Ismael Ledesma Mateos
Uno de mis autores predilectos, en verdad genial, es Philip Roth, el cual conocí en la década de los ochenta, cuando leí su extraordinario libro Mi vida como hombre (Bruguera, 1977), que me impactó sobremanera. Mi amigo Chucho Bonilla me lo recomendó y de inmediato quedé absorto por un relato impactante, una narrativa clara y accesible, que hacía imposible abandonar sus páginas, además de que en esos años pasaba por una fuerte crisis existencial y me encontraba en psicoanálisis.
Cuando Roth fue entrevistado por Hermione Lee para Paris Review entre 1983 y 1984 y se le preguntó por el psicoanálisis, él respondió: “Si no me hubiera analizado no habría escrito El lamento de Portnoy tal y como lo escribí, o Mi vida como hombre tal y como lo escribí, ni El pecho se parecería a sí mismo. Ni yo tampoco me pareciera a mí mismo. Probablemente la experiencia del psicoanálisis me resultó más útil como escritor que como neurótico, aunque puede que esa distinción sea falsa.” Roth es salvajemente honesto y su filiación como judío-estadounidense lo ayudó en ello pues su infancia le dejó una huella indeleble. En su obra confronta su narcisismo, su compleja relación con las mujeres y su aguda y desgarradora imagen de la “condición femenina”. Seguro estoy que el haber sido calumniosamente tachado como “misógino” contribuyó a que no se le otorgara el Premio Nobel, que indudablemente merecía como pocos.
La complejidad, incluso la tortuosidad del pensamiento de Roth es inasible para las mentes simples. Sus novelas nos dejan inmersos en un mundo de subjetividad que nos revela las más íntimas facetas de la existencia humana, aunque a diferencia del existencialismo no pretende filosofar sino sólo revelar y dar cuenta de la vivencia y por ende de la existencia humana, algo que seguramente no sería entendido por el Padre Ubú, y mucho menos sería de su interés. En Roth nos encontramos con un mundo interior que carcome y corroe al individuo, lo que implica una serie de conflictos morales impensables para un gobernante cuya única finalidad es el poder por sí mismo y sobre todo el control de las phinanzas, cuyo único goce es sentirse poderoso y omnipotente, de ninguna manera inmerso en las contradicciones de afrontar “una vida como hombre”.
El primer libro de Roth fue Goodbye, Columbus, publicada en 1959, que consiste en una novela corta seguida de cinco cuentos. En la primera narra la historia de Neil Klugman, un brillante egresado de la Universidad de Rutgers que trabaja en la Biblioteca Pública de Newark y vive en esa ciudad con sus tíos Gladys y Max en un barrio proletario. Pero conoce a Brenda, una chica de familia adinerada, situación que permite a Roth enseñarnos cómo el clasismo entorpece su relación, basada más en la lujuria que en el amor. Los cuentos relatan cómo los judío-estadounidenses abandonan los guetos étnicos de sus padres y abuelos para ir a la universidad, trabajar y vivir en los suburbios. El libro le permitió a Roth obtener el National Book Award de 1960, además de ser considerado un judío antisemita.
Desde esa primera obra podemos encontrar los ejes que definirán su creación literaria: la condición de judío en la sociedad estadounidense, la lujuria y la sexualidad, el temor y el miedo y la conciencia de la banalidad de la existencia. Es así que en 1962, en Deudas y dolores aborda la sentimentalidad extenuante de un joven profesor judío que se debate “entre la emoción y la razón”. Como se verá en la mayoría de sus escritos, la condición masculina era centro fundamental de su atención; sin embargo en 1967, en Cuando ella era buena, su personaje central es Lucy Nelson, una mujer que lucha inútilmente por liberarse y ser ella misma, hasta llegar a un trágico final que pasa por “la locura” y su propia destrucción. Ahí realiza un profundo análisis psicológico de la mujer y una desgarradora descripción de la sociedad estadounidense, haciendo un ataque radical contra el sistema, develando los valores, costumbres y prejuicios que lo conforman, atrapando a sus miembros “hasta convertirlos en tristes víctimas”.
Pero, indudablemente la obra que lo llevó a la fama fue El lamento de Portnoy de 1969 (Grijalbo, 1969), libro lleno de crudeza y humor, donde aborda la obsesión sexual de su personaje, Alexander Portnoy, quien hace su relato al psicoanalista Otto Spielvogel.
En la vida real Roth se analizó de 1962 a 1967 con Hans J. Kleinschmidt, tratando en lenguaje claro y directo, su adicción masturbatoria y los efectos que tuvo en él su relación con una madre judía sobreprotectora, haciendo una “corrosiva crónica de su iniciación erótica” en los años cuarenta. La manera como Roth presenta una historia personal, con un estilo que a pesar del desenfado es sutil, le permitió evadir la censura que, en otro contexto, hubiera catalogado la novela como pornográfica. He aquí un fragmento genial: “¿He mencionado que cuando tenía quince años, me la saqué de la bragueta y empecé a masturbarme en el autobús 107 de Nueva York?” Su hermana y su novio habían cenado con él y luego lo dejaron en el metro hasta Manhattan. Prosigue: “allí subí al autobús para New Jersey, una vez en el cual tomé en mis manos no sólo mi pene sino toda mi vida, cuando piensa uno en ello”.
