. Con glorias científicas y hechos que llevaron a impedir su desarrollo.
El reino de Ubú no estaba plagado de contrastes, era unívoco en su autoritarismo, sólido y burdo, en tanto que en la URSS había distintos escenarios viscosos. El Padre Ubú tenía un discurso directo, unidireccional, que no se basaba en una ideología de Estado; sería algo más parecido al absolutismo monárquico francés de los siglos XVII y XVIII. La caída de su gobierno fue directa y no consecuencia de un largo proceso de desgaste como ocurrió con el régimen soviético.
Un elemento de gran importancia en la caída de la Unión Soviética fue un grave colapso económico, agudizado en la década de los ochenta; esto va aunado al rezago en la aplicación de innovaciones de alta tecnología, que colocaron a la URSS en desventaja ante Occidente. Sí, su enorme poderío tecnológico se centró en la producción de instrumentos militares y materiales de guerra, pero hubo un enorme atraso en otros aspectos, como el referente a las telecomunicaciones y la informática. Por ejemplo, en 1990 todavía más de 100 000 pueblos de la URSS carecían de línea telefónica. La falta de computadoras modernas y la obsolescencia de aquellas con las que contaban fue sin lugar a duda un factor determinante.
La instrumentación científica soviética era de alta calidad, pero pesada (en el sentido literal del término). Cuando ya había aparatos pequeños que se utilizaban en un reducido espacio, los que usaban ocupaban por ejemplo una mesa completa. Aquí recuerdo unos espectrofotómetros que tuvimos en la Escuela de Biología de la UAP, de muy alta precisión, con óptica de Alemania oriental y manufactura de Hungría, que eran en verdad aparatosos. Cuando comenzó a haber robots industriales de fabricación japonesa, en la URSS no se utilizaban, así como escáneres ópticos y cosas por el estilo.
La estructura industrial soviética se volvió altamente ineficaz e inmanejable y su funcionamiento exigía aproximadamente cuatro veces más energía, materias primas y acero que los utilizados en países capitalistas. Un fenómeno que causó gran daño a la economía soviética en los años ochenta fue su “reprimarización”, es decir, que la exportación de materias primas superaba las ventas de productos manufacturados, lo cual daña severamente el principio de equilibrio necesario para una potencia como lo había sido la URSS.
Todo esto, aunado a la problemática social —en la cual era impactante la injusta distribución de la riqueza— produjo enormes descontentos. Las desigualdades entre los trabajadores y los grandes dirigentes (las élites del partido) abrieron brechas de descontento enormes. En 1982, tras la muerte de Brezhnev, sus sucesores, Yuri Andropov y Konstantin Chernenko, fueron incapaces de hacer algo para mejorar la situación social y económica. El contexto mundial era extremadamente adverso, el llamado “movimiento comunista” a nivel internacional ya no existía. Los partidos comunistas de todo el mundo se habían debilitado o desaparecido y los embates del neoliberalismo se habían agudizado. Otro efecto nefasto fue el papel ideológico del Vaticano con el anticomunismo militante del papa polaco Juan Pablo II.
El movimiento sindical derechista Solidarnosc tuvo en Polonia un importante papel en la merma de la ideología soviética. Al principio se mostró como un movimiento libertario, pero finalmente fue instrumentado por los intereses imperialistas orientados a destruir al bloque soviético de la Europa oriental. En realidad la tensión era insostenible, y a ese respecto debe resaltarse el libro de Rudolf Bahro, La alternativa, donde cuestiona acremente el llamado modelo socialista del mundo europeo oriental. En esos años se planteó la distinción entre “socialismo real” y “socialismo verdadero”, donde este último era el derivado de la versión original del Marx e incluso de la interpretación de Lenin; en cambio el “socialismo real” era eso que se vivía y se sufría, lo que implicaba el castigo en Siberia y “el Gulag”, lo que luego se llamó el “socialismo realmente existente”. ¿Eso era socialismo? ¿Correspondería a las verdaderas aspiraciones y anhelos de la izquierda?
