Ismael Ledesma Mateos
En julio de este 2015 se conmemoraron los cien años de la muerte de Porfirio Díaz, hombre que encarna los claroscuros de un país complejo y dividido desde sus orígenes: liberales contra conservadores, federalistas contra centralistas o entre masones y masones. Piense usted entre quiénes más…
José de la Cruz Porfirio Díaz Mori (Oaxaca, 15 de septiembre de 1830-París, 2 de julio de 1915) nació y vivió en ese contexto. Se trata de un luchador de la construcción de una nación, que en ese camino combatió por la República llegando a ser un “héroe” que devino en “dictador” (que no tirano) que mantuvo el poder casi 30 años (1877 a 1880 y de 1884 a 1911). Los tonos en su biografía no significan lo gris: Díaz nunca podría identificarse con ese color.
La actitud dictatorial del Padre Ubú no tendría comparación con la de Díaz; a mi juicio, aquél nunca se propuso tenerla. Fue un hombre, como muchos, que ya en el poder se aferró a éste por razones que valdría la pena valorar y analizar, desde sus convicciones liberales y republicanas hasta los errores y visiones distorsionadas que acompañan el uso del poder. Díaz no se hizo presidente por un golpe de Estado, apoyado por personajes abyectos como “el capitán Bordura”, sino como consecuencia de una sublevación en contra de la reelección de Sebastián Lerdo de Tejada.
Desde niño crecí sabiendo de la existencia de Don Porfirio. En las paredes de mi casa se encontraban los reconocimientos a mi abuelo como alguien que participó en los inicios de la Revolución, lo que me orientó hacia una posición adversa a la figura del “dictador”. Sin embargo, con el correr de los años y el estudio de la historia puede uno llegar a ideas diferentes, e incluso contradictorias, como en mi caso la historia misma de la nación.
Porfirio Díaz, habiendo realizado estudios de derecho, comenzó a formarse en el combate desde muy joven, siembre del lado de la causa liberal. Valeroso participante en la batalla del 5 de mayo en Puebla, fue uno de los principales artífices de la derrota del ejército invasor francés. Conocido como “el maestro de la fuga y el escape”, en 1865 logró descolgarse del Edificio Carolino, donde se encontraba preso, para reincorporarse a los combates en contra de los franceses.
Hace muchos años, “la toma de Puebla”, conocida como “la batalla del 2 de abril” se celebraba enfáticamente. Fue en ella cuando el ejército de la República terminó como triunfador (1867). Yo recuerdo la imagen de la telenovela histórica El carruaje (1972), en la que se ve a Díaz entrando a caballo al centro de la ciudad (curiosamente, la placa colocada en el portal Iturbide dice que por ahí entró Juan Crisóstomo Bonilla, omitiendo al personaje que comandó dicha acción). ¿Esos logros, no valieron para quien luego se mantuvo por décadas en el poder? Aquí nos encontramos ante un importante problema de valoración de la historia, donde entran en juego factores que involucran la psicología, la ética y la antropología filosófica, que no deben perderse de vista en la política y en la historia y donde el estudio de la biografía juega un papel fundamental.
¿Qué pasa en las mentes de los hombres de poder que buscan eternizarse en él? ¿No es acaso un moda llamarle “dictador” a aquel que dura mucho tiempo gobernando, sin distinguir diferencias? Díaz fue uno de los integrantes más valerosos del ejército de la República; hábil guerrillero, fue un pilar de la derrota del Imperio y el principal responsable de la toma de la ciudad de México, luego de haber ocupado Puebla. ¿Qué habrá sentido cuando Benito Juárez entró triunfante a la ciudad de México, que Díaz le entregó y a la que no fue invitado a acompañarle? El desconocimiento, la exclusión y la traición son elementos inherentes en la política, lo que tiene consecuencias en todas las acciones futuras. Eso es algo que indudablemente ocurrió con Porfirio Díaz.
Retirado a la hacienda que le fue dada en reconocimiento a su labor en favor de la patria, contendió en contra de Juárez, siendo derrotado; luego en contra de Lerdo de Tejada, cuando también fue derrotado y, al momento del anuncio de su reelección, impulsó el Plan de Tuxtepec que codujo a que a su triunfo asumiera la presidencia en 1877. General lleno de condecoraciones por sus verdaderos méritos en batalla, se convirtió en “Don Porfirio”, que gobernó en consecuencia con la visión liberal impulsando un proyecto de modernización del país.
