Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú hubiera sido un enemigo de la universidad pública, pues su posición ideológica es totalmente reaccionaria. En todo el mundo la derecha, aquellos que sostienen una posición reaccionaria, son enemigos de la educación pública y gratuita, de la laicidad y de la formación crítica, científica y humanística. Para ellos, la gente debe saber leer, escribir y hacer cuentas —decían cuando yo era niño—, a lo que ahora agregan: computación e inglés. Se trata de que sean buenos sirvientes, que sepan “chambear” bien para el beneficio de sus patrones. ¿Para qué enseñar historia o geografía?, lo que se quiere son buenos empleados.
Cuando era adolescente y estudiaba en el Madero, me reventaba el hígado su lema: “Una mejor cultura para un mejor servicio”. Yo me decía: “¡No pienso servir a nadie!, sólo serviré a la patria y a mí mismo, pero nunca a un pinche particular”. Qué diferencia con el lema de la Universidad Autónoma de Puebla: “Pensar bien para vivir mejor”, o el del Instituto Politénico Nacional: “La técnica al servicio de la patria”. En esos lemas se encuentra un discurso que dice mucho, que da cuenta de una realidad y una intencionalidad.
Si revisamos lo que pasa con la problemática educativa cuando en un país llega al poder la derecha, podemos percatarnos de los cambios que se dan a ese respecto. La idea de que la educación debe ser privada y sólo para unos cuantos, es inherente al espíritu de la derecha, de ahí su odio en contra de las universidades públicas y en México particularmente contra la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que se les presenta como un símbolo de lo que no debe ser. Ni la conocen ni la entienden, ni cabe en sus obtusas cabezas. No se imaginan la trascendencia de la investigación científica, tecnológica y humanística que en ella se realiza. En su estupidez, creen que su única función es la enseñanza, para “preparar” empleados calificados.
“Preparar”, ¡pinche palabra!, como si fuera “ceviche”. Esa palabra también me revienta el hígado: “Esperamos que los jóvenes salgan bien preparados”; pues ni que fueran un guisado. Los llamados reaccionarios no entienden ni pueden entender lo que es una sólida formación académica, y por eso usan otra palabra de mierda: “¡Excelencia!”, absolutamente ligada al discurso y la ideología neoliberal.
Recuerdo cómo en mi campaña por la rectoría de la UAP en 1993 el lema de mi adversario era “Excelencia académica con compromiso social”, mientras que el mío era: “Para que la universidad funcione”, ¡porque en los hechos no funcionaba adecuadamente! Pero la “Excelencia” es un cliché que se ha generalizado en el ámbito educativo y representa la visión más nefasta y simplificadora de la idea de una calidad académica cierta.
En el caso de México, la UNAM es para los reaccionarios una “piedra en el zapato” y su anhelo sería que fuera privatizada, lo cual ha sido intentado por gobiernos priistas filoderechistas, tal como ocurrió en 1999, cuando la torpeza del rector Francisco Barnés llevó a una huelga que paralizó a la institución, lo que fue utilizado por la derecha para montar una campaña de desprestigio contra ella. Por eso en cada sucesión rectoral en la derecha se alberga la esperanza de que llegue a gobernar la universidad alguien autoritario y reaccionario, cosa que por fortuna no ha vuelto a ocurrir. El gobierno panista tenía su candidato que, sin embargo, no pudo imponer, habiendo sido reelecto el médico José Narro Robles; y ahora el priismo intentó que llegara a la rectoría un exfuncionario de su gabinete. No obstante, la Junta de Gobierno fue sabia y designó al oftalmólogo Enrique Graue Wiechers, en ese momento director de la Facultad de Medicina.
Pero la respuesta de los reaccionarios no se ha hecho esperar mucho tiempo, y ante una de las más importantes declaraciones del nuevo rector lo atacaron de inmediato por medio de uno de los más despreciables periodistas de México: Pablo Hiriart. Enrique Graue Wiechers aseveró que la reforma en materia de instrucción académica impulsada por el gobierno de Enrique Peña Nieto, en los hechos “no es una reforma educativa”, sino que se trata de modificaciones en algunos procesos administrativos para el sector, y agregó: “Tengo mi punto de vista sobre la reforma educativa: es un primer paso, pero no es una reforma educativa; hasta este momento es una reforma en la forma de contratación de los profesores y evaluación de ellos; esperamos ver la verdadera reforma educativa pronto.” En entrevista previa al inicio de la última sesión del año del Consejo Universitario de la UNAM, primera que preside como rector, Graue Wiechers fue cuestionado en torno a los cambios en materia de educación que promueve el gobierno federal. “¿Qué faltaría?”, se le preguntó. “Reformar la educación: modelos educativos, contenidos, materias; eso es una verdadera reforma educativa y está por verse. Es el paso que sigue”, dijo.
