Ismael Ledesma Mateos
Roma, la película de Alfonso Cuarón, es sin lugar a duda una obra controversial. Hay quienes consideran lento su ritmo, aburrida al grado que no llegaron a ver el final, que precisamente es lo que le da sentido, en un movimiento circular que concatena todo. En lo personal, el inicio no me gustó, pero desde la parte media y sobre todo el final me parecen de realización interesante. En primer término, debemos pensar en los símbolos ocultos que subyacen en su trama, donde lo existencial tiene como marco de referencia lo social y juntos constituyen una unidad indisoluble.
El expresidente de los Estados Unidos Barack Obama hace unos días dio a conocer que sus dos películas favoritas en 2018 fueron Roma y Black Panther (de Ryan Coogler). Se trata tan sólo de un referente anecdótico que da idea del impacto de una película mexicana, acerca del México de los años setenta, escrita y dirigida por un mexicano que ha tenido una carrera brillante y exitosa en el extranjero. Se trata de un filme de corte semiautobiográfico que refleja impactos vivenciales que marcaron la vida de un niño que habitaba en una colonia emblemática de la Ciudad de México que lleva el nombre de la capital del imperio más grande de la cultura occidental en el mundo antiguo.
La escena de inicio se presenta como algo enigmático, aparentemente sin sentido, donde se ve correr agua en el patio de una casa, en forma repetitiva, como algo obsesionante: el agua para limpiar, que simboliza un ritual que sirve para ordenar la existencia de lo que nos percataremos al final de la cinta, al igual que la imagen de un avión sobrevolando el cielo de la ciudad reflejado en el charco de agua, escena que se repite al término. Quienes no la valoran adecuadamente, llegan a decir cosas tales como: “Qué caso tiene ver la película acerca de la vida de una sirvienta” (Cleo / Cleodegaria Gutiérrez), sin reparar todo lo que ella encierra y que da la idea de un país en una época determinada en un contexto de clase.
Un elemento que debe resaltarse es la presencia de elementos equivalentes en entornos sociales distintos: por un lado el médico del IMSS que emprende un viaje a Canadá para asistir a un congreso y que supuestamente permanece ahí para “realizar una investigación”, cuando en realidad lo que busca es dejar a su mujer para quedarse con otra aquí en México, y por otra un lumpen (Fermín, novio de Cleo) que en un día libre la seduce para llevarla a un hotel en vez de ir al cine junto con Adela (otra sirvienta) y su novio Ramón. En el cuarto Fermín, desnudo, hace a Cleo una demostración de su habilidad en las artes marciales usando la barra de la cortina de la ducha como un palo. En otra cita, ambas parejas se reúnen en un cine, donde Cleo le cuenta que tiene retraso en su regla y Fermín le dice que irá al baño y que volverá, dejando su chamarra; pero ya no regresa. Cleo sale a la calle, y no vuelve a verlo y él no le toma las llamadas. Cleo platica con su patrona Sofía, quien la lleva al hospital con una médica amiga de su marido, quien corrobora el embarazo.
Aquí se deja ver el arraigo del machismo y el desprecio a la mujer en la cultura mexicana, independientemente de la extracción social, mostrándolas como seres desechables, lo que se refuerza en la escena en la que cuando Cleo lleva a uno de los hijos de la familia al cine, donde se exhibe la película Abandonados en el espacio (1969) —que curiosamente debió de ser inspiración para que Cuarón realizara su filme Gravity (2013)—, que además en el orden simbólico nos lleva a pensar en la palabra “abandono”.
Como escribió Naief Yehya: “El México de 1971 era un país brutal, misógino y autoritario. Las cosas han cambiado pero en el fondo sigue siendo el país donde se comete un número de feminicidios asombroso y son asesinados más periodistas que en muchas zonas en guerra. México, país de fosas clandestinas, está desgarrado por una guerra contra esa ambigüedad que es el narco y a pesar de notables progresos en el ámbito de la democracia sigue teniendo en esencia una mentalidad colonial” (La Razón, 25/11/2018).