Sin embargo eso no debe conducir a una interpretación mecánica de la realidad: una cosa es el fracaso de ese llamado socialismo, el “realmente existente”, y otra es pensar que el socialismo fracasó, como muchos pregonaron en esos años, sobre todo después de la caída del Muro de Berlín. Fue Ronald Reagan quien gritó la exigencia de derribar ese muro (él, ¡sin duda un gran intelectual, prócer de la democracia!). Y el Muro de Berlín cayó la noche del jueves 9 al viernes 10 de noviembre de 1989, 28 años después de su construcción. La apertura del muro, conocida en Alemania con el nombre de die Wende (el Cambio), fue símbolo de lucha contra la actividad invasiva de Alemania Occidental y de los intereses de los Estados Unidos. Pero el Muro cayó y eso ideológicamente fue manejado como el símbolo de la caída del socialismo y la imposición de la hegemonía capitalista, recurso ideológico barato, que muchos siguieron y aún siguen.
Esa caída del Muro fue otro de los elementos que contribuyeron a la merma de la URSS y que fue extensamente explotada de manera mediática, para asentar la idea de que el socialismo había muerto y el capitalismo sería el orden imperante a partir de ese momento y hacia el futuro. En 1992 se comenzó a poner de moda el libro de Francis Fukuyama El fin de la historia y el último hombre (The End of History and the Last Man). Ahí Fukuyama expone una polémica tesis: “la Historia, como lucha de ideologías, ha terminado, con un mundo final basado en una democracia liberal que se ha impuesto tras el fin de la Guerra Fría”. Este argumento fue extensamente manejado de manera ideológica por los neoliberales para combatir el marxismo y el llamado “comunismo”.
Si en el siglo XIX Marx y Engels afirmaron que “un fantasma recorre Europa, el fantasma del
comunismo”, en pleno siglo XX el mismo fantasma existió, aunque provisto de bombas nucleares, lo que yo creo fue benéfico para la humanidad en el contexto de la guerra fía. Pero en el momento de la caída del Muro se buscó acabar con el fantasma, para luego inventar otros, como son “el populismo” y “el terrorismo”. Pero con la caída del Muro y de la URSS pareciera que el fantasma original había sido conjurado.
En términos marxistas, la caída de la URSS fue la consecuencia de la explosión de diversas contradicciones, algunas de las cuales han sido mencionadas aquí. No es la expresión de la torpeza de Gorbachov o su pérdida de convicción política, pero claro que eso contó de manera contundente, y en el menor de los casos él no tuvo valor para sostener a su patria. Tampoco es la perversidad de Yeltsin, ni la infiltración de fuerzas de inteligencia antisoviéticas. En un Estado deshecho por Gorbachov con sus ideas políticas y renovadoras como la perestroika y la glasnost, las que no supo instrumentar de manera astuta y audaz, el desenlace fue fatal y esa gran nación se desmembró.
En palabras del actual gobernante ruso Vladimir Putin: “La caída de la Unión Soviética ha sido la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX. La epidemia de destrucción se expandió incluso en Rusia. El ahorro de los ciudadanos fue aniquilado y los viejos ideales destruidos.”
Y aquí vale también la pena recordar la canción de Joaquín Sabina “El muro de Berlín”, donde dice: “Ese hombre que va al club de golf / si lo hubieras visto ayer / dando gritos de ‘Yankie go home’ / coreando slogans de Fidel / Hoy tiene un adoquín en su despacho del Muro de Berlín… Ha muerto Rasputín / se acabó la Guerra Fría / ¡se suicidó la ideología! / y uno no sabe si reír o si llorar / ¡mejor que le pongan hash / a la pipa de la paz!
Ubú Rey junto con la Madre Ubú serían refractarios a todas estas cuestiones, su reino fue estable desde el golpe de Estado que los llevó al poder, aunque sorpresivamente lo perdieron, producto de su codicia. Esto fue simple, pero algo similar también llevó a la caída de la URSS, donde sus autócratas dirigentes no supieron valorar la voluntad de su pueblo, conquistarla y mantenerla de su lado. Imposición y no política, la regla del “centralismo democrático”: “La supeditación de la minoría a la mayoría y de los órganos inferiores a los superiores”, enunciado que claramente anula la democracia.
El hecho real es que esa URSS disuelta de ninguna manera era un país comunista. Cuando era muy joven, llegó a mis manos un magnífico libro que se llama Reír en el Este, o el Este ríe, de Ediciones de El Viejo Topo. Muy pequeño, de chistes acerca de la Unión Soviética. La portada era un tanquecito de guerra, con la estrella roja y con el cañón a manera de trompa de un elefantito, que decía: “Este libro no es comunista, ni anticomunista, ¡porque el comunismo No existe!”
¡Vamos a interrumpir aquí!









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