En una entrevista publicada en El País (26/10/2014), Roth nos dice: “El lamento de Portnoy fue el cuarto de mis 31 libros. Al escribirlo, sólo pretendía liberarme del escritor que había empezado a ser en mis tres primeros libros. No buscaba una catarsis como neurótico o hijo, como algunos dieron a entender, sino más bien una emancipación de los métodos narrativos tradicionales. Aunque es posible que el protagonista se esfuerce por huir de su conciencia moral, yo trataba de liberarme de una conciencia literaria construida por mis lecturas, mi educación y mi meticulosidad, de mi habitual sentido del decoro prosístico. Mi impaciencia con las virtudes de la progresión lógica hacía que quisiese renunciar al desarrollo ordenado y coherente de un mundo imaginado, y hacía que deseara avanzar atropelladamente, frenéticamente, como el clásico psicoanalizado progresa idealmente en plena libertad asociativa. […] Retraté a un hombre habitado por toda clase de pensamientos inaceptables, a un hombre de 33 años poseído por sensaciones peligrosas, opiniones desagradables, quejas despiadadas, sentimientos siniestros y, cómo no, acosado por la implacable presencia de la lujuria. En resumidas cuentas, escribí sobre la parte antisocial que anida en casi todo el mundo y a la que cada uno se enfrenta con distintos grados de éxito. Aquí logramos oír a Portnoy en la improvisada tarea del paciente de un psicoanalista de llevar bien (o mal llevar) su trastorno.”
En Mi vida como hombre (Holt McDougal, 1974), su séptima novela, Roth utiliza un recurso estilístico genial: separarla en dos partes. La primera, titulada “Ficciones útiles”, consta de dos cuentos: “Candor juvenil” y “En busca del desastre”, cuyo protagonista es Nathan Zuckerman (un personaje que aparecerá en muchas otras de sus novelas) y la segunda parte, titulada “Mi verdadera historia”, es un narrada en primera persona por Peter Tarnopol, un escritor judío que aparece como quien escribió los cuentos de la primera sección, como se dice en la “Nota al lector”. Es evidente que Tarnopol es un alter ego de Roth y que su conflictiva relación con su esposa Margaret Martinson queda reflejada en la de Peter con su esposa Mauren Johnon, que es en la novela una mujer verdaderamente insoportable, celosa y envidiosa. Tal como Zuckerman dice en “En busca del desastre”: “Conocí a la mujer junto a la cual habría de arruinar mi vida”, precisamente cuando Lydia Ketterer cruzó el umbral de la puerta de su salón de clase, donde sería la alumna más dotada del curso, pero con la que llevará un matrimonio desastroso, como consecuencia de su vida, que dese niña no le dio más que humillaciones, traiciones, fracasos y castigos.
Es evidente que las tres historias que componen el libro tienen similitudes y recrean componentes autobiográficos de Roth, donde el narcisismo y el riesgo de la pérdida de los satisfactores necesarios para alimentarlo están presentes. Peter Tarnopol es un “joven profesor universitario de carrera literaria ascendente”, que busca sobreponerse a la inminencia de su ruina moral, que será determinada por su incapacidad para romper los lazos que le unen con su atavismo familiar y cultural, “por su extrema vulnerabilidad ante sus frustraciones matrimoniales, por su inmadurez literaria ante la posibilidad real de éxito”. En la obra —como se dice en su presentación de 1977— “Peter Tarnopol desarrolla toda una mitología personal, narrando los más crudos detalles de su torturada experiencia”. Y esto es aprovechado por Roth para denunciar “el verdadero impulso motor de la sociedad norteamericana de hoy” (que, creo, a años de distancia sigue siendo un diagnóstico vigente), “el malestar social de unos hombres arrastrados hacia el triunfo más allá del límite de su capacidad, para verse finalmente condenados al fracaso irreversible, a la derrota fatal”.
Pero para la fortuna de las letras mundiales, no sólo de los Estados Unidos, Philip Roth no fue un fracasado, y por medio de las letras de estos libros extraordinarios que he mencionado y de muchos otros que no puedo ya mencionar por el espacio, fue capaz de dominar a sus propios demonios, algo necesario para la supervivencia de un judío no practicante. El 22 de mayo de este 2018 murió y, como un detalle remarcable, prohibió en su sepelio cualquier ritual religioso, y sobre todo judío. Habrá que leerlo nuevamente y leer también lo que no conocemos de él.
El Padre Ubú no valoraría sus relatos. De hecho no es un personaje adicto a la lectura y seguramente no entiende la distinción entre “leer” y “ler”. Pero su creador, Alfred Jarry, seguramente hubiera valorado la trascendencia de la obra de Roth, quien fue una gran influencia en mi vida y en mi escaso conocimiento literario.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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