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Telenovelas: “El Sultán” y “La Sultana”, el Imperio Otomano

· enero 5, 2018

Ismael Ledesma Mateos

La telenovela es un género artístico controversial, estigmatizado —y con razón— ha sido uno de los peores referentes de la cultura mexicana. Recuerdo mi infancia con las famosas telenovelas “Colgate”, especialmente una muy patética que se llamaba Gutierritos, que es la historia de un hombre débil y sin carácter de quien todos se aprovechan. Pero no todo es blanco y negro, en un mundo heterogéneo plagado de muchos tonos de grises, también vi varias telenovelas históricas que, como Enrique Krauze ha dicho en el Aula Mayor de El Colegio Nacional, impactaron su vida, al igual que la mía. La primera fue La tormenta, acerca de la Revolución Mexicana, escrita por Miguel Sabido y Eduardo Lizalde. Fue la telenovela histórica inicial de Ernesto Alonso, quien también realizó Los caudillos, donde actuó Silvia Pinal, La Constitución, con María Félix y después El carruaje, donde José Carlos Ruiz representa a Benito Juárez. Antes se realizó Maximiliano y Carlota, la cual no vi pues tenía sólo cinco años, y luego Krauze plasmó su obsesión juvenil realizando El vuelo del águila, referente al porfiriato. Años después, ya muy por la noche, tuve la oportunidad de ver otra extraordinaria telenovela mexicana basada en la novela de Manuel Payno: Los bandidos de Río Frío, y en mis años de preparatoriano también disfrute —con mi abuela y mi tía Lulú— una telenovela brasileña basada en una novela de Jorge Amado: El bien amado, no de corte histórico, pero sí vivencial y de contenido social.

El Padre Ubú sería indudablemente un magnífico personaje de telenovela, podríamos hacerla con personajes humanos o con dibujos animados, y daría para mucho y permitiría una gran creatividad, pues cuenta con todos los elementos necesarios, violencia, corrupción, avaricia y codicia. Sería como Odorico Paraguaçu, el personaje de O bem amado, en este caso un cacique de pueblo brasileño que representa a cualquier autócrata del mundo, la concreción del autoritarismo y el abuso. Jorge Amado hubiera sido capaz de plasmar perfectamente a Ubú, como lo hizo con el personaje de esa telenovela.

Y ahora, consecuencia de esta afición, he encontrado en Imagen Televisión de Excélsior, El sultán, referente a Suleimán el Magnífico, quien gobernó el Imperio Otomano entre 1520 y 1566, uno de los imperios más grandes del mundo y que tuvo en sus manos. Se trata exactamente de la época en la que España conquistó el territorio que ahora es México. Ese imperio fue inmenso, se expandió en tres continentes, que inició con la conquista de los Balcanes, teniendo como inicio el territorio bizantino, Bulgaria y Serbia. El imperio estuvo en el centro de las interacciones mundiales entre el Este y el Oeste durante seis siglos, con Constantinopla como su capital; y llegó a anexionar el norte de África, con Argelia y Túnez, así como hacer el sitio de Viena y poner de rodillas al rey de Austria.

Suleimán el Magnífico buscó emular al emperador romano Justiniano el Grande (quien gobernó Turquía mil años antes) y en su imperio islámico, al final de su reinado tenía aproximadamente 40 millones de habitantes. Poco sabemos de la cultura islámica y de cómo fue el reservorio de la filosofía griega clásica. Cuando el emperador Constantino estableció el Imperio Romano de Oriente, con su capital Constantinopla, ahora Estambul, nunca pensó que sería la capital más poderosa del imperio musulmán.

La telenovela creada por la empresa TIMS Productions pone énfasis en la relación amorosa de Suleimán —el décimo sultán del Imperio Otomano— con la ucraniana Hürem, que de sirvienta del harem pasó a ser la sultana más influyente del imperio en su tiempo. Se trata de una historia real, con personajes que vivieron en esa época y que influenciaron las decisiones más importantes para el mundo. Para mí es muy importante, pues me llevó a conocer cuestiones que ignoraba y que son cruciales para la comprensión del Occidente. Se trata de un imperio más poderoso que el de los Reyes Católicos y de Carlos V, y que se mantuvo —aunque ya menguado— hasta 1922. Basta pensar, de manera anecdótica, que el 22 de septiembre de 1910 ese imperio le obsequió a México, en el gobierno de Porfirio Díaz, el llamado “Reloj Otomano”, que se encuentra en la esquina de Bolívar y Venustiano Carranza en la Ciudad de México, como un gesto alusivo a la conmemoración del centenario de nuestra independencia.

