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Universidad: huelgas, mitos y prejuicios

· agosto 21, 2015

Ismael Ledesma Mateos

 

a mis alumnos, que se atrevieron a hacer la huelga de 1999

 

Ingresé a la UNAM en el mes de noviembre de 1978. Dado que en Puebla no existía la carrera de biólogo, partí a la Ciudad de México. En ese tiempo se había dado un proceso de descentralización de la institución y se fundaron los campus periféricos, las denominadas Escuelas Nacionales de Estudios Profesionales (ENEPs). Por la ubicación de mi domicilio en la colonia San Rafael, por el rumbo de San Cosme, me tocó ingresar a la ENEP-Iztacala, al norponiente de la capital.

El espíritu de la norma de la creación de estas unidades académicas era muy claro: que el ingreso se diera en función de la ubicación domiciliaria del alumno; así, si la gente vivía cerca del sur le tocaba Ciudad Universitaria, y si no, en el caso de la carrera de biólogo sería Iztacala o Zaragoza (los campus eran Cuautitlán, Acatlán, Iztacala, Zaragoza y Aragón, en la zona conurbada de la Ciudad de México o en el extremo de ella).

Yo venía de una universidad con una intensa vida política, que se proclamaba como crítica, democrática y popular, donde estos postulados coincidían con una alta calidad académica, la UAP. Ahí conocí la emergencia del sindicalismo universitario.

Se trató de una época de grandes transformaciones de las universidades mexicanas, que se derivaron de la masificación, del impacto del movimiento estudiantil de rechazo al autoritarismo y del auge del sindicalismo universitario, posterior al movimiento estudiantil de 1968 y de la represión con los “halcones” en 1971, así como de la emergencia de nuevas formas de ver el mundo.

En la UNAM tales procesos llevaron a la organización de los trabajadores académicos y administrativos que condujo a que el 25 de octubre de 1972 se realizara la primera huelga que concluyó el 15 de enero de 1973, luego de 82 días, organizada por el Sindicato de Trabajadores y Empleados de la UNAM (STEUNAM), que exigía su reconocimiento, entre otras demandas. Luego de ello, en 1975 ocurrió la primera huelga académica realizada por el SPAUNAM, la cual duró tan sólo nueve días, y posteriormente el mismo SPAUNAM, en febrero de 1976 estalló una huelga que duró sólo cinco horas, pero que fue antecedente de otra en ese mismo año que conjuntó a académicos y trabajadores administrativos en solidaridad con el sindicatito de electricistas (SUTERM), la cual duró 24 horas.

Ante este escenario el rector de la UNAM, el Dr. Guillermo Soberón Acevedo, propuso al gobierno de Luis Echeverría Álvarez la modificación del artículo 123 constitucional, adicionándole un apartado “C” que eliminaría el derecho a huelga de los trabajadores universitarios, dejando además en condiciones de indefensión a los trabajadores académicos. Los sindicatos universitarios de la UNAM y de otras instituciones educativas rechazaron la propuesta, que quedó completamente sepultada luego de una reunión nacional de rectores realizada por la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), realizada en el Salón Barroco del Edificio Carolino de la UAP, donde el rector, el ingeniero Luis Rivera Terrazas, expresó su rechazo categórico, diciendo: “Para los autores materiales e intelectuales del proyecto de adición al artículo 123 constitucional, la autonomía universitaria es un lujo innecesario, un principio que para la época es fácilmente sustituible por un apartado ‘C’ cuyo falaz contenido coloca a la autonomía universitaria al borde de la destrucción.”

Yo asistí como alumno de la Preparatoria Diurna Benito Juárez a esa reunión y grité consignas en contra del apartado “C”, tal como la que decía: “¡Contra la ley Soberón, Movilización! Finalmente, entre agosto y septiembre de 1976 el proyecto fue anulado y el 13 de septiembre el secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, anunció que no se turnaría al Congreso, con lo que la propuesta fue congelada, hecho que constituyó un triunfo del sindicalismo universitario y de las fuerzas democráticas y de izquierda en el país.