Bajo el influjo de la era espacial, una de las tomas en las que vale la pena reparar es la del niño burgués que camina con un traje de astronauta, en la hacienda donde Sofía, sus hijos y Cleo son invitados a un festejo de fin de año y donde en una atmósfera oblicua y recalentada vemos las cabezas de las presas de caza, en una escena de pesadilla, digna de Fellini, en tanto que en una escena posterior vemos a un niño proletario caminando con una caja de cartón en la cabeza, a manera de escafandra de astronauta, entre las tierras llenas de lodo de Ciudad Nezahualcóyotl —que comenzaba a crearse por esos años—, enmarcada con propaganda electoral de Luis Echeverría Álvarez y de Carlos Hank González, que da un importante componente político a la realización y la sitúa en el momento histórico que vive el país. Es precisamente a ese sitio donde Cleo acude a buscar a Fermín para decirle que está embrazada, al momento en que concluye su entrenamiento paramilitar que evidentemente consiste en la formación del grupo de los “Halcones”.
Más adelante se ve la acción represiva del 10 de junio de 1971, conocida como la “matanza del jueves de corpus”, donde Fermín entra a una mueblería con un grupo que asesina a tiros a un joven ante la abuela de los niños de la casa y de Cleo, cuya fuente se rompe en ese instante, siendo traslada al hospital donde finalmente su hijo nace muerto, una imagen más de lo que puede pensarse como un destino miserable, que en realidad no depende de una fuerza sobrenatural sino de una situación desgraciada determinada por las condiciones de clase. Con la intención de ayudar a la recuperación de Cleo, Sofía la invita a salir de vacaciones a Tuxpan junto con sus hijos, dos de los cuales, que están a punto de morir ahogados, arrastrados por unas imponentes olas, que dan cuenta del poder de la naturaleza ante la miseria humana, son rescatados por Cleo, quien arriesga su vida para salvarlos, dado que no sabe nadar.
Ya de regreso a la Roma, a la casa semivacía, pues el marido se llevó todos los libreros y otros muebles, en una sala la familia se encuentra reunida junto con Cleo, a la que la niña le pide un licuado de plátano, lo que significa que, a pesar de haberla salvado de morir, sigue siendo la sirvienta, mostrando esa faceta no violenta y soterrada de la lucha de clases. Para concluir, la cochera siempre llena de mierda de perro tendrá que ser nuevamente lavada con una abundante cantidad de agua y de nuevo se verá la imagen del avión reflejada en un charco, con lo que se cierra el ciclo que constituye la película a la manera de un eterno retorno.
Mucho se ha comentado y escrito al respecto, y hay quienes consideran que la película es muy mala, y para otros una verdadera obra de arte, pero como sostuvo Walter Benjamin en 1934: “Toda buena obra de arte está compuesta de dos elementos esenciales e inseparables: por un lado la técnica, es decir, como un escritor estructura los tiempos narrativos, como un cineasta diseña los encuadres o como un pintor logra trabajar la perspectiva. Y por el otro, la buena intención política”. Yo creo que a nivel de la técnica Roma cumple con el primero de los elementos, pues su fotografía es impecable, pudiendo congelar sus imágenes a manera de fotografía impresa; sin embargo, la “buena intención política” no es del todo clara, quedando en un retrato del ambiente político y la represión que se dio en esa década como una imagen carente de discurso, donde el compromiso no es visible.
Cuarón se centra en una descripción que se queda en el nivel estético, donde Cleo, la indígena mixteca, queda “despalabrada”, no habla de su condición, ni de su posterior desgracia existencial. Así, no cumpliría con el segundo elemento señalado por el filósofo alemán, quien criticaba las creaciones de “artistas pequeñoburgueses de izquierda”, a quienes consideraba un peligro. Cleo no es una reivindicación de la pobreza de las indígenas condenadas al trabajo doméstico sino un retrato vivencial de una clase media profesional alta, y de su convivencia con un personaje, y su compañera, la otra sirvienta, que parecen de utilería, tan sólo para dar cuenta de una aburrida infancia que se da bajo la férula de un esquema clasista anquilosado. No obstante, para quienes no conocieron, no conocen o no quieren conocer ese mundo desigual e injusto, se trata de una película novedosa y trascendente.
En el Reino de Ubú no se daban expresiones artísticas y mucho menos cinematográficas. Roma pertenecería a un mundo y a una época distinta a la suya, con un tipo de servidumbre diferente a la que él y la Madre Ubú tendrían en su palacio. Por ello, si viajaran en el tiempo y conocieran esta realización, no le prestarían la menor atención.
¡Vamos a interrumpir aquí!








