Ismael Ledesma Mateos
Hace 30 años, por estas fechas se estaba afinando uno de los proyectos más importantes en la historia de la Universidad Autónoma de Puebla, así como de mi vida: la creación de la Escuela de Biología. Vale la pena reflexionar sobre este acontecimiento y sus consecuencias para la universidad y para Puebla, pues en la parte final del siglo XX se carecía de un espacio académico dedicado específicamente a esta ciencia, lo que implicaba una grave carencia en esta institución educativa.
El Padre Ubú diría: “¿Biología, qué es eso? En 1896, cuando Ubú cobra vida y toma el control de un reino, la biología comenzaba a existir, pues su origen data de mediados del siglo XIX a inicios del XX, pero era algo que muy poco se conocía y menos en el mundo de oscuridad que gobierna este personaje autoritario, al que evidentemente la ciencia no le interesaría, salvo que imaginara que podría ayudarlo a incrementar la recaudación de impuestos y fortalecer sus phinanzas. Así que pensar en una ciencia dedicada a la explicación del fenómeno de la vida y lo viviente carecería de sentido, como también ocurrió en otros países en el mundo real.
En México, por ejemplo, fue hasta 1902 cuando se estableció formalmente la primera cátedra de biología, fundada por Alfonso Luis Herrera —aunque con anterioridad se le haya mencionado en algunos cursos y discutidas algunas de sus temáticas—, y ante la carencia de un libro apropiado para su enseñanza, escribió el primer libro mexicano de esta ciencia: Nociones de biología, publicado en 1904, una obra extraordinaria que da cuenta de los conceptos y teorías fundamentales que la están constituyendo a la ciencia en esa época. Sin embargo, para 1908 la cátedra fue suprimida por considerarla “peligrosa para la juventud y las creencias”, y Herrera fue enviado a otra dependencia donde se abocara al estudio de pequeños problemas y no a la biología general, ni a sus investigaciones acerca del origen de la vida, basadas en la teoría de la plasmogenia, elaborada por él.
Éste es un caso que nos da idea del temor por la biología, que se pensó peligrosa por su potencia explicativa y su carácter subversivo en muchos aspectos, ligado a la idea de que “la vida se explica por sí misma”, sin tener que recurrir a ninguna “fuerza vital” sobrenatural o a un “alma”, independiente del cuerpo, lo cual aunado a la teoría de la explicación y a su capacidad de explicar cómo se origina la vida sin pensar en una creación divina, hicieron que para muchos la biología apareciera como algo inaceptable, por lo que resultaba más conveniente la antigua historia natural, que la biología desplazó, siendo mejor que los alumnos estudiaran animalitos y plantitas, zoología y botánica y no una biología general que va más allá de la descripción de la diversidad biológica sino que busca el entendimiento de sus causas, así como las de todos los procesos biológicos fundamentales.
No obstante, a medida que se avanzó en el siglo XX, la biología siguió imponiéndose, mostrando su gran poder explicativo y generando interés en distintos sectores de la sociedad, por lo que Jacques Monod, Premio Nobel —junto con François Jacob— por haber planteado el modelo del “Operón” para explicar la expresión de los genes en bacterias, afirmó en su obra El azar y la necesidad: “la biología es la más significativa de todas las ciencias”, la que más ha contribuido al desarrollo del pensamiento contemporáneo, luego del advenimiento de la teoría de la evolución. Así es. Durante el siglo XX el avance de la biología fue exponencial, llegando a tocar fronteras inesperadas tal como la posibilidad de clonar organismos complejos, como ocurrió con la oveja “Dolly”, o insertar genes de un organismo en otro, siendo la genética y la biología molecular algunas de las disciplinas de la biología que han generado impactantes aportaciones, que pueden modificar nuestras vidas y a la biósfera en su conjunto.
