Ismael Ledesma Mateos
Recuerdo el día que leí el libro La autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún. Tenía una terrible hemorragia debida a la extracción de una muela, pero mientras llenaba fascinantemente la imagen de un dirigente comunista que en la clandestinidad permaneció en España, arriesgando su vida en plena dictadura franquista. Como intelectual, guionista cinematográfico, escritor, nadie sospechaba que Federico Sánchez era el buscado y perseguido Jorge Semprún, el dirigente del Partido Comunista Español, ahí en la península, mientras los otros dirigentes, como Santiago Carrillo o la “Pasionaria” vivían en la comodidad en Europa Oriental.
Arriesgar el pellejo no es cosa fácil, y Federico lo hizo junto con su amigo y camarada Fernando Claudín. Ellos supieron mantenerse en la clandestinidad, aparecer en público como intelectuales y realizar al mismo tiempo una actividad que fue determinante para la transición a la democracia en España. Yo había leído Eurocomunismo y Estado, de Santiago Carrillo, pero luego la lectura de Eurocomunismo y socialismo, de Claudín, marcó mi futuro político. Sin duda, la lectura de Sempún fue algo trascendental, sobre todo en el contexto en que se daba una grave crisis en el Partido Comunista Mexicano, del cual fuimos expulsados (como eufemismo “suspendidos”) 77 camaradas por haber firmado un desplegado aparecido en el diario nacional Unomásuno, donde apoyamos la candidatura para rector de la Universidad Autónoma de Puebla de Alfonso Vélez Pliego.
El Padre Ubú hubiera apoyado nuestra expulsión por oponernos a su autoritarismo despótico de los estalinistas del PCM. Para mí fue un gran orgullo haber sido militante de ese partido y haber sido expulsado por una convicción política, cosas que a Ubú le parecerían extrañas, pues es un ser sin principios ni valores. Impedir que el PCM impusiera un rector con base en el principio estalinista del “centralismo democrático” (la supeditación de la minoría a la mayoría y de los órganos inferiores a los superiores) era realmente inaceptable. Y bueno, pues fuimos expulsados o, eufemísticamente, “suspendidos”.
En ese contexto, a los 21 años de edad, ese acontecimiento fue convulsionante. Yo arriesgué el pellejo distribuyendo Oposición, el periódico clandestino del PCM, al lado de Leticia Gamboa, mi jefa y amiga, pistola Walter PPK 32 en mano en plena época de la “guerra sucia”, y ¡luego de todo eso nos expulsan! Así, fue vitalizante la lectura de Semprún, cuando en un Castillo de Baviera, en Checoeslovaquia, fue expulsado junto con Fernando Claudín. El argumento de Dolores Ibarruri (la “Pasionaria” fue echar del partido a esos hombres que se rajaron la madre arriesgando sus vida en plena dictadura franquista, ¡feroz y asesina!
Fueron expulsados por ser “unos intelectuales con cabeza de chorlito”, como Semprún repite al final del libro, seguramente como resonaba en su cabeza: “esos intelectuales con cabeza de chorlito”.
¡Vamos a interrumpir aquí!
Desde Madrid:









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