Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú con seguridad no leyó nada de Umberto Eco, pero su creador, Alfred Jarry, lo habría admirado y reconocido por haber sido miembro del Colegio de Patafísica, igual que su obra habría sido bien valorada por Boris Vian, “Presidente de la Subcomisión de Soluciones Imaginarias” del Colegio. Y en efecto, lo poco que he leído de Eco nos lleva a pensar en soluciones imaginarias magistrales, como la solución de un enigma de crimen en una intriga en un monasterio medieval.
El pasado 19 de febrero falleció este escritor y lingüista, famoso por sus estudios sobre semiótica como La estructura ausente (1968) y su novela El nombre de la rosa (1980), que luego fue llevada a la pantalla cinematográfica en 1986. Para mí, Eco es un referente importante por haber retomado la preocupación por la lingüística dentro del ámbito renovador del pensamiento de los años sesenta, que puso un acento central en el lenguaje y su trascendencia en los sistemas de pensamiento y por el impacto que me causa la lectura de esa extraordinaria novela que conjuga la historia, la filosofía, el culturalismo e incluso la narrativa policiaca, tratándose de una novela híbrida.
Yo leí El nombre de la rosa en 1986, en el mismo año que vi la película (seguramente antes) y me impactó, particularmente por el hecho de que empezaba a interesarme en la filosofía medieval y me apasionó la manera en que se propone buscar un libro perdido (el segundo de La Poética de Aristóteles), lo que ocurre en una abadía medieval en el norte de Italia, en la que se encuentra una impresionante biblioteca, además de investigar los crímenes cometidos en ella. Los personajes protagónicos son el monje franciscano Guillermo de Baskerville, que actúa como detective, inspirado en Sherlock Holmes y en Guillermo de Occam, el filósofo franciscano que disertó acerca de la confrontación entre su orden y el Vaticano, siendo alguien que busca preservar el conocimiento y el saber, acompañado por su discípulo, el novicio Adso de Melk, quienes confrontan al guardia de la biblioteca Jorge de Burgos (quien aparece como representación de Jorge Luis Borges), que en su obsesión por impedir que se conozca ese libro de Aristóteles finalmente incendia la biblioteca.
La trama de la novela, ubicada en el siglo XIV, se da en el contexto de la confrontación entre el Emperador y el Papa Juan XXII, considerado herético y que a su vez atacaba a la orden de los franciscanos por pregonar una vida pobre. Guillermo de Baskerville es un hombre de una mentalidad aguda —no parece de un humilde franciscano— que concluye que en la abadía se intenta evitar el pecado de la “lujuria del intelecto” y por ello se guardaban con gran celo libros catalogados como “prohibidos”, uno de ellos La Poética de Aristóteles, cuya única copia se tenía a salvo de los ojos de curiosos.
Lo más irritante de ese libro es la manera como, usando ejemplos cómicos, sostiene que es a través de la risa que se puede dar gloria a Dios. Jorge de Burgos es uno de los monjes benedictinos más viejos del monasterio, tiene la firme convicción de que la risa no es buena para el hombre y cree que ese libro podría conducir a perder el miedo al infierno y alejarse de Dios. Por ello, para garantizar que no se leyera puso en sus páginas un potente veneno para que quien lo intentara muriera de inmediato, pues una mala costumbre habitual era humedecer los dedos con saliva para cambiar de hoja.
La versión cinematográfica fue una coproducción entre Italia, Francia y Alemania Occidental, dirigida magistralmente por Jean-Jacques Annaud, en la que Sean Connery interpreta a Baskerville y Christian Slater a De Melk y Feodor Chalapin Jr. a Jorge de Burgos. En ella observamos un violento diálogo entre Jorge de Burgos y Guillermo de Baskerville, quien pone como ejemplo que algunos santos apelaban a la risa para burlarse de los infieles, en tanto que el anciano y ciego monje sostiene que “ello no es sino la puerta abierta para el pecado”.
Umberto Eco perteneció a un grupo llamado 63, y según él, si no hubiera existido el Gruppo 63 no habría escrito El nombre de la rosa. El Gruppo 63 fue un movimiento de neovanguardia literaria que perseguía una búsqueda experimental de las formas lingüísticas y el contenido que rompiera con los esquemas tradicionales. A ellos les debe la propensión a la aventura y al gusto por las citas y al collage presentes en el libro. En aplicación de su propia teoría literaria, El nombre de la rosa es una “novela abierta”, con dos o más niveles de lectura. Llena de referencias, Eco pone en boca de los personajes multitud de citas de autores medievales; sin embargo, el lector ingenuo puede disfrutarla a un nivel elemental sin comprenderlas. “Después está el lector de segundo nivel que capta la referencia, la cita, el juego y por lo tanto sabe que se está haciendo, sobre todo, ironía.” Pese a ser considerada una novela difícil, por la cantidad de citas y notas al pie, o quizás incluso por eso, la novela fue un auténtico éxito popular. El autor ha planteado al respecto la teoría de que quizás haya una generación de lectores que desee ser desafiada, que busque aventuras literarias más exigentes.
Desde hace muchos años, en mi curso de Historia de la Biología, en la parte de la Edad Media, he utilizado la película El nombre de la rosa como un recurso didáctico, al igual que profesores que fueron mis discípulos. Se trata de una manera muy directa y sencilla de acercarse a la complejidad y riqueza del mundo medieval, tan estigmatizado con el viejo cliché de “oscurantismo”. Por el contrario, ahí podemos ver cómo la discusión con la filosofía de la antigua Grecia era algo fundamental para llegar al conocimiento, además de la filosofía religiosa.
Sin el estudio de la Edad Media, no podemos entender el mundo moderno y contemporáneo, y aunque en ella el conocimiento no era como fue posteriormente, sí existieron contribuciones importantes. La humanidad no pudo haber transcurrido tantos siglos en la oscuridad, como la ideología del positivismo pretendió inculcarnos. En esos monasterios medievales había discusión de ideas, aun en el marco de un dogmatismo, lo que podemos claramente encontrar en El nombre de la rosa, que fue sin duda una de las principales aportaciones de Umberto Eco.
El Padre Ubú desearía un mundo medieval como nos lo han pintado por tantos años, lleno de tontos manipulables, controlados por el discurso ideológico, como ha pasado a consecuencia de la acción de las iglesias. Pero la Edad Media no fue sólo eso, fue un largo periodo de incubación que llevó a sentar la base para una etapa posterior de la historia, lo que para muchos es difícil de entender.









No Comments