Es con Juárez y los liberales que nos encontramos con la introducción del capitalismo en México, concepción que se encuentra plenamente presente en Don Porfirio. La filosofía positivista de Auguste Comte era plenamente congruente con la idea de desarrollo nacional impulsada por los liberales. El lema del positivismo: “Amor, Orden y Progreso”, fue por demás pertinente para la orientación del grupo en el poder, modificado como: “Libertad, Orden y Progreso”, y con Díaz esa orientación positivista se mantuvo, pero fue modificada debido a la influencia de Justo Sierra, quien mantuvo el positivismo, pero acode a la versión de Herbert Spencer, la cual incorpora ideas derivadas del evolucionismo darwiniano.
Díaz tenía la obsesión de la modernización de México, en su mente existía un verdadero proyecto de nación orientado a sacar al país del atraso espeluznante en el que se encontraba.
Un hombre tortuoso en un contexto de claroscuros, comprometido hasta el riesgo de la muerte por su causa, hábil hombre de guerra y además hábil político, representa la síntesis de la mexicanidad y de su esencia, el mestizaje. Fue capaz de edificar el Hemiciclo a Juárez y si él hubiera muerto, un sucesor le habría construido el suyo. Eso no ocurrió, pues “la fuerza de las cosas” no permitió que muriera a tiempo y fuera juzgado como un dictador inmundo. Fidel Castro también fue un dictador, pero ¿puede ser juzgado de la misma manera? Alguien similar a Don Porfirio sería Hugo Chávez, quien fue reelecto sucesivamente de la misma manera. ¿Eso es dictadura, si una constitución lo permite?
Díaz dejó el poder luego de su primer mandato en manos de su compadre, el general Manuel González (nombre de un eje vial contra ninguno de Don Porfirio) pero, sin dejar de tener influencia determinante, fue ministro de Fomento, uno de los cargos más trascendentes ligado al desarrollo nacional. Ante el intento de reelección de González decidió regresar a la presidencia, para no dejarla hasta su caída con la Revolución. En todo ese lapso fue reelecto legalmente, hasta la última elección, donde se consumó un fraude electoral, y de ahí, al exilio a París, fuera del poder y de la patria por la cual combatió. Me lo imagino diciendo “¡Si no me quieren, me voy!”
A cien años de su muerte, creo que es pertinente reivindicar su memoria, fuera de adulaciones y estigmatizaciones. No sé qué pensaría mi abuelo maderista y carrancista, pero creo que la Revolución era una necesidad, lo que no le resta importancia a revalorar el papel histórico y la obra de Don Porfirio. Fue un hombre de su tiempo que afrontó contradicciones aberrantes, en un México cuya transformación y modernización impulsó.
En 1995, ante una situación espeluznante en las oficinas de la rectoría en el Edificio Carolino de la UAP, debía escapar de ahí y pensé en Porfirio Díaz, como si tuviera ante mí su sombra, sintiendo la angustia que él pudo tener durante su encarcelamiento. Pensé: “Don Porfirio, ilumíname”, recordando que se le conocía como “el maestro de la fuga y el escape”, que huyó del mismo edificio el 20 de septiembre de 1865, descolgándose con un cable atado a la estatua de San Ignacio, por el lado del tercer patio. Años más tarde visité su tumba… Estoy convencido de que debe continuar ahí, en París, y no en un país confundido, donde nunca se reconocerá plenamente su valor.
Ubú se hubiera aferrado al poder, hubiera buscado llenar de “palintroques en las onejas” de sus adversarios. Don Porfirio no lo hizo. En un mundo de claroscuros, un hombre se convirtió en héroe, tomó el poder en consecuencia de una convicción y se mantuvo en él en un país en el que no existía una verdadera tradición democrática, y habría que preguntarse si había condiciones para ello. Recordando a El Diablo y Dios y El engranaje, obras de Jean-Paul Sartre, pienso en Díaz y concluyo que fue “un hombre que tuvo qué hacer y lo hizo”.









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