En 1977 se da la fusión de los sindicatos de trabajadores académicos y administrativos en una sola agrupación, el STUNAM, que estalla una huelga que duró del 20 de junio al 2 de julio de ese año y que fue rota por la policía. El sindicalismo universitario fue un fenómeno crucial en la historia de las instituciones educativas de esa época y Puebla no estuvo al margen de ello, con el surgimiento del Sindicato de Trabajadores Académicos de la UAP (STAUAP) y el de trabajadores administrativos (SUTUAP), que posteriormente se fusionaron para dar lugar al Sindicato Único de Trabajadores de la UAP (SUNTUAP).

En ese contexto, en el caso de la UNAM los sectores conservadores y la derecha universitaria buscaron una alternativa para mantener un sistema de control y sumisión del personal académico y crearon un sindicato blanco, que pareciera inspirado en la malévola mentalidad del Padre Ubú. Su nombre es Asociaciones Autónomas del Personal Académico de la UNAM (AAPAUNAM), las cuales bajo un régimen obtuvieron la titularidad del contrato colectivo del personal académico, el cual mantienen hasta la fecha, al lado de un STUNAM prácticamente de trabajadores administrativos, con muy pocos académicos y que con el correr de los años se ha convertido en una organización sumisa a las autoridades.

Como señala Imanol Ordorika,* la renuncia del rector González Casanova fue el resultado de una “intensa campaña en contra de la modernización democrática de la universidad, proyecto que incomodó al gobierno y llegó a representar una amenaza para los sectores conservadores dentro de la UNAM”, lo cual condujo a una restauración conservadora que fue implementada con rigor por Guillermo Soberón, quien con mano dura buscó mermar la fuerza de la izquierda universitaria.

La UNAM, sin duda la universidad más importante de la nación y de América Latina, se encuentra inmersa en esta realidad, donde las tendencias conservadoras tienen enorme fuerza, lo que se revela en el proceso de designación del rector por parte de una “Junta de Gobierno” formada por 15 universitarios notables, sin participación real de la comunidad. La junta eligió hace años a Francisco Barnés de Castro, quien impulsó una serie de reformas autoritarias que condujeron a la larga huelga estudiantil de 1999, la cual concluyó con el triunfo de los estudiantes, opacado por la acción de provocadores infiltrados en el movimiento, que llevaron a la intervención de la universidad por la Policía Federal Preventiva. El rectorado de Juan Ramón de la Fuente buscó restablecer la imagen y representación pública con la UNAM y ha llevado a un estado de estabilidad, que ha perdurado durante el actual rectorado de José Narro Robles. Sin embargo, no implica transformaciones democráticas, lo que genera un escenario delicado en el marco de la sucesión rectoral que se avecina en un país donde el gobierno federal busca anular todo logro o avance democrático en el país.

En el mundo de las representaciones que en la sociedad se hacen de la universidad, las huelgas son algo nefasto y negativo, cuando en realidad han sido el motor impulsor de grandes cambios en la institución, tal como su autonomía lograda en 1929. La gente simplista se refiere a los universitarios en lucha como revoltosos, agitadores e incluso “porros”, sin percatase de la importancia de su acción en la transformación de la institución o incluso al mantenimiento de condiciones aceptables de trabajo. Aún ahora el mito conservador y reaccionario persiste, como si el Padre Ubú rodeara a algunos de una nube embrutecedora que no permite ver la realidad universitaria y su importancia en el desarrollo del país.

Pero, a pesar de la perversidad consciente o inconsciente de los esbirros o epígonos de Ubú Rey, la universidad nacional subsiste, avanza y debe continuar afrontando nuevos retos. Ojalá pudiera decirse lo mismo de otras universidades del país, sobre todo las del interior de la república, donde el panorama es nada halagador. La universidad es un espacio de pensamiento y creación, de generación, transmisión y empleo del conocimiento en un régimen de libertad y autonomía; es una institución para el saber, no para el poder. Sin embargo, muchos piensan en ella como algo distinto a lo que debe ser, buscando que sea una fábrica de empleados, “preparados” para el beneficio de los poderosos.

Las huelgas universitarias, de trabajadores y de alumnos nos han ayudado a frenar esas abyectas intenciones, dignas de la maledicencia de Ubú.

——

* Imanol Ordorika, La disputa por el campus. Poder, política y autonomía en la UNAM, UNAM y Plaza y Valdés Editores, México, 2006.

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