Ismael Ledesma Mateos
¡Pobre México!, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos… es una frase fuerte y trascendental que yo escuché de mi abuelo y que se le atribuye a Porfirio Díaz, aunque se dice que fue escrita por Nemesio García Naranjo. Independiente de su origen, da cuenta de una realidad nacional, sobredeterminada por la geografía. Así como “anatomía es destino”, según Stephen Jay Gould, geografía también lo es.
Al Padre Ubú sólo le interesaba el dominio absoluto y permanente y la cobranza de impuestos, la ignorancia y el desdén como la base de su sistema de control. A veces, con tristeza, pienso que el presidente de México tampoco tiene idea de nada, que tal vez tengamos aquí un gobierno como el de Ubú Rey, aunque más antipático y patético, capaz de darle un golpe de Estado al mismísimo Ubú.
Más allá de las posiciones políticas que uno sostenga, lo que pasa en la política mexicana linda en la locura. Cómo demonios se le ocurre al presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos invitar a Donald Trump, nefasto personaje que no ha parado de ofender a los mexicanos, encarnación de lo peor de los Estados Unidos de Norteamérica (y del mundo), heredero de los confederados, de los racistas que fueron derrotados en la Guerra de Secesión, cruento enfrentamiento civil que reveló la realidad de esa nación heterogénea y fragmentada.
Antes de su llegada, la visita parecía broma, hasta que la Oficina de la Presidencia de la República aclaró que el presidente Enrique Peña Nieto había invitado a los candidatos de los dos partidos del vecino país; pero Trump “venía en camino” y muchos nos preguntábamos: “¿Dónde lo recibirá?” Qué vergonzoso (y doloroso) fue verlo en la Residencia Oficial, el lugar donde se recibe a los mandatarios, donde uno va a ver al presidente para asuntos que requieren un trato por demás especial y delicado.
El País, el diario español —y lo recalco, porque eso da cuenta de la imagen que a nivel internacional se tiene de nuestro país—, junto a la nota de ocho dice: “México ofendido”, “El gran guiñol cruza el Río Bravo” y el más fuerte comentario, por cierto de un periodista mexicano: “Indigno e ingenuo”, palabras que obviamente se refieren a Peña Nieto. Continua diciendo: “La invitación a Trump es un monumental error político de la Presidencia.”
El presidente de una gran nación, como la nuestra, no debió jamás haber invitado a ningún candidato, y si por desgracia para su país y para el mundo éste llegara a ser presidente, en ese momento la Cancillería debería diseñar la estrategia para entablar el diálogo o en su caso confrontarlo. La reacción inmediata de la otra candidata, Hilary Clinton, fue de repudio e indignación: en un acto de congruencia y dignidad, como política y ciudadana estadunidense, ha declarado que no vendrá a México, pues además está muy ocupada en su campaña y los asuntos de su país.
La nota de El País es contundente: “Donald Trump pisó ayer la tierra que más ha ofendido. En una visita relámpago a México el vociferante candidato republicano, quien durante meses ha humillado a los mexicanos, se entrevistó con el presidente Enrique Peña Nieto y volvió a mostrar su capacidad para apropiarse del escenario… No perdió la oportunidad. Trump, aprovechando la sorprendente invitación girada por el presidente de México, volvió a tomar las riendas. Por un momento la aspirante demócrata Hilary Clinton, dejó de existir y él pudo enfocar todas sus energías en recuperar un terreno donde las encuestas marcan su inexorable deterioro.”
Por cierto, yo no estaría convencido del último enunciado, pues los “indecisos” son un riesgo real, y Trump representa a una gran mayoría de esa población, ignorante e iletrada, racista y xenófoba, que sólo entiende la reivindicación de la blancura y el protestantismo, profundamente fanática, que en su momento también han llevado a la presidencia a personajes espeluznantes como Ronald Reagan o los Bush, así que no podemos predecir nada, a pesar de las encuestas. No hay enemigo pequeño, y ése es un principio fundamental de la política, pero aquí se trata de un enemigo peligroso, no sólo para México sino para su país y para el mundo entero.
