Ismael Ledesma Mateos
En el ámbito de la enseñanza y la investigación científica, se piensa tradicionalmente la idea de la existencia de una “revolución científica” única, la cual ocurrió en los siglos XVI y XVII, periodo que comienza con Galileo y Kepler y que desembocará en la obra de Newton, el desarrollo de la física matemática como ciencia teórico-experimental que implica una ruptura definitiva, por una parte, con el modelo de pensamiento científico heredado de la Antigüedad y la Edad Media y, por otra, con el cosmos finito y el universo cerrado y geocéntrico que constituían la “visión del mundo” vigente en esas épocas anteriores.
Mucho se ha escrito al respecto y se considera que es el origen de la “ciencia moderna”. Es común citar la publicación en 1543 de De revolutionibus orbium coelestium (Sobre los giros de los orbes celestes) de Nicolás Copérnico como el comienzo de la revolución científica.
Se trata de una idea muy acendrada en amplios sectores de la comunidad académica, que se inculca a los estudiantes desde niveles elementales, lo que en la mayoría de las ocasiones es difícil de remover de sus mentes. ¿Pero por qué este planteamiento? Pues porque a partir de 1962 surge un planteamiento distinto, el de que la ciencia avanza por medio de “revoluciones científicas”, en plural, lo que significa que en diferentes momentos de la historia han ocurrido estos eventos, que suceden incluso en la actualidad y ocurrirán en el futuro. Esta nueva perspectiva fue un parteaguas en los estudios acerca de la ciencia y de la tecnología, que modificó radicalmente la forma de pensar en ellas.
La publicación en 1962 de la obra de Thomas Samuel Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, dio inicio a esta nueva concepción del desarrollo científico, que rompe con esa idea ancestral, dando un nuevo esquema de la investigación, que se estructura en una teoría en la que el “criterio de cientificidad” radica en un grupo humano, “la comunidad científica”, lo que remonta el dogma de que lo definitorio de algo como científico es “la objetividad” y el apego al “método científico”. La categoría central de su planteamiento es la de “paradigma”, que se entiende como un concepto, conjunto de conceptos (teoría), modelo o tradición instrumental, que validan y unifican a una disciplina científica en un momento histórico determinado; esto es, que le dan “validez” y “unidad”. Algo muy importante aquí es la inclusión de la dimensión histórica, algo no presente en la filosofía de la ciencia anterior. De acuerdo con ello, una ciencia se constituye como tal hasta que cuenta con verdaderos paradigmas, palabra por cierto muy desvirtuada, que se usa de manera arbitraria y no de acuerdo con lo antes señalado.
Pero los paradigmas plantean cuestiones no resueltas, que se denominan “enigmas” o más propiamente “acertijos” (en inglés puzzle), que como las piezas de un rompecabezas tienen que encajar en el conjunto, por lo que su resolución tiene que darse en el marco del paradigma. Cuando los acertijos no son resueltos, cuando esas piezas sueltas no encajan, sobreviene una crisis, que cuando no puede ser resuelta conduce a una “revolución científica” (de ahí el nombre de la obra). En esa perspectiva la ciencia no avanza de manera lineal, es discontinúa y si avanza será “por rupturas”, algo muy diferente a la visión idílica de la ciencia, donde poco a poco, gracias al trabajo de los sabios investigadores, “se va colocando un granito de arena, hasta levantar el gran castillo del conocimiento”. ¡Pamplinas!
Entre revolución y revolución lo que hacen los investigadores se denomina “ciencia normal”, pero cuando ocurre la crisis que conducirá a una revolución científica, se tiene una “ciencia extraordinaria” (Kuhn evitó usar el término “ciencia revolucionaria” por su implicación política en el seno de la guerra fría), que conducirá al establecimiento de un nuevo paradigma.
El libro se tradujo al castellano y se publicó por el Fondo de Cultura Económica en 1971, a partir de la segunda edición en inglés de 1970. Y a partir de ahí se comenzó a conocer en nuestro idioma, no sólo en México sino en otros países. No obstante, en grandes sectores fue desconocido; de hecho, cuando era estudiante de la carrera de biólogo a finales de los setenta e inicios de los ochenta nadie lo conocía, pero yo lo había leído en mis cursos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Por el contrario, lo que siguió prevaleciendo fue la idea de la “revolución científica”, que encajó perfectamente con la ideología derivada de la filosofía positivista imperante en México a partir del porfiriato.
