Ismael Ledesma Mateos
¡La soledad del poder! Ésa fue una frase que me dijo Alfonso Vélez Pliego cuando él ya no era rector de la UAP y yo director de la Escuela de Biología, sentados en un bar del portal, frente a un vaso de whisky. Llegó y al verme ahí, me dijo eso: cuando tienes poder, aun rodeado de muchos puedes estar profundamente solo. Sin embargo el poder es mágico, magnético, obsesionante, algo adictivo, que envicia y puede ser fatal si no se sabe manejar, o mejor dicho controlar. Como dice un viejo dicho: “El poder marea a los inteligentes, obnubila a los normales y vuelve locos a los pendejos”, pero representa una realidad que no podemos dejar de ver. Particularmente desde muy joven me interesé en ello, y luego, al estudiar biología, me di cuenta de la indisoluble relación entre el poder y la ciencia, idea que incentivó mi proyecto de investigación en historia y estudios sociales de la ciencia y de la tecnología.
El poder para el Padre Ubú, para la Madre Ubú y para el Capitán Bordura es un fin en sí mismo, no es algo enmarcado en todas las dimensiones que implica, es algo simple y burdo, como lo verían muchos PRI-ANistas que no fueron a la escuela, aunque tengan grados universitarios. Para ellos, es el ejercicio autoritario del dominio, sin entender las sutilezas que implica, lo que los buenos políticos mexicanos llaman “tejer fino” o los franceses “la filigrane”, la verdadera política, no la grilla barata. Por eso finalmente Ubú perdió el poder, como espero que tarde o temprano lo pierdan muchos usurpadores.
Es apasionante la forma como Michel Foucault aborda el tema. En estos días he podido leer otro de sus extraordinarios libros, El poder, una bestia magnífica, sobre el poder, la prisión y la vida, donde se pregunta eso que viene en su título: “¿En qué sentido el poder es una bestia magnífica, él no lo piensa como un monstruo frío o un Leviatán a la manera de Nietzsche o Hobbes, sino como un conjunto de dispositivos que hay que analizar para ver cómo funcionan, qué producen, cuáles son sus discursos y sus prácticas.”
Uno de los aspectos cruciales del pensamiento foucaultiano es el de la relación entre el poder y la vida, lo cual se encuentra mediado por la corporeidad, de ahí su idea genial del “biopoder”, una categoría esencial para entender la realidad del mundo, algo que por desgracia los biólogos no saben ver. ¿Cuál es la importancia del control, de la gestión de los cuerpos, lo que ocurre, en la escuela, en el hospital, en el burdel o en la prisión?
El oficio médico históricamente ha manejado ese secreto que implica la manipulación de un cuerpo viviente; ahí está el poder sobre la vida. Foucault inició su formación con uno de los más trascendentes historiadores de la biología, Georges Canguilhem, autor de El conocimiento de la vida, que lo llevó a pensar en el vínculo indisoluble entre lo biológico, lo político y lo social. El tema que escogió para su tesis doctoral (1961) fue la historia de la locura en los siglos XVI, XVII, XVIII y los comienzos del XIX, donde se expone cómo esa condición mental, “la desrazón”, fenómeno en última instancia biológico, es objeto de la acción médica, lo que tiene un componente político y social.
En esa obra no pensaba tanto en la locura sino en el estatus que se daba a los locos en las sociedades europeas en esas épocas, cómo se comenzaba a percibir a esos personajes extraños en la sociedad. Fue en ese periodo cuando se comenzó a percibir a la locura como una “enfermedad mental” y se comenzó a aislar a los locos del conjunto de la sociedad, a no tolerarlos, a no soportar verlos, a aislarlos y encerrarlos, lo que también se hizo extensivo a los vagabundos y a muchos pobres mendigos, que esa segregación social llevó a quedar atrapados, hasta llegar a la conformación del hospital psiquiátrico moderno, que implica la medicalización de una zona de la sociedad, que conlleva a una acción del poder, en este caso del biopoder.