Ante ello la SEP no ofreció respuesta alguna, sin embargo, Hiriart, personero del gobierno, publicó el 11 de diciembre en El Financiero un artículo titulado: “¿Y la reforma a la UNAM, doctor Graue?”, atacando al rector con lugares comunes siempre repetidos por los derechistas trasnochados: que en la universidad hay “nidos de radicales que se han apropiado de espacios físicos” y que la institución no será capaz de desalojarlos, e incluso llega al extremo de decir que Enrique Luis Graue le debe la rectoría a esos grupos de ultras que ni alumnos son, porque gracias a sus amenazas fue electo como “el mal menor” para la UNAM.
El “mal mayor” era que los porros repitieran el escenario de 1999. Cuando todo estaba encaminado para que el rector fuera el doctor en ingeniería Sergio Alcocer, surgieron las amenazas de que la UNAM “sería tomada desde seis flancos por sendos grupos radicales”.
La derecha se ha dedicado a propagar ese chisme abyecto, que ofende a la estructura institucional de nuestra máxima casa de estudios; en vez de valorar con respeto la decisión de la Junta de Gobierno, habla de temores y cobardía. Así, el periodista-gobiernista dice: “No hubo firmeza para enfrentar la amenaza ultra y se cedió a la presión de los grupos que tienen acosada a la UNAM desde hace años, sin que nadie intente recuperar los espacios que usurpan. Iban a tomar Rectoría si el elegido era Sergio Alcocer, y la opción fue poner en ese importantísimo cargo al ameritado oftalmólogo Enrique Luis Graue, a fin de evitar sobresaltos políticos… Si el elegido era Alcocer, vendría el caos en la Universidad, amenazaron. Y ganaron.”
No dejan de insistir en la ocupación del auditorio Justo Sierra, de Filosofía y Letras, rebautizado como Che Guevara, cuando eso, que es incorrecto, es un mal menor, que ha sido tolerado en aras de mantener la estabilidad. ¡Ellos quisieran que la tropa entrara a desalojarlos! ¿Valdría la pena?
Pero Hiriart llega al extremo de afirmar que los grupos que lo ocupan están ligados “a la guerrilla”. Cuando leía su artículo en Madrid, me dieron náuseas, pero pensé en esperar a llegar a México, cuando la UNAM regresara a sus actividades, para escribir esta columna.
Lo que el gobierno no fue capaz de hacer, se lo encargó a este personero, que se atrevió a escribir: “Ahí está la clientela que lo llevó a la rectoría de nuestra máxima casa de estudios, que por cierto acaba de recibir el presupuesto más alto de su historia, que se paga con los impuestos de todos los mexicanos (que pagamos impuestos, claro está).”
El texto del chileno nacionalizado mexicano, salinista y propagandista del PRI, sin conocimiento de la política educativa, dice que “la UNAM necesita ser reformada para volver a ser lo que era: una palanca de movilidad social en el país, pues ya no lo es”. Aquí me viene a la mente un cartón publicado en El País, donde señala que para la gente subir y bajar por las escaleras de los centros comerciales es su idea de “movilidad social”. ¡Como si la educación fuera para eso! ¡Pinche ideología clasemediera!
Hiriart pregunta: “¿Dónde está la reforma de Graue para que los egresados de la UNAM sean más competitivos en el mercado laboral?” ¡Como si no fueran competitivos! Para luego criticar a Graue diciendo: “Hasta ahora, del nuevo rector sólo hemos oído críticas fáciles a la reforma educativa emprendida a nivel federal, a la que minimizó con displicencia.”
Es evidente que se trata de un texto de encargo, que ante la incapacidad de respuesta de la SEP, fue adjudicado a un personero de gobierno, sospechosamente “chayotero”. Se atreve a decir que: “No hubo firmeza para enfrentar la amenaza ultra y se cedió a la presión de los grupos que tienen acosada a la UNAM desde hace años, sin que nadie intente recuperar los espacios que usurpan”. ¡Por favor! ¿Cómo se atreve?
Cuestiona el argumento laboral de la SEP, pero ¡eso no es reforma educativa! Pregunta: “¿Es asunto menor que los ascensos en el personal docente en las escuelas ya no se dé por actividades sindicales (bloqueos, plantones e incendios de edificios púbicos), sino por méritos académicos?” Pues claro que no es asunto menor, ¡pero eso no es educativo en sentido estricto! En esa mezcla de estupideces podemos ver la molestia ante la opinión de un rector que representa a una comunidad académica autónoma y sólida. En torno de él, los universitarios debemos unir ánimos y fuerza.
Ubú Rey estaría a disgusto con un rector así. Yo, como universitario estoy orgulloso, y la gente como Hiriart debe ¡irse a recoger chayotes!









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