La trama de la telenovela reúne todos los elementos necesarios para captar la atención del público: intriga, amor, sexo, traición, violencia, en un marco histórico, con magníficas locaciones donde podemos admirar un Mediterráneo esplendoroso, con bellísimos barcos que constituían su flota. Resalta en la narración la figura de Pargali Ibrahim Pashá, el gran visir de Suleimán, quien nació en Parga, Venecia y que raptado y convertido en esclavo llegó a la corte, donde se convirtió en amigo del futuro sultán cuando éste era gobernador de Manisa, provincia del oeste de Turquía.

La manera como la telenovela muestra las relaciones interpersonales es excepcional y revela cómo más allá de los conflictos políticos, los más complicados son los que se dan en el seno del harem, donde las intrigas son del más alto nivel entre las mujeres que lo conforman. Se ve que en política todo absolutamente es personal y cómo la subjetividad es inseparable del poder. Así vemos la relación de Suleimán con su madre —la madre sultana—, una figura de enorme poder. Su vínculo con su amigo entrañable, Ibrahim Pashá —a quien terminará asesinando— y su amor desmedido por Hürem. Estos tres personajes lo manipulan a su antojo, dejándonos claro que el poder no sólo es sentarse en el trono. Suleimán murió en Hungría, pero deja una dinastía que perduró por años y uno de sus descendientes fue Ahmed, hijo de Mehmed III, que en 1603 llegó al trono sin tener la mayoría de edad.

La segunda telenovela que comento tiene por nombre Kösem la Sultana y trata del ascenso al poder de Anastasia, luego llamada Mahpeyker (“con forma de luna”) y finalmente Kösem (Kapa = enigmática, orgullosa, sagaz, educada y madura), una hábil y bella mujer que logra enamorar perdidamente a el sultán Ahmed y tomar el control del harem y en consecuencia del Palacio, expulsando a la abuela sultana, que tenía todo el poder y enviándola al “viejo Palacio”, conocido como el “Palacio de lágrimas”. Luego consigue conjurar un golpe de Estado de la abuela en contra del sultán, desterrándola definitivamente a una prisión en una isla inhóspita. Se trata de una historia de intriga, inteligencia y valor, que revela los aspectos oscuros y ocultos de la historia de los que normalmente no se habla.

Tanto Suleimán el Sultán, como Kösem la Sultana son telenovelas de gran valor y enorme calidad, con buenas actuaciones y muy bellas locaciones, que nos dejan ver la calidad de la televisión turca, que se compromete a retomar la historia de su país, la cual es poco conocida en Occidente. Como se muestra, nos entera que fue trascendental en la construcción del mundo moderno. Si bien no se encuentran ubicadas en la Edad Media, lo están en una época inmediata posterior, en los siglos XVI y XVII, dejándonos ver la tenebra política en ejecución. La faceta humana debe ser indisoluble de la política, donde la pasión y el amor se engarzan perfectamente con la voluntad de poder y la ambición.

Recuerdo otra gran telenovela histórica, relativamente reciente, Isabel (2012-2014), referente al reinado de Isabel de Castilla (“La Católica”) y Fernando de Aragón. Me da risa la gente que dice que son “series” y no telenovelas, con base en el prejuicio de que las telenovelas son cosas que ven las amas de casa. Para mí es claro que una serie tiene principio y fin en el mismo episodio, o cuando mucho en dos o tres, tal como Los intocables o Misión imposible, pero si se trata de una producción con secuencia que puede empezar en la infancia de un personaje y terminar en su muerte, recorriendo toda su vida, o bien una secuencia de acontecimientos concatenados, eso es una novela, que llevada a la televisión es una “telenovela” y Suleimán el Sultán y Kösem la Sultana eso son.

La historia —como ciencia— se presenta a muchos como algo ajeno, hay alumnos a los que se les dificulta enormemente y alegan su incapacidad para memorizar nombres, fechas y acontecimientos. No obstante, la historia no es sólo eso, implica el entendimiento de procesos, de sus causas y efectos para un país o para el mundo. Es algo más vivo, multilateral y sutil de lo que cualquier metodólogo ortodoxo pudiera pensar. Y bueno, una forma de divulgar la historia y de acercarla a sectores más amplios de la población es sin duda la telenovela y, por supuesto, el cine.

En el reino del Padre Ubú no existió la televisión, ni el cine, en esa Polonia imaginaria e inexistente, tal como si fuera Sildavia, Exopotamia, el Pekín de Boris Vian, o el país de Al otro lado del espejo. Lo único imperante es la subjetividad y en el caso de Ubú, la subjetividad autoritaria y despótica. Sin duda los sultanes de estas dos telenovelas tuvieron decisiones incorrectas, pero en mucho se les muestra más humanos y sensibles que nuestro señor de las Phinanzas.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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