Ismael Ledesma Mateos
En el siglo XIX Claude Bernard en Francia explicó la regulación y equilibrio del medio interno y de las funciones corporales, a lo que en 1932 Walter B. Cannon puso el nombre de “homeostasis”. Con él se formó en Harvard Arturo Rosenblueth Stearns (1900-1970), fisiólogo mexicano cuyo mayor reconocimiento se debió a haber sido el director fundador del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav). Su biografía da cuenta de una trayectoria apasionante, que pasó de la fisiología del sistema nervioso y muscular (que conjuntó con la cibernética) a la gestión política al tomar en sus manos el control (un término muy fisiológico) de una nueva institución dedicada a la investigación y la formación de recursos humanos, la cual se constituyó en uno de los proyectos más importantes de la nación en la década de 1960.
El mundo de la “pseudoconcreción” (Kosik), donde predomina la apariencia y el engaño, pensar en grandes científicos, sus biografías y aportaciones científicas o las instituciones a cuyo origen contribuyeron, es algo intrascendente, y a un gobernante como el Rey Ubú le parecería una pérdida horrible de tiempo. Son cosas que no inciden en las mentes elementales, centradas en la inmediatez, que por supuesto no entienden, ni les interesaría entender, qué es la esencia íntima de la ciencia y, por supuesto, de la política. Pero en el México posrevolucionario existieron hombres con grandes inquietudes y anhelos académicos y en los años sesenta hubo al respecto un “punto de cristalización”.
Luego de la restauración de la República en 1867, vendrá una etapa de crecimiento de la nación, donde la educación y la ciencia adquirieron especial relevancia. Durante el régimen de Porfirio Díaz surgieron varias de las más importantes instituciones orientadas al conocimiento y al saber, lo que tuvo un punto culminante con la creación de la Escuela Nacional de Altos Estudios y la fundación de la Universidad Nacional de México en 1910. Sin embargo, con la revolución mexicana el país tuvo un cambio de rumbo, sometido a un periodo de crisis, que se comenzó a remontar a partir de 1915 con la llegada al poder de Venustiano Carranza, quien retomó la idea de fomentar la creación de instituciones, tal como la Dirección de Estudios Biológicos de la Secretaría de Fomento, a cargo del gran científico Alfonso L. Herrera.
Posteriormente, en las décadas de los años veinte a los cincuenta ocurrieron importantes acontecimientos para el futuro de la educación y de la ciencia nacionales. Con la obtención de la autonomía por la Universidad Nacional, que se convirtió en 1929 en la UNAM, así como el surgimiento de los institutos de Biología y de Estudios Médicos y Biológicos, de la Facultad de Ciencias, la modernización de la Facultad de Medicina, así como la fundación de Instituto Politécnico Nacional en 1937 y la creación de nuevas instituciones en el área de la salud, entre las que destacan el Hospital Infantil de México en 1943, el Instituto Nacional de Cardiología (en ese mismo año) y el Hospital de Enfermedades de la Nutrición en 1944, se puede ver el ascenso de una preocupación por ampliar y apoyar la investigación científica en diversos campos del saber, tarea que se pensaba una alternativa indispensable e improrrogable para el desarrollo del país. En esa etapa de institucionalización plena de la ciencia, destaca indudablemente una de las principales disciplinas biológicas: la fisiología.
Arturo Rosenblueth se graduó como doctor en medicina en París y a su regreso se incorporó a la Escuela Nacional de Medicina de la Universidad Nacional de México en 1927, como ayudante de fisiología y meses después sería profesor de la materia en sustitución de José Joaquín Izquierdo, otro gran científico, de origen poblano, quien marchó a Harvard para estudiar con Cannon. Rosenblueth también lo hizo, como algo derivado de sus estudios en Francia. Además, fue neurólogo en el manicomio de la Castañeda en 1927 y 1928. Como puede apreciarse, era necesario para un joven académico contar con varios trabajos para poder subsistir, sin embargo en 1930 aplicó por la prestigiada beca de la Fundación Guggenheim, la cual obtuvo, para poder partir a Harvard a continuar su formación como fisiólogo, también con Cannon. El 24 de marzo de ese año apareció en el periódico Excélsior una larga nota que anuncia el otorgamiento de las primeras becas de ese tipo otorgadas para Latinoamérica, siendo dos mexicanos los favorecidos, Alfonso Nápoles Gándara para matemáticas y Rosenblueth para fisiología.
