Ismael Ledesma Mateos
El concepto de modernidad es sumamente complejo y se usa de manera irresponsable y carente de rigor, lo cual genera enorme confusión. Podríamos llamarle una “dirty word” (palabra sucia o palabreja) con usos múltiples, usada de manera poco seria. En la historiografía tradicional se considera como una etapa posterior a la Edad Media, que se originó en el norte de Europa para luego expandirse a otras regiones del continente y que implica la transición del feudalismo al capitalismo.
La fase inicial de la modernidad es el periodo conocido como Renacimiento, donde impera la idea de retomar la intencionalidad de la filosofía griega, más allá de Platón y Aristóteles, la autoridad de la escolástica medieval, que tuvo su máxima expresión en el pensamiento de Tomás de Aquino. El Renacimiento plantea un retorno a la búsqueda directa en la naturaleza, remontando el modelo medieval basado en la interpretación de los textos de Aristóteles en filosofía e historia natural y de Hipócrates y Galeno respecto a la fisiología y el conocimiento de la vida; se consideraban como la verdad absoluta, sobre la que se debía de discutir y reflexionar. El Renacimiento, inicio de la modernidad, marcó la ruptura con esa perspectiva.
La modernidad considera la importancia de la voluntad del individuo, para definir sus metas, lo que dará sentido a su vida, abriendo una nueva dimensión en lo que toca a la política y el poder, que se enlaza con la lógica y la razón, alejándose del tradicionalismo basado en valores religiosos y el argumento de autoridad. La modernidad antepone la razón sobre la religión e implica la creación de instituciones para regular el funcionamiento de la sociedad y controlarla, lo cual tiene como indicador la elaboración de constituciones, que dan garantías y protección de las libertades y los derechos de los ciudadanos. Esto va ligado al surgimiento de la burguesía y concomitantemente del proletariado.
Todo lo sólido se desvanece en el aire (All that is solid melts into air), subtitulado La experiencia de la modernidad, es un libro escrito por Marshall Berman entre 1971 y 1981 y publicado en Nueva York en 1982. El libro examina la modernización social y económica y su relación conflictiva con el modernismo. El título del libro está tomado del Manifiesto comunista de Karl Marx y Friederich Engels en relación con la capacidad del capitalismo de disolver los vínculos sociales tales como el patriarcado y la subordinación feudal. Una frase contenida en el texto se orienta a dar cuenta del significado de la modernidad, aunque involucra toda la existencia humana: “Todas las relaciones fijas, estancadas, con su antigua y venerable sucesión de prejuicios, y opiniones se desechan, y todas las recién formadas pierden actualidad antes de cosificarse. Todo lo que es sólido se desvanece en el aire, todo lo que es sagrado se profana, y los hombres, al final, tienen que enfrentarse a las condiciones reales de sus vidas y sus relaciones con sus semejantes.”
En el prefacio el autor escribe: “La mayor parte de mi vida, desde que supe que vivía en un ‘edificio moderno’ y que formaba parte de una ‘familia moderna’ en el Bronx de hace 30 años, el significado de la modernidad me ha fascinado. En este libro he intentado examinar algunas de estas dimensiones del significado, explorar y trazar el mapa de las aventuras y los horrores, de las ambigüedades y las ironías de la vida moderna… Ser modernos es vivir una vida de paradojas y contradicciones. Es estar dominados por las inmensas organizaciones burocráticas que tienen el poder de controlar, y a menudo destruir, las comunidades, los valores, las vidas, y sin embargo, no vacilar en nuestra determinación de enfrentarnos a tales fuerzas, de luchar para cambiar su mundo y hacerlo nuestro, es ser a la vez, revolucionario y conservador: vitales ante las nuevas posibilidades de experiencia y aventura, atemorizados ante las profundidades nihilistas a que conducen tantas aventuras modernas, ansiosos por crear y asirnos a algo real aun cuando todo se desvanezca.”
Berman ve en el Fausto de Goethe una interpretación literaria de la modernización a través de los procesos del sueño, el amor y el progreso.
