Ismael Ledesma Mateos
Cuando ingresé a la Escuela Preparatoria Diurna Benito Juárez de la Universidad Autónoma de Puebla el control de la mayor parte de la institución lo tenía el Partido Comunista Mexicano, pero no el de esa escuela, donde ni siquiera había una “célula” y el grupo imperante era del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), enemigo del PCM y controlado por el gobierno de Luis Echeverría en su estrategia antirrevolucionaria.
Al ingresar a “la Benito” ya había conocido al dirigente del PCM en Puebla, Alfonso Vélez Pliego, entonces director de la Escuela de Filosofía y Letras de la UAP, que me encomendó como tarea formar una célula del PCM (¡a mí, con 15 años de edad!). Y bueno, en un ambiente polarizado, en el contexto de una violenta toma del Edificio Carolino, la comunicación política era muy importante, la discusión era seria y en ese ambiente la discusión de las ideas fluía y dentro de la izquierda se hizo presente el trotskismo.
En el PCM había diversas posturas. Existía la tradicional prosoviética, claramente estalinista, y empezó a surgir otra orientación, más ligada al pensamiento democrático, que era el “eurocomunismo”, en la que tuvo un enrome impacto el pensamiento de Antonio Gramsci y el efecto de las visiones comunistas que se daban en Francia, Italia y España, a la caída del régimen fascista de Francisco Franco. También había corrientes maoístas, inspiradas en el comunismo chino, mucho más radicales. En la preparatoria había de todo, y a mí me interesaba la conciliación en la idea de mantener el equilibrio político en un espacio conflictivo. Pensaba que era mi deber, como consejero universitario alumno, por ello mantuve comunicación con compañeros trotskistas, con los que quería llegar a acuerdos con la idea de contar con una izquierda unida.
Nunca fui partidario del sectarismo estalinista, aunque tampoco era simpatizante de las ideas de Trotsky y sus partidarios, pero debía conocerlas y por ello leí a autores como Isaac Deutscher y Ernest Mandel; sin embargo, siempre me pareció horrible la animadversión al trotskismo.
Bueno, se trata de recuerdos de juventud, pero que en los tiempos que vivimos vale la pena retomar, cuando resulta crucial reflexionar acerca de la trascendencia de la izquierda, de la cual nunca renegaré. Por ello me llamó la atención ver en televisión una producción de Netflix llamada Trotsky.
Según la lingüista Raquel Barbieri Vidal (La izquierda diario, 20 enero de 2019) Trotsky es una serie (yo diría telenovela) “infame que tergiversa la historia de un líder de la revolución rusa… dirigida a un público poco avezado en la materia, o en muchos casos, que no conoce nada del tema, una serie puede llegar a ser la referencia absoluta sobre la vida de una persona… Así es como existe un peligro real cuando se emite una serie de contenido histórico, alterando los hechos ex profeso para lograr un resultado determinado, como en este caso es intentar destruir por completo y sepultar la imagen de León Trotsky, intoxicando su imagen episodio tras episodio”. Barbieri escribe: “En cuanto terminé de verla, me dediqué a investigar algo sobre la vida del director de dicha serie, Alexander Kott, y de Konstantín Ernst, el responsable de la puesta al aire para la productora Sreda, y vi que sus nombres están ligados al partido de Putin, Единая Россия o Yedínaya Rossíya (Rusia Unida). […] Pienso que la serie, luego del título, debería poner bajo éste, que se trata de una versión libre, sesgada; probablemente debería incluir, aunque sea en tamaño pequeño, un subtítulo diciendo algo así como: “Una versión capitalista sobre la vida de Trotsky” o quizás, “Versión admitida por Putin para la televisión rusa”, o bien: “Versión para contentar al Capitalismo”.
Prosigue la autora: “No pretendo expresar que Trotsky fuera un santo. No lo fue; y no creo que exista alguien que lo crea ni que lo desee. Un líder revolucionario es un ser con una inteligencia aguda y veloz, cuyo centro vital es la revolución misma. Debe ser poseedor de una mente lúcida y de cierto grado de frialdad a la hora de tomar decisiones. También debe tener la sensibilidad social que sea el motor que lo conduzca a la acción. Luego vienen en el orden que corresponda, según de qué persona se trate, sus otros amores, sus odios, sus gustos, sus puntos de desinterés. El intelectual de izquierda que Trotsky fue no es el sangriento y frío especulador que se muestra en la serie, que más se parece a una fusión entre Stalin y Napoleón que al mismo Trotsky. Tan descalibrada está la historia narrada, que Stalin aparece como un niño de jardín de infantes al lado de Trotsky”.
Y bueno, a mí algo que me indignó es la manera como Lenin es presentado como un pobre pendejo, lo que es en verdad inadmisible.
Arturo Noain describe a nuestro personaje como “un líder incomprendido. Pero, lejos de los problemas históricos que padeció Trotsky con Stalin, nos dice Slavoj Žižek que es “el judío errante” de la “revolución permanente” que no ha tenido lugar “ni en el socialismo realmente existente anterior a 1990 ni en el capitalismo realmente existente posterior a 1990. Los ideales que propugnaba siempre han estado desvirtuados, ya sea por la campaña de desprestigio llevada a cabo por Stalin o por las malas interpretaciones posteriores”.