En Harvard, Rosenblueth trabajó con Cannon sobre la sensibilización de músculos vasculares, gástricos y uterinos a la “simpatina” (adrenalina y noradrenalina secretadas por terminaciones nerviosas) por cocaína y posteriormente investigó acerca de la transmisión química en las uniones entre las neuronas (sinapsis). Durante su estancia trabajó con Efrén del Pozo, H. G. Schwartz y Norbert Wiener; con los dos últimos escribió el clásico artículo “Behavior, Purpose and Teleology” (1943) que, en palabras del mismo Wiener, sentó las bases para la nueva disciplina: la cibernética. Años después, entre 1947 y 1952 continuó trabajando con Wiener con el apoyo de la Fundación Rockefeller, en temas ligados con esa nueva disciplina.
En diciembre de 1943 Rosenblueth vuelve a México y es invitado por Ignacio Chávez, director del Instituto Nacional de Cardiología, para establecer un laboratorio de fisiología, del cual se haría cargo y que contó con financiamiento de la Fundación Rockefeller. A ese laboratorio acudió con frecuencia Wiener, se incorporó Del Pozo y otros importantes investigadores que convirtieron Cardiología en un polo para el avance de la fisiología en México. Así llegamos a los años sesenta, cuando se tenía una enorme expectativa de avance de la nación en pleno “desarrollo estabilizador”. Eugenio Méndez Docurro, director del IPN, junto con su maestro Manuel Cerrillo Valdivia, que se encontraba en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), acordaron la creación de una institución dedicada a la investigación y el posgrado y convenció al presidente Adolfo López Mateos de apoyar el proyecto (véase UBÚ, 3 de septiembre de 2015), pero Cerrillo declinó ser su director. Ante ello, Méndez Docurro se dio a la tarea de buscar al científico idóneo para dirigir el nuevo centro.
El seleccionado fue Arturo Rosenblueth, quien aceptó, dejando el Departamento de Fisiología y Farmacología que fundó en el Instituto Nacional de Cardiología, para pasar a poner en marcha la fundación de una nueva institución de investigación y posgrado: el CIEA del IPN, hoy Cinvestav (que en realidad nunca ha sido parte de la estructura orgánica del instituto). La designación del fisiólogo no fue fácil pues el secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, tenía otros candidatos, aunque finalmente Rosenblueth tomó la responsabilidad.
El 28 de octubre de 1960 se publicó un primer decreto de creación del Cinvestav, pero el 17 de abril de 1961 se publicó un nuevo decreto presidencial, que modificó el anterior y que definió la estructura de la nueva institución. Por ello se considera esa fecha como la de su creación oficial. Según Ruth Guzik Glantz, autora de una extensa biografía de Rosenblueth, publicada recientemente, para él “el proyecto debía girar en torno a la investigación y no a la enseñanza, más que una escuela para graduados debería tratarse de un centro de investigaciones. La nueva institución debía salirse del esquema de la enseñanza desarrollada al interior de las aulas o de la experimentación planificada en la que todos los estudiantes obtuvieran el resultado ya conocido por el profesor. Se trataba de invertir estos componentes y de sobreponer el de la investigación, que implica un acercamiento único e individual al conocimiento por uno o varios investigadores, al del impartido en las aulas por el profesor sobre la base de un esquema predefinido para todos los estudiantes”.
Por todo ello, una de las razones de Méndez Docurro para no integrar el CIEA al IPN, aunque llevara el nombre, fue mantener ese modelo, sostenido por Rosenblueth, que implicaba el pago de mayores salarios a su personal, garantizar una planta de tiempo completo, con exclusividad —cosa que en esos años no era tan común—, el que fuera un organismo público descentralizado, con evaluación permanente y exento de trabas burocráticas, como las existentes en otras instituciones. Resultado de una decisión política de Eugenio Méndez Docurro con Adolfo López Mateos y del empeño académico de varios actores, Rosenblueth fue capaz de encabezar y coordinar, con verdadero liderazgo académico, una visión genial de la ciencia. Su último libro, Mente y cerebro, el más conocido en ámbitos que van más allá de la biología, da cuenta de ello.
Aquí brevemente he expuesto facetas de la vida personal, científica e institucional de un personaje excepcional, de aquellos que no pisaron nunca las tierras dominadas por el Padre Ubú, que jamás hubiera pensado en utilizar las phinanzas para el desarrollo de la ciencia, del saber y de la cultura. Pero esos reinos son efímeros y tarde o temprano desaparecen, para que lleguen otros tiempos, con gobiernos sensibles para la ciencia, como ocurrió en México durante el desarrollo estabilizador, que con los mejores hombres crearon instituciones que perduran hasta nuestros días, como el Cinvestav.
¡Para mí es suficiente!









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