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UBÚ, ¿Quién me ha robado el mes de abril?, ¡cómo el coronavirus pudo hacerlo a mí!

· mayo 6, 2020

 

Joaquín Sabina Abril

Los primeros meses del año para mí son feos. Cuando estaba en segundo año de primaria mis estúpidos compañeros me dieron una madriza por decirles que los reyes magos no existían y en realidad eran sus padres; mi abuelo murió un 6 de febrero (1968) en mis manos; y al estudiar la biografía de Julio César quedé impactado por los “idus de marzo”. En ese orden de ideas, pienso en la canción de Joaquín Sabina, que en estos momentos resuena en mi cabeza: “¿Quién me ha robado el mes de abril?, ¡sólo pudo sucederme a mí!” Bueno, la subjetividad es y debe ser algo inherente a la política, y por eso me atrevo a escribir estas líneas, ahora que el coronavirus se enseñoreó del mes de abril, hundiéndonos en una reclusión repugnante y nauseabunda.

Qué es la náusea para el existencialismo de Jean-Paul Sartre, que así tituló a una de sus novelas más famosas (más allá de lo literario se trata de un texto filosófico con gran profundidad ontológica). Para entender el significado de La Náusea, hay que partir de una diferencia en el Ser del hombre: El “Ser en sí”, y el “Ser para sí”. El “Ser en sí” implica la materialidad y el “Ser para sí” involucra la reflexión y la autoconciencia. La escena crucial de la novela es cuando el personaje central, Antoine Roquetin, se encuentra con unos niños en la playa y uno de ellos le da un guijarro que tomó del suelo; eso le produjo una sensación que describe como “una náusea dulzona, que pasa del guijarro a su mano”, y que ontológicamente describe como la captación del “en sí” en su indiferenciación, en su estar de más, en contraste con el “para sí”, que implica la autoconciencia. El hombre quisiera ser un “Ser en sí-para sí”, pero eso sólo puede ser porque un Ser así sería Dios, y como Dios no existe, “el hombre es una pasión inútil”, y eso produce la “náusea”: no somos necesarios para nadie, y la vida es un sinsentido, pero eso sin sentido de la existencia, de la vida humana, es el motor de la historia. De ahí que la obra filosófica de Sartre es El Ser y la Nada, un tratado de ontología, que, como la nada, anonada.

Y esto viene muy bien a cuento con la sensación de impotencia y futilidad que nos coloca en pleno siglo XXI, ante la acción mortal de un virus, de una partícula que ni siquiera está viva. Un tipo de ser extraño producto del proceso evolutivo. Los virus no son nuestros ancestros, evolutivamente surgieron después que las bacterias, se generaron como un sistema eficaz de transmisión de información genética de una célula a otra. Por ello, son algo cuyo mejor símil sería un diskette de 3.5, con una cubierta de proteína y la información contenida en un ácido nucleico, que puede ser ADN (o DNA) o ARN (o RNA), como en el caso del virus SARS-CoV2 o del VIH: son paquetes de información que sólo funcionan en el interior de una célula, que invaden, apoderándose de su sistema de reproducción celular, para hacer miles de copias de ella misma. Son, en efecto, cosas monstruosas, que no pueden morir, porque no están vivos. Decir que algo mata a un virus es una estupidez, y el término correcto es inactivarlo, como lo hace el jabón al lavarse las manos, o el cloro.

Pero en términos históricos y sociales el coronavirus es un fenómeno que no puede desvincularse del absurdo fenómeno que llaman “globalización”, el cual implica flujos comerciales y mercantiles acelerados y que favorece el desdibujamiento de las fronteras, con la rápida dispersión de drogas, armas, migrantes, ideologías, prejuicios y también agentes patógenos como este virus, entre otras muchas cosas. Jamás hubiera imaginado un escenario como éste: aislado, mejor dicho enclaustrado, con miedo e incertidumbre, y con el asqueroso malestar de percatarse de un escenario político adverso, donde la derecha busca aprovechar la pandemia para atacar a un gobierno democrático, que busca la transformación del país. En Portugal la oposición de centro derecha hizo un pacto para apoyar al gobierno de izquierda ante la contingencia; aquí la oposición de derecha busca desestabilizar al gobierno de López Obrador.