En la segunda sección emplea textos marxistas para analizar la naturaleza auto-destructiva de la modernización. En la tercera sección la poesía francesa, en especial Baudelaire, es usado como un modelo modernista de escritura, seguido por una selección de literatura rusa (Pushkin, Dostoyevski, Biely, Gogol y Mandelstam) en la cuarta sección. El libro concluye con notas sobre el modernismo en Nueva York durante los sesenta y los setenta, en lo que considera “una selva de símbolos”.
Es interesante la manera como el autor hace una conjunción de perspectivas que involucran la literatura, el marxismo y el arte. Así, nos refiere a Baudelaire en el ensayo El pintor de la vida moderna, donde se refiere a la belleza de la modernidad, según el Señor G., que es: “La belleza particular, la belleza circunstancial y los rasgos de las costumbre”. Es decir, que la belleza es la forma en la que está constituida la ciudad, el quehacer diario, la vida parisina y la sociedad. El señor G. encuentra la belleza en la calle, en la gente, en los ambientes superficiales. Sin embargo, en un poema el poeta francés exalta la belleza de un cuerpo descompuesto. Como se ha dicho, Baudelaire es sin duda el poeta de la modernidad francesa. Considerado uno de los más grandes poetas del siglo XIX, por la originalidad de su concepción y la perfección de la forma, representa al poeta de la civilización urbana contemporánea.
Bruno Latour publicó en 1991 su libro Nunca fuimos modernos (Nous n’avon jamais eté modenos), donde sostiene: “La modernidad plantea una doble separación: lo de arriba y lo de abajo y, lo humano y lo no-humano. Esta doble distinción hace referencia al mundo natural y al mundo social. La constitución de la modernidad se fundamentará sobre estos polos y nos propondrá una visión del mundo, que aunque fracasa cuando es aplicada, se mantiene como marco referencial sobre el cual se construye la cultura, la política, lo social y la ciencia.” Latour propone describir esta constitución a partir del enfrentamiento entre Boyle y Hobbes en la Inglaterra del siglo XVII y del trabajo que sobre ellos realizan Schapin y Schaffer publicado en el libro El Leviathan y la bomba de vacío: Hobbes, Boyle y la vida experimental (1985). Este momento de la historia es clave para comprender cómo se establecen los criterios de demarcación entre el mundo natural y el mundo social. Y aunque, como veremos, ambos están absolutamente entrelazados, son separados a partir de lo que Latour denominará “las garantías constitucionales de la modernidad”.
Latour en una conferencia dictada en Argentina, titulada “Si nunca fuimos modernos ¿qué nos pasó?”, se refiere a la expresión “modernícense” que en realidad carece de significado y más bien aparece inventada por la economía e implica la relación entre la religión y la secularización que involucra una teología política, aunada a la economía. Él considera que sería mejor referirse a “composición y no modernización”, que en esencia es como diría Foucault, algo determinado por la economía. Para él la secularización implica una teología política y por eso la modernización deja la religión atrás, se presenta como una consigna que enloquece y que acude al culto a la ciencia, sin distinguir “la ciencia y las ciencias”. Es así que cuando se le increpa si es posmoderno, su respuesta es “¡No, simplemente amoderno!”
En la modernización da el vínculo propiedades y bienes, antes y después antes y en consecuencia se asocia a la occidentalización, con una idea utópica de expansión infinita donde modernización se asocia a la americanización, que se concibe como un territorio utópico, ese nuevo mundo que debe ser explotado, colonizado, dominado y debe contemplarse que el ideal del siglo XVI es mas próximo al siglo XXI de lo que pensamos usualmente. Buscar una alternativa a “modernicémonos”, sería decir ser “contemporáneo”. Latour dice que mucha gente vive de la consigna “modernícense”, que es completamente contradictoria, donde el Estado aparece como monstruo frío, que deja de lado a la política, lo que me a mí me sugiere lo ocurrido en México durante “el periodo neoliberal”, donde el presidente Carlos Salinas de Gortari tomó el concepto de modernización como consigna ideológica y política.
El Padre Ubú no era ni moderno ni posmoderno ni amoderno. Son conceptos innecesarios en su reino premoderno y semifeudal, pero vale la pena hacer estos contrastes y reflexionar acerca de ello, para tener luz sobre la realidad del mundo contemporáneo, aunque también en sus dominios ¡“Todo lo que es sólido se desvanece en el aire”!
¡Vamos a interrumpir aquí!









No Comments