Ismael Ledesma Mateos
De niño y adolescente estuve muy cerca de la iglesia de San Agustín. Mi abuela, Mamá Anita, que no era ninguna “mocha” —y que fue callista y enemiga de los cristeros—, asistía a misa a esa iglesia y la acompañaba siempre. Nunca pensé que años después al estudiar filosofía descubriera la riqueza del pensamiento de San Agustín, para mí el más importante filósofo de la Edad Media, por encima de Tomás de Aquino.
Alejado inicialmente del catolicismo, nacido en Tagaste, en el territorio actual de Argelia, se convirtió a esa religión y llegó a ser obispo de Hipona, por lo que se le denomina usualmente “San Agustín de Hipona”. Luego de un complejo proceso que implicó su grave alcoholismo y el papel redentor de su madre, Santa Mónica, en su obra Las Confesiones da cuenta de su biografía y de la manera como arriba al camino de la fe.
Pero su obra maestra, en términos filosóficos y políticos, es La Ciudad de Dios. Su título original en latín es De civitate Dei contra paganos, es decir: La Ciudad de Dios contra los pagananos. Es una obra escrita durante su vejez en 22 libros, que le llevó quince años, entre el 412 y el 426 d.C.
Se trata de una apología del cristianismo en la que se confronta la Ciudad Celestial con la Ciudad Pagana. Las numerosas digresiones permiten al autor tratar temas de muy diversa índole, como la naturaleza de Dios, el martirio y el origen y la sustancialidad del bien y del mal, el pecado y la culpa, la muerte, el derecho y la ley, la contingencia y la necesidad, el tiempo y el espacio, la Providencia, el destino y la historia, entre otros muchos temas.
La Ciudad de Dios representa al cristianismo, pero encarnado en el poder, en contraposición con la Ciudad Pagana. En su prólogo expone esa dicotomía: “Tagaste gloriosísima ciudad de Dios, que en el presente correr de los tiempos se encuentra peregrina entre los impíos viviendo de la fe, y espera ya ahora con paciencia la patria definitiva y eterna hasta que haya un juicio con auténtica justicia, conseguirá entonces con creces la victoria final y una paz completa. Pues bien, mi querido hijo Marcelino, en la presente obra, emprendida a instancias tuyas, y que te debo por promesa personal mía, me he propuesto defender esta ciudad en contra de aquellos que anteponen los propios dioses a su fundador… Las dos ciudades, en efecto, se encuentran mezcladas y confundidas en esta vida terrestre, hasta que las separe el juicio final. Exponer su nacimiento, su progreso y su final, es lo que voy a intentar hacer, con la ayuda del cielo y para gloria de la Ciudad de Dios, que hará vivo el resplandor de este contraste.”
La manera magistral en que conjuga el cristianismo con una visión política marca un hito en la historia del pensamiento: la Ciudad de Dios implica ciertamente una idea religiosa, pero al hablar de “la ciudad”, se refiere a la “polis”, lo cual implica la política. De tal forma, aunque en la Grecia clásica Platón y Aristóteles hablaron de la política (el hombre es un zoon politikón o animal político, según Aristóteles), con San Agustín nos encontramos con una visión sistemática que implicaría un inicio de la teoría política. La invasión de Roma por los visigodos fue un evento determinante en la formulación de la visión política agustiniana, y aunque algunos piensan que la posición de San Agustín es más espiritual que política, yo pienso que no es así y que es una magistral conjunción de ambas.
A pesar de lo espiritual, Agustín de Tagaste o de Hipona, tiene en su filosofía un marcado componente materialista; una de sus ideas fundamentales es que “rezar no sirve de nada, pues Dios no va a fijar su atención en un mortal común y corriente” (diría yo: en un humano de mierda). El orden del mundo fue creado por Dios, pero sobre la base de principios que serían inalterables, incluso por la divinidad misma; así, la creación se dio por medio de “las razones seminales”, que son los gérmenes de todas las cosas, que se desarrollarán en diferentes momentos. De acuerdo con ello, Dios no creó las cosas como dice el Génesis, sino que las creó en un momento original en las “razones seminales”, las cuales fueron desarrollándose en diferentes momentos.
La película del actor cómico Jim Carrey, Todopoderoso, da muy bien cuenta de la filosofía agustiniana: cuando Dios decide hacerlo Dios y trata de manipular la realidad a su antojo, llegando al extremo de acercarle la luna a su novia para conseguir que regresara con él, y al hacerlo genera desastres climáticos, tsunamis y otras catástrofes, pues aunque sea Dios, no puede modificar el orden del mundo. Ésa es la base del pensamiento de San Agustín, para el cual el rezo es un absurdo.
Derivado de la influencia de Platón, existe una predestinación que es inexorable haga uno lo que haga y por ello los hombres que habiten la Ciudad de Dios deberán derrotar a los paganos. Esos hombres serían los políticos de verdad y no los farsantes, ancestros del Padre Ubú, quien vería con desagrado la claridad retórica y la contundencia de San Agustín, quien buscaba derrotar a esos seres que dañan a la política —como muchos que abundan en México— y que son verdaderamente los descendientes de Ubú Rey.
Con San Agustín tenemos la manifestación más plena de la conjunción de una visión teológica, filosófica y política, que desgraciadamente se perdió con el predominio de la corriente aristotélico-tomista, implantada por Tomás de Aquino, la cual perdura hasta nuestros días. Con el pensamiento agustiniano, tenemos un momento crucial de conjunción del pensamiento antiguo con una nueva orientación que surge en la Edad Media, asociada con la emergencia de la religión cristiana. En la serie que hemos publicado acerca de política, empecé con Maquiavelo, pero he reconocido que una omisión importante fue San Agustín, que con su obra La Ciudad de Dios marca el inicio real de la teoría política.









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