Afortunadamente, tenemos gobierno, un Estado fuerte, con un gabinete con sólida formación académica y política. Aunque el acoso mediático es imparable, se trata de un escenario histórico, donde se juega el futuro de la nación. La derecha no puede asimilar el triunfo de López Obrador, y juega todas sus cartas para contraponerlo y tratar de derrocarlo. Sin embargo, la opinión pública no ha caído en esa trampa. Hoy, por ejemplo, leí una nota donde se anunciaba que de 60%, la popularidad de nuestro gobernante subió al 68%. El camino no será fácil, pero saldremos adelante.

Por fortuna, ya no estamos en el mes de abril, y mayo ha sido proyectado como un mes drástico para una mayor dispersión del virus, pero luego de ello, creo y tengo la esperanza, el escenario mejorará. Nunca he sido optimista, y quienes habla de pensar cosas “positivas” no saben ni lo que dicen, pero la acción inteligente, eso sí es algo en que debemos confiar y tenemos un gobierno que ha demostrado su capacidad de acción, a pesar del odio y la adversidad. El virus es un agente patógeno, que pudo haber sido fabricado, pero que sabremos vencer, pensando en términos científicos, lo cual siempre debe estar aunado con una visión política.

Y esto nos lleva a un momento donde la reflexión es necesaria, donde una crisis sanitaria, producto de una virulencia masiva, nos lleva a cuestionar el modelo económico imperante, los extremos a los que llegamos con el capitalismo salvaje y la contradicción entre quienes buscan aprovechar la pandemia para fortalecer la voraz economía de mercado o los que consideran que es el momento de enfocar la realidad de una manera distinta.

Aquí el coronavirus es un “actor no humano”, que nos lleva a pensar que en el “parlamento de las cosas”; siempre debemos considerar a los “actores humanos y los “actores no humanos”, si la viruela, el plomo y los caballos fueron determinantes para la conquista de Tenochtitlán y la creación de la Nueva España.

Como escribió Arturo Romero Contreras (e-consulta, 29 de marzo, 2020): “El propio mundo capitalista ha llegado a soluciones comunistas. Greta Thunberg ha dicho quizá lo más sensato frente al coronavirus, si se le compara con el gallinero de la filosofía. Lo más significativo ha sido la esperanza de Žižek de que el virus inaugure una nueva época de cuestionamiento del capitalismo y el rechazo de esta tesis por parte de Byung-Chul Han, diciendo que los virus no hacen cambios, sino la racionalidad. Recientemente encontré en el texto de un colega la siguiente cita de Unamuno: ‘El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado’ (Del sentimiento trágico de la vida). No me convence la separación entre razón y sentimiento, pero sí el llamado de atención a no considerar la racionalidad como algo dado de suyo. Hay que considerar también nuestras posiciones subjetivas. El problema no son las razones en abstracto, sino nuestro posicionamiento subjetivo frente a las cosas. Hay razones y razonamientos, como hay marcos de reflexión. No solamente debemos razonar, sino decidir la situación sobre la que estamos razonando.”

En efecto, el coronavirus ha venido a convulsionar a la humanidad en pleno siglo XXI, generando un escenario inédito equiparable a obras literarias y cinematográficas como La peste de Albert Camus, o El año de la peste, película de Felipe Cazals, con guión de Gabriel García Márquez, Juan Arturo Brennan y diálogos de José Agustín. La pandemia que nos agobia, como una “peste”, nos permite reflexionar sobre la miseria humana, donde un paquete de moléculas: proteínas, RNA y lípidos (lo bueno es que el jabón los deshace) pueden exterminarnos. No obstante, evolutivamente hablando debemos tener los medios para confrontar esta situación, que se complica con los perversos intereses políticos y económicos que buscan desestabilizar a nuestro país. Éste es un claro ejemplo de cómo ciencia, biología, economía y política se articulan, en direcciones que no son fáciles de predecir, pues, como decía Engels, la política es como la resultante de un sistema de vectores concurrentes, donde al final todo dependerá de la orientación, dimensión, sentido y punto de aplicación de las fuerzas involucradas en el proceso.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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