Fue precisamente con esa frase de Monod que inicié la presentación del proyecto de creación de la Escuela de Biología de la UAP ante el pleno del H. Consejo Universitario, el 14 de julio de 1987, sobre la base de un proyecto cuyo esbozo presenté desde 1985 al rector Alfonso Vélez Pliego, quien desde el inicio hizo suya la indicativa y la apoyó incondicionalmente. Sólo hubo un momento en que tuvimos una diferencia, la cual fue respecto al nombre de la escuela, pues al presentarme con una persona le dijo que yo era el responsable de la creación de la “Escuela de Ciencias Biológicas” de la universidad. Horas más tarde le comenté que tendría que ser Escuela de Biología y no de Ciencias Biológicas, que eso sería desvirtuar el proyecto, además de que llamar a todas las escuelas como de “ciencias” era algo muy típico de la UAP (Ciencias Químicas, Ciencias Físico-Matemáticas o Derecho y Ciencias Sociales), y en el caso de la biología esto no es correcto, pues las “ciencias biológicas” no existen, es algo sin sustento epistemológico. Alfonso estuvo de acuerdo con ello, además de que debía de quedar claro que no sería “una carrera”, sino “una escuela”, con una sola carrera: la de biólogo, pues de otra manera existía el riesgo de que algunos quisieran anexarla como una licenciatura de otra escuela. No hay “ciencias biológicas”, pues la biología es única e inagotable —como la vida misma—, se trata de una ciencia autónoma y unificada, que no es dependiente de ninguna otra, ni una “federación de ciencias”, siendo una aberración el querer mezclarla con otras, como ocurre en los sistemas burocráticos que usan expresiones como ciencias “químico-biológicas”, “médico-biológicas” o “biológicas y de la salud”, simplificaciones que dejan de lado las especificidades disciplinarias, generando criterios confusos que se convierten en arnés para las mentalidades más elementales. Lo mismo ocurre con esa aberración llamada “biomedicina”, que no existe más que en las cabezas de quienes la utilizan y que obedece a una intención política de musicalizar la biología. Por años, en mi curso del último semestre de la carrera de biólogo en la UNAM, donde abordo cuestiones de sociología de la profesión, he enfatizado estas cuestiones.
La biología es una ciencia, y como tal está integrada por disciplinas; pero cada una de ellas no es una ciencia, cuestión que muchos confunden. Así, la ecología no es una ciencia, es una disciplina de la biología, y de igual forma para la genética, la biología molecular, la biofísica, la bioquímica, la biotecnología y otras. La disciplina tiene un componente de materialidad, y no es algo abstracto como una ciencia; de hecho la mejor definición de ella sería: “la infraestructura del cuerpo de una ciencia”, que se encuentra en los libros de texto, en los programas de estudio, en las revistas especializadas, en las academias y en las sociedades científicas. En las escuelas y facultades lo que se enseña en lo particular son disciplinas, que en su conjunto conforman una ciencia, pero la visión integral de ella no debe perderse, como pensar en los árboles no debe llevarnos a perder de vista el bosque.
La historia de la Escuela de Biología de la UAP implicó la lucha por sostener esta forma de pensamiento y dar cohesión a su comunidad en torno a ello. Parte de este proceso fue la creación de la “Cátedra Alfonso L. Herrera” como un signo de identidad de una nueva comunidad naciente en Puebla y posteriormente, como consecuencia de ello, la instauración del otorgamiento de la “Medalla a la investigación en biología Alfonso Luis Herrera López”, que se otorga a quienes hayan realizado investigación fehaciente y significativa en origen de la vida y evolución, o a quienes hayan contribuido a la creación de instituciones y espacios académicos para la biología.
Antes de la fundación de la Escuela de Biología, que cumple 30 años, no había biólogos formados en Puebla, sólo existían tres formados en la UNAM y quienes impartían biología en secundarias y preparatorias, o materias relacionadas en algunas carreras, eran médicos, QFBs u otros profesionales. Cuando concluí mis estudios en la Preparatoria Benito Juárez tuve que ir a estudiar a la UNAM, pues la carrera no existía en mi ciudad y desde entonces tuve la obsesión de su creación, lo que finalmente se logró en 1987.
Pensando en todo ello, no deja de causarme malestar que ahora que finalmente la escuela se ha convertido en facultad, su nombre sea el de “Ciencias Biológicas” y no de “Biología”, tal vez pensando que la biotecnología sea una ciencia autónoma, lo cual es falso, pues es una disciplina más que integra por su parte los saberes de otras disciplinas de la biología. Esta resolución me pareció sorpresiva y pienso que careció de una reflexión con sólidos fundamentos teóricos, lo que muestra el peligro de que la vida académica se rija por cuestiones de moda, lo que impera en este “mundo de la pseudoconcreción”, el cual debemos tratar de destruir.
Si hubiera habido ciencia y biología en el Reino de Ubú, seguramente hubiera visto con buenos ojos las imposiciones y las modas que lo ayudaran a consolidar su poder, que es en última instancia lo único importante para él y sus compinches, empezando por la Madre Ubú y el Capitán Bordura.
A pesar de todo, celebro los logros que alcanzamos luego de la puesta en marcha de una utopía, que se materializó y ha podido perdurar por 30 años.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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