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The British actor and director Kenneth Branagh holding a skull in his hand in Hamlet. 1996 (Photo by Mondadori Portfolio via Getty Images)
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Shakespeare: las pasiones del alma

· abril 26, 2016

Ismael Ledesma Mateos

El Padre Ubú se ubica históricamente en la modernidad. Sin embargo, las pasiones que encarna no son modernas —tal vez porque jamás hemos sido modernos, como diría Bruno Latour— y se sorprendería al ver que hubiera podido ser retratado por Shakespeare.

Aunque decir “alma” es metafórico, pues como biólogo sé que esa entelequia no existe, ése fue parte del título de una de las grandes obras de René Descartes, que viene a mi mente al recordar el cuarto centenario del fallecimiento de William Shakespeare, el 23 de abril de 1616 (de acuerdo al calendario juliano), precisamente porque en su obra están plasmadas de manera magistral esas pasiones que atormentan al hombre y definen su existencia.

La obra de Shakespeare es tan extensa como impresionante, pero pienso en algunas de sus creaciones que llevan a la reflexión acerca de la naturaleza humana y las pasiones y emociones que involucran: en Hamlet nos encontramos con la venganza, la melancolía y la duda; en Macbeth con la traición y la ambición desmedida; en Otelo, con el tormento de los horribles celos, y en Romeo y Julieta con el amor y el odio en conjunción con la muerte.

El componente existencial y emotivo en la obra del literato inglés lo liga directamente a las problemáticas que el psicoanálisis aborda. Se dice que Sigmund Freud leyó con dedicación a Shakespeare desde los ocho años de edad, desde sus estudios primarios, pues en las escuelas de habla alemana había un gran culto al autor; además, posteriormente lo impactaría por la forma en que abordó las vivencias que cotidianamente enfrenta el ser, al grado que frecuentemente citaba alguna frase de sus obras, en el inglés original, aunque posteriormente pusiera en duda la autoría de sus obras, lo cual sigue siendo un tema polémico y controversial, al grado de que esa duda lo persiguió toda su vida.

Pero, más allá de la duda histórica de Freud, el aspecto crucial de la literatura shakesperiana es la enorme carga de subjetividad que nos devela, siendo capaz de presentar la vida humana como un espectáculo, lo que permite que la teatralización de su obra sea extraordinaria, dejándonos ver que la existencia es una tragedia y una comedia alternativamente, donde las cosas no son lo que parecen, siendo fundamental lo limítrofe entre el ser y la apariencia, el engaño como algo inexorable y la crisis que conlleva el despertar de la ilusión y la mentira.

Y aquí, en una “calle melancolía”, recuerdo al melancólico Hamlet, príncipe de Dinamarca. La obra trata de los acontecimientos posteriores al asesinato del rey Hamlet (padre del príncipe), a manos de su hermano Claudio. El fantasma del rey pide a su hijo que se vengue de su asesino. La obra discurre vívidamente alrededor de la locura (tanto real como fingida) y de la transformación del profundo dolor en desmesurada ira. Además de explorar temas como la traición, la venganza, el incesto y la corrupción moral. Si la melancolía, la venganza y la duda se hacen presentes con toda claridad en Hamlet, la vanidad narcisista es impactante en Enrique VI.

Cuando se abordan los sentimientos, es importante resaltar que la tristeza es uno de los más presentes en el príncipe Hamlet a lo largo de toda la obra, la cual va más allá al tener la forma de melancolía: es “una tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada”.

Uno de los pasajes ilustrativos de esto es la siguiente conversación entre Hamlet, Claudio, quien ahora es rey de Dinamarca y tío de Hamlet, quien para usurpar el trono asesinó a su hermano, vertiendo veneno en su oreja mientras dormía, y se casa con su cuñada, Gertrudis, madre de Hamlet.

“—¿Por qué esa tristeza? ¿Qué nubarrones ensombrecen tu rostro? —dice Claudio.

—No es eso, señor; es que paso demasiado tiempo expuesto al sol —dice Hamlet.

—Querido Hamlet —dice Gertrudis—, desecha ese melancólico humor. No sigas cabizbajo buscando a tu noble padre en el polvo. Ya sabes que es ley natural que todo lo que vive ha de morir, pasando de aquí… a la eternidad.

—Sí, madre; ésa es ley natural.

—Pues si es así, ¿por qué parece perturbarte tanto?

—¿Parece? Yo no sé lo que es “parecer”. Mi dolor, amada madre, no lo proclama esta capa negra que me cubre, ni la ropa de luto solemne, ni mis profundos e involuntarios suspiros; no, ni siquiera el raudal de lágrimas que a veces mana de mis ojos. Esas cosas son… el ropaje de la pena. Lo que yo siento aquí dentro… eso… eso no hay modo de expresarlo.”

O bien, el más conocido fragmento de la pieza teatral, donde Hamlet dice:

“Ser o no ser. Ésa es la cuestión. ¿Qué es más noble? ¿Permanecer impasible ante los avatares de una fortuna adversa o afrontar los peligros de un turbulento mar y, desafiándolos, terminar con todo de una vez? Morir es… dormir… Nada más. Y durmiendo se acaban la ansiedad y la angustia y los miles de padecimientos de que son herederos nuestros míseros cuerpos. Es una deseable consumación: Morir… dormir… dormir… tal vez soñar. Ah, ahí está la dificultad. Es el miedo a los sueños que podamos tener al abandonar este breve hospedaje lo que nos hace titubear, pues a través de ellos podrían prolongarse indefinidamente las desdichas de esta vida. Si pudiésemos estar absolutamente seguros de que un certero golpe de daga terminaría con todo, ¿quién soportaría los azotes y desdenes del mundo, la injusticia de los opresores, los desprecios del arrogante, el dolor del amor no correspondido, la desidia de la justicia, la insolencia de los ministros, y los palos inmerecidamente recibidos? ¿Quién arrastraría, gimiendo y sudando, las cargas de esta vida, si no fuese por el temor de que haya algo después de la muerte, ese país inexplorado del que nadie ha logrado regresar? Es lo que inmoviliza la voluntad y nos hace concluir que mejor es el mal que padecemos que el mal que está por venir. La duda nos convierte en cobardes y nos desvía de nuestro racional curso de acción. Pero… interrumpamos nuestras filosofías, pues veo allí a la bella Ofelia. Ninfa de las aguas, perdona mis pecados y ruega por mí en tus plegarias.”

La relación entre la literatura y las pasiones del hombre es sin duda algo que define su esencia, y cuando pienso en Shakespeare —de quien he leído poco— recuerdo a “La comedia humana” de Balzac, a quienes algunos han acusado de plagiario, aunque no comparto esa idea, pues la naturaleza humana es imperecedera y, como pudo genialmente capturarla Shakespeare, lo pudo hacer Balzac.

Escribir sobre Shakespeare es una tarea inagotable, que excede por mucho mi intención. Sólo quise expresar mis ideas, particularmente reflexionando sobre la lectura de Hamlet, hecha en mi juventud, como invitación a pensar en la existencia humana y las pasiones, emociones y sentimientos que la acompañan. Tal como Alfred Jarry en Ubú Rey no llevó a poner atención en las más bajas pasiones, la ambición y el poder que nos llevan a pensar su personaje.

Y Ubú Rey diría: “Creo que hay un parecido entre mi historia y la de Hamlet, pues involucra a un Rey que para ser derrocado fue asesinado, y el resultado final que es la consecución de una venganza y la tragedia.”

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