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Simone-de-Beauvoir-016
UBÚ 0

Simone de Beauvoir y la condición femenina

· septiembre 15, 2016

 

Ismael Ledesma Mateos

 

Para Renata; a Lulú le encantaría

 

Crecí entre mujeres; me criaron mujeres. No puedo vivir sin mujeres. ¡Adoro a las mujeres! En el mundo no puede haber ser humano más complejo y esplendoroso. Como me enseñó Sergio González Moreno (mi gran maestro de bioquímica y quien en verdad me hizo biólogo): “Las mujeres son como las proteínas: complejas, indispensables, difíciles de entender; se desnaturalizan con el calor y se inactivan en estado de pureza”.

Ligado a ello, lo que dijo el premio Nobel Max Perutz, es contundente: “El secreto de la vida se encuentra encerrado en la estructura de las proteínas”. En consecuencia, en un diván lacaniano podría concluir que, si las mujeres son como las proteínas, ¿el secreto de la vida se encuentra en la mujer? A lo que respondería acostado: “Sí, empezando por mi madre”, lo que llevaría a la escansión: “¡Vamos a interrumpir aquí!” (golpe de una pluma fuente).

El Padre Ubú fue también víctima del peso implacable de la feminidad, la Madre Ubú ejerció una espeluznante influencia en su gobierno atroz. Lo alentó y lo animó a ese gobierno autocrático donde el Capitán Bordura imponía su orden despótico. Es cierta la frase: “Atrás de un gran hombre hay una gran mujer”, que podemos transformar en: “Atrás de un miserable hombre hay una horrible mujer”. Ese escenario lo vemos en Ubú Rey y también en la realidad de múltiples gobiernos.

Escribir esto obedece a mi admiración de mujeres en la política, como mi grandemente admirada Cristina Fernández de Kirchner, o Dilma Rousseff, Hillary Clinton (¡que espero gane!) y en la ficción Claire Underwood (de la telenovela House of Cards). Para mí, formado (criado) por mujeres, las cosas no podrían ser de otra manera. De niño me encantaba ver a la esposa de Adolfo López Mateos, Eva Sámano, que fundó el Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI, que daría lugar al DIF), con sus desayunos escolares y a “la compañera María Esther” (Zuno de Echeverría), (no un bello pájaro acompañante), quienes hacían política en serio. Me fascinaba la estrofa de una canción del gurpo Inti Illimani: “Hacia la libertad”, que dice: “¡Mujer con fuego y con valor, ya estás aquí con el trabajador!”

Por cierto, al escribir este recuerdo escucho a Barbara (la cantante francesa favorita de Mitterrand) y en estas líneas a Patricia Kaas, y un rato antes escuché …entre todas las mujeres, donde voces de mujer cantan a Joaquín Sabina. Así es el inconsciente… Como alguna vez me dijo una tesista: “No puedo vivir sino rodeada de estrógenos…”

Y por ello no puedo dejar de pensar en una mujer extraordinaria, que fue capaz de escribir de manera magistral las obras que en verdad iniciaron la reflexión moderna acerca de la condición femenina: Simone de Beauvoir, que fue capaz, en una etapa crítica de la historia, de mostrar lo que la mujer es capaz de hacer, en su terreno, el intelectual, aunque también en la acción política en sus posibilidades, utilizando como arma la palabra, la pluma y el papel. Una mujer inolvidable con sus obras, su acción política, y su vida misma, que develó la condición de la mujer como producto de una construcción histórica antropocéntrica y limitada.

Simone-Lucie-Ernestine-Marie Bertrand de Beauvoir nació en 1908 y murió en abril hace 30 años (1986). Tuvo una vida extraordinaria y apasionante bajo las condiciones de una Francia y una Europa previa a dos grandes guerras. Representa la vida de una mujer que bajo ese contexto logra conquistar una posición y ser reconocida en el ámbito intelectual de su mundo.

Formada en una familia burguesa (ella dice, yo diría más bien aristócrata y pequeñoburguesa) venida a menos, con una madre católica y un padre liberal, tuvo el valor de ingresar a la Universidad de París, lo que de inicio significa optar por una vida distinta a la que se les “asignaba” a las mujeres de aquella época. Estudió letras, porque la madre se opuso rotundamente a que tomara la carrera de filosofía, pues las monjas le dijeron que “la filosofía corroe mortalmente las almas, y en un año de Sorbona, Simone perdería la moral y las buenas costumbres”. Y entonces, pues bueno… las letras serían menos sacrílegas que la filosofía…

Esa bella joven pequeñoburguesa (aristócrata caída en decadencia y, por ende, pobre) se creía fea (no lo era). Fue una estudiante brillante y terminó su carrera y todavía más, presentó el examen más difícil en el mundo académico de Francia: “la agregación”, que le permitiría ser profesora de un liceo (una preparatoria). Eso fue el acontecimiento más importante de su vida, pues conoció a un joven bizco, feo, chaparro, pero seductor, brillante y encantador: Jean-Paul Sartre. La imagino pensando, como canta Patricia Kaas: “Usted me ha obnubilado”. Juntos hicieron un amor maravilloso, emblemático, una verdadera historia.

