Ismael Ledesma Mateos
En una madrugada de insomnio me encontraba revisando la Física de Aristóteles editada por Gredos y de pronto recordé al ingeniero Luis Rivera Terrazas, quien siendo rector de la Universidad Autónoma de Puebla fue mi maestro de historia de la ciencia (en realidad era historia de la física) en la Escuela de Filosofía y Letras. No sé si fue una expresión de mi inconsciente, pero busqué en internet la fecha de su muerte y fue el 20 de marzo de 1989. “¡Malditos idus de marzo!”, me dije (aunque la fecha de los idus es 15, cuando asesinaron a Julio César), y vino a mi mente el recuerdo de ese día 20, cuando llegaba yo a mi oficina del Carolino (la Dirección de la Escuela de Biología). Era muy temprano y en una banca frente a la puerta del majestuoso edificio cuatricentenario, me esperaba Angélica, mi esposa y alumna, quien me dio la noticia de la muerte del ingeniero, cuyo cadáver estaba ya en el Paraninfo de la institución.
Pude conocerlo desde que era estudiante de la Preparatoria Diurna Benito Juárez y luego consejero universitario alumno, y cuando estudie en filosofía me impactó su forma de enseñar. Cuando era rector, muy temprano en la mañana daba clase de mecánica clásica en la Escuela de Ciencias Físico-Matemáticas (que él fundó y dirigió) y por la tarde historia de la ciencia en Filosofía y Letras, donde utilizaba un libro extraordinario, que hasta la fecha no he podido conseguir: Evolución histórica de los conceptos de la física, de Arnold Arons, mi inspiración para la enseñanza de la historia de la ciencia. Con él aprendí que la manera correcta de iniciarse en el estudio de una ciencia es por el camino del estudio de su historia. Y precisamente mi trabajo para acreditar la materia fue sobre la Physica de Aristóteles y las diferentes etapas que caracterizan su pensamiento filosófico, en las que podemos detectar rupturas que muestran la evolución de su pensamiento. Así como Louis Althusser hablaba del Marx de la juventud y el Marx de la madurez, podemos hablar del Aristóteles de la juventud y el Aristóteles de la madurez.
Al Padre Ubú no le importaría en absoluto la física, ni la filosofía de Aristóteles, cosas ajenas a su mentalidad, como tampoco hubiera pensado en promover la fundación de escuelas para la enseñanza de las ciencias. Los autócratas autoritarios ven a las ciencias como un peligro, tal como ocurrió en la Universidad Autónoma de Puebla cuando la derecha se oponía a la creación de la Escuela de Ciencias Físico-Matemáticas en 1950, época en que Rivera Terrazas fue invitado por el rector Horacio Labastida Muñoz para fundar junto con el ingeniero Joaquín Ancona Albertos la primera escuela de física en el interior de la república, fungiendo como su primer director hasta 1954.
Luego de haber sido excluido de la institución en 1955, a causa su orientación política, en 1961 regresa a la universidad con la intención de fortalecer y modernizar la planta académica de la Escuela de Física y para 1962 consigue conformar un grupo de profesores e investigadores, entre ellos los famosos doctores Virgilio Beltrán, Eugenio Ley Koo, Eliazer Braun y Leopoldo García Colín, quien fuera distinguido con el Premio Nacional de Ciencias en 1964 (trabajando en la UAP) y que fue violentamente agredido cuando fue destruida la escuela ubicada en el tercer patio del Carolino, y que llevó, cuando publicó su libro de termodinámica, a escribir: “el origen de este libro son los apuntes de mi clase en la malograda Escuela de Física de la Universidad Autónoma de Puebla”. Afortunadamente la escuela se recuperó, sobre todo gracias al impulso del ingeniero, cuando fue rector Sergio Flores Suárez y luego él y por supuesto la visión académica del su sucesor, otro gran rector, Alfonso Vélez Pliego, que tomó del ingeniero la visión obsesiva por la ciencia.
La destrucción de la Escuela de Física y Matemáticas en 1966 es una prueba de la animadversión a la ciencia por la derecha reaccionaria, encarnada entonces en el Frente Universitario Anticomunista (FUA). Fue violentamente atacada, cerrada y sus estudiantes y profesores expulsados de la UAP, aunque el ingeniero regresaría en 1967, para poner de nueva cuenta la escuela en funcionamiento, siendo su director hasta 1975.
La escuela de física se convirtió en el símbolo de la modernización académica de la institución y es el lugar donde concurren las personas de pensamiento progresista, impactando aspectos medulares de la estructura anacrónica de la universidad.
Rivera Terrazas propuso un modelo de educación científica de muy alto nivel; un hecho genial era que siendo comunista, debido a su formación como astrofísico en Estados Unidos, introdujo la utilización de los libros de física del Phisical Sciences Study Committee (PSSC) y los del Comité para la Enseñanza de la Física (CEF), preparados para Latinoamérica, y no los pesados libros soviéticos que uno hubiera pensado que un hombre con su posición política impondría; era prosoviético, incluso estalinista, pero no en la ciencia y su enseñanza.
