Ismael Ledesma Mateos
En mis clases de Historia de la Biología, desde hace muchos años (inicié en 1987 en la UAP y en la UNAM, y cotinúo hasta la fecha), cuando abordo el tema de la Teoría Celular, debo hablar de la influencia del Romanticismo en su construcción. Con una actitud sarcástica e irónica que me encanta pido a mis estudiantes que mencionen a un músico “romántico” y no faltan aquellos que tontamente dicen: José José –¡qué asco!-, Manzanero o llegan al extremo de decir Espinoza Paz, lo cual es una revelación de la ignorancia encarnada en la cultura popular. Sólo en una sesión de clase, cuando hice mi perversa pregunta que me servía para divertirme antes de explicar, un estudiante me dijo con una seguridad contundente: “Wagner”. Me dejó desarmado y tuve que reírme de mí mismo ante los alumnos: “jaque mate, dirían en ajedrez”.
En efecto, el Romanticismo es, como dicen las definiciones de diccionario, un movimiento cultural y artístico que se desarrolló en Europa y América durante el siglo XIX, cuyos caracteres generales se consideran: el subjetivismo, la exaltación de la personalidad individual, y la oposición a las normas clásicas. Durante este periodo, Europa sufrió importantes cambios políticos y científicos.
La imagen que tengo detrás del escritorio en el que ahora escribo es “La libertad guiando al pueblo”, de Eugène Delacroix, un representante del romanticismo en la pintura; y algo que adoro escuchar en música es la “Cabalgata de las Valkirias”, de Richard Wagner, para luego combinar con “The Celebration of the Lizard”, de Jim Morrison, y “Wheels of confusión”, de Black Sabbath. Ése es el sentido real de lo romántico, no la cursilería como cree la mayoría de la gente. Se trata de una visión violenta, que exalta las fuerzas de la naturaleza y del valor de la acción humana, la cual se considera capaz de controlar el mundo. En ese sentido yo sí soy romántico.
En la Europa del siglo XIX, el Romanticismo tuvo un impacto crucial, sobre todo en Alemania, e implicaba valores morales distintos del individualismo, fundamentalmente el respeto y la conciencia de la colectividad. La Ilustración alemana dio cabida a esta concepción conocida como Aufklärung, donde es muy importante pensar en el bien común. No es trivial que Marx y Engels, siendo alemanes, se inspiraran en la filosofía presocrática griega para desarrollar la concepción materialista de la historia, la cual, en esencia, incluye un claro componente romántico que se expresa en frases como “el destino histórico de la clase obrera”, pero así pensaban: había un orden del mundo y ellos lo habían desentrañado.
El pensamiento romántico fue crucial para el surgimiento de uno de los paradigmas fundacionales de la biología: la Teoría Celular, la que nos explica que todos los seres vivos estamos hechos por células y productos celulares, lo cual implica el entendimiento del significado de la “unidad de lo viviente”. Pero eso no fue producto de técnicas de observación en el microscopio ni de experimentos, fue algo que se derivo de la reflexión conceptual. Contra lo que piensan los creyentes de la filosofía positivista, la observación es algo secundario en contraposición a la reflexión. No se trata de abordar procesos mecánicos, sino entender fenómenos complejos. Y eso es la vida.
La concepción romántica es crucial en el surgimiento de la Teoría Celular, pues plantea la idea de la unidad en el seno de un conjunto. Como en una organización política revolucionaria, los hombres deben sacrificar sus intereses individuales en aras del interés colectivo, ésa es la esencia del “comunismo” en contraposición al “individualismo burgués”. Es así que en un organismo pluricelular las células no están ya en función de ellas mismas, sino al servicio de la comunidad, que es el cuerpo en su conjunto. En la Universidad de Jena, en Alemania en 1838, Schleiden y Schwann postulan un planteamiento muy alejado a la microscopía y la observación. Se encontraron en una reunión y seguramente estaban medio borrachos, y se les ocurrió la idea genial de la Teoría Celular. Schwann invitó a Schleiden a su laboratorio, que estaba cerca del lugar de la cena, y al ver los resultados del trabajo de su colega llegaron a la misma conclusión.
Pero aquí entra la importancia de la visión del romanticismo. Schleiden, que era abogado, se intentó suicidar, pero era muy torpe y le falló el tiro. Por eso se dedicó a la botánica, más bien a la fisiología vegetal, y de ahí salió su idea de la teoría celular. ¿Qué implica esto? Aquí es donde interviene la concepción romántica: los intereses individuales se tienen que subordinar a los de una comunidad, y así funcionan nuestros cuerpos. Cada célula tiene que estar en función de las otras, y cuando esto no pasa ocurren cosas horribles, como el cáncer, porque algunas células quedan fuera de control y todas las demás van a morir. Es decir, la vida depende de la colectividad. Por eso el romanticismo implica la armonía para controlar a las fuerzas de la naturaleza.
En la construcción de la biología mexicana esta visión debe ser considerada y debe ser estudiada con seriedad. El positivismo en México causó un enorme impacto, pero no significa que todos los científicos mexicanos fueran afines a esa posición. Es el caso concreto del personaje que he estudiado buena parte de mi vida, Alfonso L. Herrera. Como lo publiqué hace tiempo, él no fue positivista y lo que encuentro presente en su trabajo es un pensamiento romántico –de ninguna manera ligado a lo cursi, por supuesto-, sino derivado la filosofía presocrática y del Romanticismo alemán. Creo que es un tema sobre el que habrá mucho que discutir y reflexionar.
Para su fortuna, el Padre Ubú no tuvo tiempo de enfrascarse en estas disertaciones escabrosas. Era un pragmático que ejerció su poder de forma omnímoda y que, por fortuna para su reino, llegó a su fin como deben terminar todos los gobiernos autoritarios e ilegítimos.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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