En algún momento, ella se sintió inferior a Sartre, pues ella era universitaria y Sartre egresado de la Escuela Normal de París, algo mucho muy superior. Además, él era de una brillantez admirable, al grado de que en su primer encuentro la sedujo con un dibujo. Ella le dijo que disertaría sobre Leibniz y él le dibujo a Leibniz en una tina de baño con las “Monadas” (unas estructuras de la teoría de ese filósofo, como átomos o algo así) y ahí se hizo el ligue.

Pronto supo de su postura respecto a la monogamia, cuando le dijo: “Simone, sabes la diferencia entre lo necesario y lo contingente. Pues nuestro amor es necesario y quiero también tener amores contingentes.” Lo que para mí es una de las ideas más sabias que he aprendido. Honestidad y no engaño. Pactaron y juraron ser genuinos. Lo hicieron, además de que juraron decirse siempre la verdad, ¡y lo cumplieron!

Leer a Simone es un reto y lograrlo es un éxtasis, y no sólo su obra consumada: El segundo sexo, que inicia la reflexión seria acerca de la condición femenina, ni La mujer rota, otro libro extraordinario, sino toda entera, no en orden cronológico: Memorias de una joven formal, Los mandarines, La plenitud de la vida, La vejez o La ceremonia del adiós, esta última su despedida de Sartre, a quien amó toda su vida, a pesar de lo que la gente simple y tonta consideraría infidelidad. No le mintió; ella tampoco y también tuvo otros grandes amores.

Se conocieron cuando Sartre tenía 24 años y ella 21. Él apodó de Simone El Castor por un juego de palabras, pues le llamaban Beaver, castor en francés, y será su sobrenombre por su carácter constructivo y su tenacidad, además de que los castores andan en grupo. Sartre se empeñó en conocerla, aunque antes la llamaba la Valkiria por valerosa y fuerte, y bueno, le dijo: “Los castores son animales productivos”.

Y ¡vaya producción!, pues aunque fue la musa de Sartre, no fue su sombra ni su rémora y su obra es extraordinaria por sí misma, independiente de la de Sartre. Simone nos enseñó que la mujer y la condición femenina (que no “género”, como dicen ahora los políticamente correctos en este mundo de la simplicidad) son objeto de investigación histórica, sociológica y antropológica, pero también filosófica.

Independiente de la riqueza narrativa, literaria e histórica de la mayoría de sus obras, El segundo sexo es una culminación excepcional y no feminismo ideológico: es un análisis y reflexión rigurosos sobre el “Ser Mujer”, sobre la condición femenina, como fenómeno sociocultural, pues como ella dijo: “La mujer no nace, se hace”, incluso considerando la determinación biológica, una muy impactante, que se da cada 28 días.

Ella supo entender el papel de lo biológico, cuando dijo: “La mujer ha sobrellevado la carga de la especie durante tantos miles de años que internalizó su inferioridad”. Y cuando le preguntan el por qué, ella responde: “Porque los continuos embarazos la debilitaban y la disminuían frente a los demás miembros de la sociedad. La mujer se siente disminuida porque las consignas de la feminidad la disminuyen.” En consecuencia: “Para superar esta condición de lo femenino, la mujer debe construirse como ser humano a través de la dedicación al trabajo, a la vocación, a la política, a la ciencia.”

Maestra, escritora, periodista, activista, pareja, amiga y amante, fiel e infiel, según las circunstancias (pues la moral de los existencialistas es “la moral de la ambigüedad”), el Castor es la encarnación de la feminidad, que no de un feminismo ideologizado y ramplón. Una mujer que probablemente conoció la plenitud de la vida y supo despedir al amor de su vida en La ceremonia del adiós. Una mujer completa.

El Padre Ubú, por supuesto, defendería a la familia, y se mostraría estricto en el control de la sexualidad de las mujeres de la comarca; las mantendría a salvo de ideas pecaminosas, como las de la libertad, la igualdad y del conocimiento de sí mismas. Odiaría (como tantos) a las Beauvoir, a los existencialistas y a mí. Pero él ya no está aquí más que como un fantasma, del cual debemos cuidarnos. Seguro ordenaría: “Palitroques en las onejas” para todos y diría: “¡Para mí la mujer que vale es la madre!” Pero la realidad no es lo que elija un déspota.

A los que se ufanan repitiendo “A mi manera”, de Paul Anka y que cantan fuerte donde dice: “Jamás viví un amor que para mí fuera importante”, les digo que ignoran lo que significa tener al menos uno en la vida, un amor necesario y, de los que pese a todo, también necesarios son amores contingentes… Porque: “oh mujeres tan divinas, no queda otro camino que adorarlas…” En fin, hasta el Padre Ubú adoraba a una…

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