Ismael Ledesma Mateos
La relación entre México y España es entrañable e indisoluble, y por ello se trata de algo complejo, que fue muy tenso en sus primeros años, y aunque España declaró el reconocimiento de nuestra independencia hasta el 26 de diciembre de 1836, es decir cerca de 30 años después, luego de intentar la reconquista del territorio al mando del general Isidro Barradas, cuya misión culminó en un gran fracaso. México no soportaba a España y por eso su élite puso sus ojos en Francia, como modelo de país, y al momento de la invasión a México, orquestada por ese país, los ingleses y los españoles se retiraron, siendo memorable la actitud del general Prim, del ejército español, que decidió respetar nuestra soberanía.
No creo que al Padre Ubú le importe la historia, pero si hubiera pensado en ella no hubiera perdido el poder, como le ocurrió, y evidentemente tampoco a la Madre Ubú ni al Capitán Bordura les importaría, pues para los déspotas la historia es molesta y desagradable. Y en el caso del que hablamos: hay cosas que los gobiernos autoritarios no pueden soportar, y las monarquías como la española son ejemplo de ello, algo intolerable en pleno siglo XXI. Y aunque Ubú no sea un Borbón, se sentiría su pariente, pues así es la simulación monárquica o imperial.
México no es una monarquía, pero es sin duda —como dijo Vargas Llosa— una “dictadura perfecta”. No obstante, en una etapa de buen gobierno fue capaz de encarar a una dictadura y desconocer su mandato. Así fue como en el sexenio de Lázaro Cárdenas se recibió a una gran cantidad de exiliados españoles, muchos de los cuales reactivaron la vida académica e intelectual del país. La consecuencia de la Guerra Civil española fue benéfica para México y Argentina, y condujo a inyectar nuevas visiones, que muchas generaciones posteriores aprovechamos.
Algo crucial fue el desconocimiento del gobierno de Francisco Franco y el reconocimiento de la República Española, siendo México el único país del mundo que hizo eso. Mi abuela odió siempre a Franco y pues yo crecí con ello, y al momento de su muerte y el inicio de una transición a la democracia, España se volvió el centro de la atención mundial. ¡El último país fascista, puede ser democrático! ¡Puede tener un partido comunista y un partido socialista, además de partidos de derechas! ¡Era un ejemplo para el mundo occidental!
Pero a pesar de todo México, luego de la feroz dictadura de Franco y de su digno reconocimiento a la República Española, reestableció relaciones con España, que han sido por demás fructíferas para ambos países, de lo cual se conmemoran 40 años. En consecuencia, la reanudación de las relaciones diplomáticas entre las dos naciones fue un acontecimiento. El presidente del gobierno español era Adolfo Suárez y de México era José López Portillo, quien nombró embajador a Gustavo Díaz Ordaz, un hombre intolerante y de mentalidad criminal, que a su llegada a Madrid vio una multitud frente a su hotel, y pensó “me vienen a ovacionar”, cuando al momento escuchó los gritos de “asesino” y le pidió un arma a su escolta, que de ninguna manera le dio. Decía Díaz Ordaz: “dame un arma, dame un arma”, y eso no era posible, pues hubiera comenzado a matar gente, como ordenó hacerlo en Tlatelolco.
La relación diplomática entre México y España es algo realmente trascendente, antes de la dictadura franquista y después de ella, y aquí debemos recordar el papel de un poblano: Gilberto Bosques Saldívar, originario de Chiautla de Tapia, quien fue embajador de México en Portugal y cónsul general de nuestro país en Francia. Fue nombrado cónsul general y su misión era ser el enviado personal del presidente Lázaro Cárdenas en Europa, al momento de la caída de la República Española en 1939 y se piensa que él fue quien con anterioridad en 1937 convenció al presidente de recibir a los republicados españoles.
Aquí vale la pena pensar en la importancia de la diplomacia mexicana, y Bosques Saldívar ha sido comparado con Oskar Schindler, pues logró que cerca de 40 mil personas sobrevivieran a la Guerra Civil española y a la Segunda Guerra Mundial, algo similar a la labor de Gonzalo Martínez Corbalá, quien siendo embajador de México en Chile asiló a muchos ciudadanos chilenos, entre ello al poeta Pablo Neruda, quien sin embargo no aceptó dejar su patria.
El restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre México y España posee un componente simbólico adicional, pues resume una historia compleja y apasionante que reúne en el orden simbólico a la Conquista, la Colonia, la Independencia, intentos de invasión y luego la solidaridad de México con lo mejor de España, con esos intelectuales y trabajadores que llegaron en el exilio, un evento histórico, mucho y creo que mal estudiado y que requiere ser visto desde otros ángulos, lo que forma parte de un futuro proyecto de investigación. México y España son algo inseparable y la existencia de esa relación es algo fundamental para las dos naciones. Sin duda, España está más cerca de México y de América Latina que de Europa.
Cuando los mexicanos o los españoles hablan de “ustedes y nosotros”, se encuentran en un grave error: México es producto de la fusión de diferentes culturas, y la española es algo determinante, aunque España también es un mosaico heterogéneo, un país en mucho creado por razones políticas, sin nexos lingüísticos, raciales y culturales de origen (creo que como la mayoría de los países), aunque lo que produce la identidad son convicciones, esas cosas que tenemos en la cabeza.
El Padre Ubú no tendría convicciones nacionales y su única patria sería el poder, por lo que estas cosas le parecerían tonterías, aunque por fortuna, para muchos no. Yo en lo personal, desde mi infancia he tenido presente a España, y uno de mis discos predilectos es 1492, de Vangelis, que evoca el descubrimiento de América y que en una asociación personal me hace pensar también en la Conquista y recordar mi libro de tercer año de primaria, cuando quedé impresionado con los pequeños bergantines hechos en Tlaxcala para poder entrar a la Gran Tenochtilán por los canales que eran la vía de acceso. Ésa fue la Conquista, con la unión de los tlaxcaltecas y otros pueblos indígenas y los españoles. Eso es muy distinto a las historias maniqueas que les gustan a los reyes, como a Ubú.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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