En una visión lacaniana de Trotsky, no podía ser de otra manera, el filósofo esloveno aplica el psicoanálisis en el discurso del líder soviético. En este sentido, Žižek encuentra una diferencia sustancial en cómo la figura de Lenin influye de forma tan distinta en Trotsky y en Stalin. “En Trotsky, Lenin continúa vivo allí donde siguen existiendo personas que luchan por la misma idea. En Stalin, Lenin se convierte en un obsceno espíritu artificialmente mantenido con vida como un instrumento del poder”.
Ante la telenovela de Netflix, un grupo de destacados académicos, como el esloveno Žižek y Michael Löwy firmaron una carta en la que manifiestan su rechazo a la serie sobre la vida del dirigente de la revolución rusa, a la que acusan de presentarlo de manera falsa. La polémica que levantó Trotsky hizo que su nieto, Esteban Volkov, impulsara una declaración de rechazo a la producción, a la que adhirieron reconocidos intelectuales donde además de Slavoj Žižek y Michael Löwy, firmaron Fredric Jameson, Robert Brenner, Nancy Fraser, Mike Davis, entre otros. Uno de los colmos de la telenovela fue que en la escena del atentado a la casa de Coyoacán, el nieto, niño, no aparece, cuando en realidad fue salvado de la balacera por Natalia, la esposa de Trostsky, pues el infante sí estaba ahí con ellos.
El grupo señala que “la miniserie, de ocho capítulos, difunde mentiras y establece hechos que no están sustentados en la evidencia historiográfica”. “Según sus autores no es un documental pero dice que está basada en hechos reales. Sin embargo, son las mismas falsificaciones que utilizaban los imperialistas y el zarismo o el estalinismo para defenestrar a Trotsky y sus seguidores cuando avanzaba la burocratización de la URSS. Todas ellas fueron refutadas por la Comisión Dewey formada especialmente por personalidades extrapartidarias en 1937, en México, señalan”.
En lo personal, los primeros capítulos de la telenovela me encantan, sobre todo el inicio, donde Trotsky es acompañado en el Tren del Ejército Rojo por una mujer bellísima, a la que se termina follando, luego que ella toma su revólver y le pregunta si ha matado con esa arma. ¡Una escena técnicamente extraordinaria! Sin embargo, a medida que se avanza en otros capítulos, aparecen distorsiones inadmisibles, siendo la más grave el asesinato de Trotsky en Coyoacán, México, el 21 de agosto de 1940, por el agente soviético (de origen español) Ramón Mercader, que se hacía pasar por un periodista francés, Jaques Mornard o Frank Jackson (el último es el nombre que usan en la producción), donde Trotsky pelea con él, lo agrede con su bastón y el asesino toma un piolet grande, que estaba en la pared, y lo mata con él, como si fuera en defensa propia, cuando en realidad lo que se sabe es que era un piolet pequeño que Mercader llevaba en su bolsillo y atacó a Trotsky por la espalda, mientras escribía. Por cierto, años después, Mercader o Mornard, fue declarado “héroe nacional” por la URSS estalinista.
Slavoj Žižek publicó en 2007 un libro magnífico (Slavoj Žižek presenta a Trotsky, Terrorismo y comunismo, Akal, 2009) donde presenta un texto que es original de Trotsky, titulado Terrorismo y comunismo, donde escribe un extenso prólogo (43 páginas), remarcando la refutación que hace Trotsky a Karl Kautsky ante sus críticas a los bolcheviques. Ahí el esloveno cita un discurso del autor en el tercer aniversario de la Revolución de Octubre: “Nos lanzamos a esta lucha con magníficos ideales, con magnífico entusiasmo, y a muchas personas les parecía que la tierra prometida de la fraternidad comunista, el florecimiento, no sólo de la vida material sino de la espiritual, estaba mucho más cerca de lo que en realidad ha resultado… La tierra prometida —el nuevo reino de la justicia, la libertad, el contento y la elevación cultural—, estaba tan próxima que podría tocarse… si hace tres años se nos hubiese dado la oportunidad de ver el futuro, no habríamos creído a nuestros ojos, no habríamos creído que a tres años de la revolución proletaria, la vida en esta tierra no sería tan dura…”
En su texto, Žižek cita una frase de Trotsky que no debemos olvidar: “Para hacer al individuo sagrado debemos destruir el orden social que lo crucifica. Y este problema sólo puede ser resuelto a sangre y hierro”. Bueno, hoy diríamos a sangre y plomo. Sin duda, Trotsky como el Che Guevara, entendieron el valor y la importancia de la violencia revolucionaria para transformar el mundo. Lo hicieron con compromiso y murieron en consecuencia.
El Rey Ubú no entendería eso, pues para él el poder es para detentarlo, usarlo en su beneficio, y no para transformar la realidad. Trotsky huyó para seguir luchando, aunque fuera por escrito, en un extraño país como es México; Ubú huyó para salvar el pellejo, sin entender que el poder no es para gozar privilegios y beneficios personales.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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