Ismael Ledesma Mateos
Hace algunos años en un hotel de la República del Salvador vi en televisión una serie que me encantó: Shameless (sin pena o sin vergüenza) y al regresar a México traté de conseguirla, sin éxito. Hace poco tiempo la pude encontrar en Netflix y he podido ver seis temporadas pues realmente me ha enganchado. Se trata de la historia que se centra en una familia disfuncional con un padre alcohólico abandonado por su mujer, con seis hijos que fueron criados por la hermana mayor, Fiona, que se hizo responsable del cuidado de la familia. El padre, Frank Gallager, se pasa la mayor parte de su tiempo en un pub llamado Jockey, donde toma pintas de cerveza y consume pastillas de éxtasis. Sucede esto en un suburbio de Manchester (Chatsworth Estate) donde prácticamente todos los habitantes se reúnen en ese bar.
La serie cuenta con otro personaje, Paddy Maguire, un mafioso y narcotraficante de origen irlandés, esposo de una mujer gorda que ama y respeta porque es muy católico, padre de una hija que es embarazada por Lip, uno de los hijos de Frank Gallager, quien tiene otros cuatro hijos, uno asesinado y dos de ellos que pretenden ser maleantes pero son unos inútiles: uno homosexual, que busca hacer negocio con una limusina color rosa; y el otro, expresidiario que luego de diez años de reclusión busca rehacer su vida y consigue trabajo en el bar Jockey, donde se enamora y se enreda con una joven y bella empleada. Finalmente los dos se quedan a cargo de ese pub.
No se trata de describir toda la trama de la serie, sino tomarla como pretexto para reflexionar acerca de la cotidianidad y la existencia, con todos los conflictos que ello implica. Un alcohólico y un maleante que al final tiene una carga moral admirable, una hija que se hace cargo de la familia, con otro hermano también homosexual, y la hija menor, Debbie, que al final, cuando Fiona huye con su pareja narcotraficante, siendo menor de edad se hará responsable de esa familia, a la cual se agrega la bebe de Lip y su pareja, la hija del maleante Maguire y el regreso de la madre lesbiana que abandonó a su familia, quien es seguida por su amante, una mujer negra y robusta que termina integrándose a la familia.
Realmente vale la pena ver la serie por su contenido vivencial, con circunstancias plagadas del humor negro británico. Podemos ver facetas de una existencia tortuosa donde se entrelazan principios y valores con diversas consecuencias, que implican las relaciones interpersonales con toda su brutal materialidad. Infidelidades, engaños, tropiezos, formas distintas de ver y entender el mundo, son esenciales en lo que podemos ver en esta producción de Paul Abott, que de manera magistral plasma “un teatro de situaciones” (tomando el término de Constant y Rybalka) donde la vida cotidiana nos lleva a una reflexión sobre su significado.
En el Diario.es escribieron: “de mi diario íntimo las sensaciones que me provocó —en caliente— haber visto, casi sin dormir, los ocho episodios de la primera temporada completa de esta serie:
”Querido diario: acabo de ver la primera temporada completa de una serie británica y escribo esto en estado con los pelos de punta. Todavía me dura la sensación maravillosa de haber leído una novela larga. Es un drama, y de los más densos. Pero también es una comedia. Tiene todo el clima de las películas inglesas de clases proletarias (pienso en Mike Leigh) pero también se fusiona con lo más retorcido del humor de ‘Little Britain’. Todo eso, junto, a la vez, te revienta la cabeza. En la primera temporada de ‘Shameless’ no hay un segundo, ni uno solo, que esté de más. Todo entretiene y conmueve. Si no te estás riendo como un imbécil, es porque estás llorando como un idiota.
”La trama en veinte palabras, querido diario: un padre alcohólico, abandonado por su esposa, queda a cargo seis hijos en un suburbio de clase baja en Manchester. Ya está. La genialidad de la serie no tiene nada que ver con lo rocambolesco de la trama. La familia Gallagher es como la peor familia del barrio. En apariencia es una trama común. Se podría hacer con ella una serie cualunque, intrascendente. Pero está escrita por Paul Abbott, un señor que pasó por todo aquello (madre abandónica, padre alcohólico) y ahora viene y lo cuenta con genialidad.
”Todo es verdad en ‘Shameless’, no hay una sola escena, un solo párrafo que parezca salido de la industria del espectáculo. Todo es la putísima verdad. Genitales masculinos. Tetas flácidas. Sexo sucio —pero de mugre, no de sadomasoquismo—. Diálogos reales, entrecortados, molestos. Una ternura infinita, una lealtad familiar que no existe en las otras televisiones del mundo.
”No me es posible, querido diario, explicar la fuerza que irradian los ojos de Fiona (la hija mayor), ni el brutal monólogo de Frank (el padre) caminando borracho por la calle en el episodio segundo. No tiene sentido mencionar la relación entre Lip y su hermano gay. O la fascinación de Debbie por su padre borracho. “Shameless” es verdad, no puedo dejar de repetirlo. Es verdad y es, al mismo tiempo, arte en estado puro. El cine jamás podría llegar tan lejos (en ciento veinte minutos no se logra, es imposible, que te encariñes de una manera tan profunda con cada uno de esos hijos). Y es una serie optimista, aunque transcurra en medio de la mierda. Y es humana. Y es mágica. Tiene la fuerza de “Six Feet Under” (de hecho, un vecino de los Gallagher, con gran complicidad, se llama Kevin Alan Ball). “Shameless” se ubica, desde ayer, entre mis cinco series más queridas de este siglo que empieza. Ojalá, querido diario, haya un millón de temporadas más y Frank Gallagher nunca muera de cirrosis.”
En primer plano Frank Gallagher, compuesto por el espectacular actor David Threlfall, el único que estuvo presente en todos los capítulos de la serie e, incluso, llegó a dirigir varios de las últimas temporadas.”
¡Vamos a interrumpir aquí!









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