En 1974, durante el rectorado del químico Sergio Flores Suárez, fundó el Instituto de Ciencias de la UAP (ICUAP), como consecuencia de una de sus más grandes preocupaciones, que era sentar bases sólidas para el desarrollo de investigación de calidad en la universidad. Ya antes, en 1972, bajo su iniciativa se logró conformar en la Escuela de Física el grupo de “Bajas Temperaturas” con la incorporación de los doctores Carlos Cambero Vizcaíno y Rafael Baquero Parra, que posteriormente se transformó en el Departamento de Física del ICUAP.
Como rector avanzaron tanto las ciencias naturales y las matemáticas y a las ciencias sociales y las humanidades. Yo tengo magníficos recuerdos de su gestión, por ejemplo cuando se realizaron las celebraciones para conmemorar el cuarto centenario de la fundación del Colegio del Espíritu Santo de la Compañía de Jesús en 1578, antecedente del Colegio del Estado de Puebla, luego de la Universidad de Puebla y posteriormente de la Universidad Autónoma de Puebla. Aún conservo el cartel de ese acontecimiento.
Como consejero universitario alumno tuve el honor de tomar la palabra para contribuir a echar abajo el requisito de edad para ser rector, pues el ingeniero para la fecha de la elección ya rebasaría los 75 años y la Ley Orgánica vigente (de 1963) tenía como requisito ser mayor de 35 años y menor de 75 para ser rector, lo cual era sin duda ¡una estupidez! Tuvimos la oportunidad de hablar, un académico, un director (que fue Alfonso Vélez Pliego), un trabajador administrativo y un alumno, que fui yo. Mi argumento para echar abajo ese requisito fue que era burgués, además de discriminatorio, y el ingeniero pudo ser candidato y ser reelecto como rector.
Por otra parte, cuando puse en marcha el proyecto de creación de la Escuela de Biología de la UAP, pensé en las enseñanzas del ingeniero y al diseñar el plan de estudios de la carrera de biólogo consideré que la materia fundamental para iniciar la formación de un científico era la historia de la ciencia. Años antes pude conocer y ser alumno de Rolando García, quien fuera rector de la Universidad de Buenos Aires, en la época del golpe militar, agredido en “la noche de los bastones largos”, cuando los militares fascistas tomaron la universidad y también pude conocer y ser amigo del primer biólogo de México, Enrique Beltrán, fundador de la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y de la Tecnología, que fueron una guía en mi trabajo en historia de la ciencia, además de haber tenido la influencia de Alfonso Vélez Pliego y Leticia Gamboa Ojeda, que aunque no eran historiadores de la ciencia, contribuyeron a mi formación metodológica por ser historiadores.
Cuando era director de la Escuela de Biología vivimos una etapa muy conflictiva de la UAP, en plena confrontación con el rector Samuel Malpica. En su primer informe había un escenario por demás rasposo, lleno de hostilidad y pensé que debía, en mi carácter de director y miembro del Consejo Universitario, hacerle una interpelación. Llegando al Carolino me encontré al ingeniero, que llevaba un libro para prestármelo, Científicos griegos, de Editorial Aguilar. Él llevaba una chamarra blanca; yo estaba vestido de traje. Le pregunté: “¿Ingeniero, no va a ir al informe del rector?” Me contestó: “¡No, de ninguna manera!, voy a seguir haciendo campaña por la dirección del ICUAP y ser consejero junto con usted para meter orden en la universidad” (finalmente no lo logró y murió poco después).
Le dije que pensaba interpelar al rector al final del informe. Le pedí su consejo y me dijo: “¡Hágalo!, yo siempre me opuse a las autoridades que no actuaban adecuadamente, me corrieron tres veces de la universidad y finalmente ¡fui rector! No se preocupe, ¡tenga huevos!, atrévase. Si lo corren no pasa nada, dedíquese a la investigación. Y al rato disfrute usted del libro, que debe ser importante para lo que enseña”.
Ubú Rey no entendería la importancia del valor para enfrentar a los poderosos. Llegó al poder con una trapacería, gracias a la actitud facciosa y tramposa del Capitán Bordura. La historia de la UAP es ejemplar para tratar de entender este tipo de procesos. La Physica de Aristóteles, y el recuerdo de las lecciones del ingeniero Luis Rivera Terrazas, sobre todo de “la teoría del ímpetu” (incomprensible que la propusiera un filósofo tan genial, lo que luego discutí con Rolando García al revisar su obra, escrita con Jean Piaget, Psicogénesis e historia de las ciencias). Me recordaron las enseñanzas de ese gran maestro que condujo una de la universidades más complejas del país y a quien recuerdo con gran admiración, respeto y cariño.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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