Un caso extremo es que el presidente de la nación no haya confrontado a Trump y haya tenido el descaro de invitarlo a una visita que de ninguna manera puede ser oficial, pues no es un mandatario, por lo cual nos enfrentamos a una humillación a las instituciones de la patria, una ofensa a la investidura presidencial que, por supuesto, el presidente no valora y de la que no entiende su significado. ¿Acaso Peña y Videgaray por un momento recordaron el “mas si osare un extraño enemigo…? ¿Acaso ellos no se consideran mexicanos al servicio de la patria? Trajeron al enemigo, y eso sólo tiene un nombre: traición a la patria.
Es de mencionar que el gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle —no apreciado por muchos— haya realizado un espot cuestionando a Trump, con un video en que dice que Ronald Reagan ha sido el mejor presidente de Estados y luego muestra otro donde la pide a Gorbachov que derribe el muro de Berlín, para luego salir a cuadro diciéndole a Trump que no sea incongruente. Aquí el gobernador poblano es contundente y contrasta con la estupidez del presidente.
Trump sostiene que México debe financiar ese muro, y aseguró que no hablaron de quién pagará por él, algo que posteriormente fue desmentido por el presidente mexicano en un mensaje en twitter. “Al inicio de la conversación con Donald Trump dejé claro que México no pagará por el muro”, escribió el mandatario en la red social. Y en ello insistiría también horas después, en una entrevista ofrecida a Televisa. Pero en el discurso que Trump dio en Arizona en la noche del miércoles anterior y en el que delineó la que será su política migratoria si llega a la Casa Blanca, el magnate volvió a insistir en que “México pagará el muro”.
Jesús Silva-Herzog Márquez escribió en Reforma un artículo demoledor titulado “La estupidez y la traición”, donde dice que no cree que “pueda encontrarse en la larga historia de la política mexicana, una decisión más estúpida que la invitación que el presidente Peña Nieto hizo a Donald Trump la semana pasada. A cada cosa, su nombre. Esto fue, y no merece otro calificativo: una estupidez gigantesca. La palabra no es insulto, es identificación de los efectos de un acto”. Este autor prosigue citando al economista italiano Carlo M. Cipolla: “era mucho más nocivo un político que un malvado. El malvado, a fin de cuentas saca algún beneficio. El estúpido, en cambio, sólo multiplica el daño a su paso”.
Este acto bochornoso del mandatario es en resumen una traición y “el país se siente traicionado por su presidente.
La valerosa declaración radiofónica de la periodista Fernanda Familiar, es otro ejemplo magnífico de la indignación que produce la conducta de Peña Nieto, con su Casa Blanca, el plagio en su tesis de licenciatura, ¡y ahora esta actitud asquerosa y humillante para un país que ha sabido confrontar invasiones extranjeras! Por cierto, el único ataque que ha sufrido ese país en su territorio continental fue el que hizo el gran revolucionario Pancho Villa. Cómo es posible actuar de esa forma rastrera, en contraste con el general Anaya, que le dijo al invasor estadunidense: “¡Si hubiera parque, no estaría usted aquí!”
Me decía mi abuelo, un revolucionario del grupo de Aquiles Serdán, que ¡los pueblos tienen los gobiernos que se merecen! Pero ¿esto merece el pueblo mexicano? Creo que Erasmo de Rotterdam se sorprendería y haría otra edición de su Elogio a la estulticia (1511) y se quedaría impresionado, e Isaac Asimov diría que es cierta la frase de su gran novela de ciencia ficción Los propios dioses: “Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano”, aunque en la parte final hay un dejo de esperanza cuando escribe: “¿… en vano?” Y bueno, yo sigo creyendo en la esperanza.
El Padre Ubú quedaría desconcertado. Él era malvado y estúpido, ¡pero el nuestro, al parecer, lo supera! Tengo náuseas, ya no puedo seguir.









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