Aunque el término fue acuñado en 1939 por Alexandre Koyré, la idea estuvo presente desde mucho tiempo antes, ligada al inductivismo, la visión de Francis Bacon, el empirismo y a una conceptualización mecanicista de la realidad, aunada a la confrontación con el pensamiento religioso, con el que se buscó deificar la ciencia, y ese periodo en los siglos XVI y XVII resulta ideal para ello.
La utilización de Galileo como imagen del “mártir de la ciencia”, víctima del dogmatismo eclesiástico, ha perdurado hasta nuestros días como ícono de la “revolución científica”, lo cual ha sido magistralmente desmontado por Mario Biagioli en su obra: Galileo cortesano: la práctica de la ciencia en la cultura del absolutismo (Katz Editores, 2008), donde demuestra con argumentos socioantropológicos cómo el problema no fue un conflicto entre religión y ciencia, sino entre grupos con identidades socioprofesionales divergentes: los clérigos astrónomos de la corte, contra la llegada de alguien no perteneciente a su grupo, con una visión astronómica distinta.
Sin embargo, ese culto a la ciencia, ligado a la idea de una revolución (en singular) tiene una base material. Como nos dice Eric Hobsbawm: “la física y las matemáticas del siglo XVII influían en los ingenieros, mientras que a mediados del reinado de Victoria, los descubrimientos químicos y eléctricos de finales del siglo XVIII y principios del XIX eran ya esenciales para la industria y las comunicaciones, y los estudios de los investigadores científicos profesionales se consideraban la punta de lanza incluso de los avances tecnológicos. En resumen, la tecnología basada en la ciencia estaba ya en el centro del mundo burgués del siglo XIX, aunque la gente práctica no supiese muy bien qué hacer con los triunfos de la teoría científica, salvo, en los casos adecuados, convertirla en ideología, como sucedió en el siglo XVIII con Newton…”
Fue así que la idea de la Revolución Científica se convirtió en un dispositivo ideológico de gran impacto y trascendencia que constituye parte de lo que se conoce como “la tradición heredada” o “la leyenda”, que produjo una imagen distorsionada de la ciencia, vista como “un conjunto de relatos de caballería”. Pero todo ello fue cimbrado con la llegada de la teoría de la ciencia de Thomas S. Kuhn, que llevó a una nueva situación convulsionante y ante la idea estabilizada de “la revolución”, se da un escenario donde proliferaran nuevas teorías para poder explicar la ciencia y la investigación científica. Por ello se dice que con Kuhn “se abrió la Caja de Pandora”, al permitir la salida de concepciones alternativas del quehacer científico, como si metafóricamente fueran todos los males que aquejan a la humanidad, al romper con las ideas dogmáticas y estables, útiles para las mentes sencillas, aunque en el fondo de la caja se encuentra “la esperanza”, que implica el verdadero conocimiento de la realidad de la ciencia.
En consecuencia, debe entenderse que de acuerdo a la visión kuhniana la “Revolución Científica” sería una revolución entre muchas otras, las cuales se vienen dando en la actualidad y se darán en el futuro. ¿Acaso la teoría de la evolución de Darwin en el siglo XIX o el conocimiento de la estructura del ADN y descifrar el código genético en el siglo XX no fueron revoluciones científicas? Resulta una tarea difícil, casi titánica, erradicar las ideologías y los prejuicios engendrados por siglos y poder tener la esperanza de conseguir la modificación de las estructuras educativas en todos los niveles, y conseguir en las nuevas generaciones mentalidades críticas y abiertas.
Para la fortuna del Padre Ubú, como para los tecnócratas que gobernaron México por décadas, como si fuera un reino fincado en el atraso, donde la ciencia y la tecnología sólo servían para el lucimiento de la corte y para producir élites privilegiadas, las cuales ante cualquier cambio reaccionan violentamente, como haría el Capitán Bordura bajo las órdenes del Rey Ubú, para el que “la leyenda” sería de utilidad, aunque no la entienda.
¡Para mí es suficiente!









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