Pero Foucault va más allá de eso: luego de su inicio con la historia de la locura, pasa a relacionar el asunto del poder con el lenguaje y cómo todo ello se conjuga en un discurso que debemos ser capaces de analizar, para entender las relaciones que existen entre los hombres y las situaciones de sometimiento y dominación, lo que lo llevó a profundizar su estudio de la estructura de los sistemas de pensamiento en relación con el poder, con una dimensión histórica donde se incluye una forma distinta de ver la historia que él asocia a la “arqueología” (La arqueología del saber), que no es posible separar de “el poder” aunado a la dimensión lingüística que conduce al análisis del discurso, para comprender la historia y los procesos sociales, sin perder nunca de vista la situación individual y biológica, que implica incluso la de la sexualidad, la cual abordó en otras de sus obras posteriores (La historia de la sexualidad I, II y III).
Volviendo al libro que comento, fue preparado por Edgardo Castro y es una selección de textos publicados en Dits et écrits I y II, que reúne entrevistas y escritos diversos de Foucault sobre varios aspectos ligados a la cuestión que el título indica, que van de la reflexión sobre el poder (una bestia magnífica), la seguridad y el Estado, la tortura y la razón o el poder y el saber, entre otros temas.
“Poder y Saber”, uno de los capítulos, es una entrevista con Shigehiko Hasumi realizada en París en 1977, donde inicia planteando el interés en Japón acerca de sus obras en esa época, luego de la traducción de Las palabras y las cosas y de Vigilar y castigar, así como de La voluntad de saber, parte de Historia de la sexualidad. El entrevistador cuestiona los “mitos sobre Foucault”, como el de considerarlo un estructuralista que hace pedazos la historia y al hombre, el de alguien que inventa un método o que es un contestatario que habla de la prisión y de los presos. Responde que esos mitos existen en Francia y en Estados Unidos. Yo diría que también en otros países, pues se trata de un autor en ocasiones mal comprendido y víctima de la etiquetación en la que se incurre en muchos ámbitos intelectuales, como llamarlo “posestructuralista” o tonterías así.
Foucault concibe el poder de una manera integral, ligada a la historia “a secas” (término de Bruno Latour), donde es inaceptable la fragmentación implícita en la división entre la sociedad y la naturaleza, entre lo humano y lo no humano. Para Foucault la ciencia, la vida misma, la capacidad de control, de curar o de enfermar, no puede pensarse separada de la dimensión política, de lo “psicosocioantopológico”, consustancial a lo humano junto con lo animal, es decir, lo biológico.
Alguna vez un exprofesor, amigo, renegado del marxismo y de la izquierda me dijo que Foucault era obsoleto, algo “pasado de moda”, cuando yo le comenté que era uno de los autores que estudiaba y trabajaba. Ahora más que nunca me parece vigente e indispensable. En mi curso de sociología de la profesión de biólogo en la UNAM, la lectura de Foucault es indispensable, pues en nuestro enfoque involucra la relación entre el poder y la ciencia, y el análisis del discurso es indispensable para la actividad política y la planeación estratégica, pues ahí nos encontramos con la forma de saber cómo se manejará esa “bestia magnífica” que hay que dominar, aunque nos deje hundidos en la soledad, ¡con la que habrá que saber convivir si se tiene la voluntad de poder!
El poder debe entenderse, no pensarse de manera tonta, ligado a lo bueno o lo malo, como se maneja en muchos discursos moralinos. El poder es algo consustancial al ser del hombre, y estoy de acuerdo con Foucault en que es una bestia, la cual debemos ser capaces de conocer y dominar (como al gato de Foucault).
Ubú Rey no fue capaz de entender eso, ni de pensarlo siquiera, ni de hacerlo, pero así son los gobernantes: irracionales, déspotas.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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