Ismael Ledesma Mateos
En el primitivo reino del Padre Ubú la educación no era un tema importante, como no lo es para los gobiernos neoliberales del PRIAN, por más que se hable ahora de una reforma educativa, que de educativa no tiene nada y que se deriva de la perversa confusión entre gobierno y administración. Mucho menos podría haber existido un espacio para la reflexión de cuestiones trascendentes como la “muerte” en toda su multidimensionalidad. Pero, a pesar de nuestras desgracias, en México aún existen instituciones donde se pueden tratar estos temas con rigor y seriedad.
Durante los días del 16 al 22 de octubre se realizó en El Colegio Nacional el “Encuentro Libertad por el Saber, Pensar la Muerte”, magno evento donde participaron muchos de los miembros de esa institución. Los títulos de todas las actividades realizadas ahí esa semana son de especial interés, en su mayor parte mesas de diálogo, un formato novedoso que da cuenta de los aires renovados que circulan en el bello edifico que cruza la manzana entre Donceles y Luis González Obregón, en lo que fue el antiguo Convento de la Enseñanza durante la Colonia, sede de El Colegio. Ahí se abordaron el domingo: “La muerte, parte de la vida”; “El poeta y la muerte”; “Olvidar es morir: los recovecos de la memoria”; y para cerrar un concierto: “Dante y los mundos más allá de la muerte”, en el extraordinario templo de Nuestra Señora del Pilar de la Enseñanza, a unos pasos de la entrada de El Colegio en Donceles, siendo muy singular que se haya utilizado esa iglesia de especial importancia por estar dedicada a la educación, y edificada sobre las ruinas de lo que fue El Calmecac, la escuela de la élite mexica, y donde del otro lado de la manzana se encuentra la Secretaría de Educación Pública.
El lunes se continuó con “La inmortalidad de la vida”; “La inmortalidad de los genes”; “La inmortalidad de las semillas”; “El suicidio, un problema de salud pública”; “La eutanasia en México”, entre otros. El martes hubo varias mesas agrupadas en el tema: “La extinción y pérdida de las lenguas”; otra sobre “Las extinciones”, que incluyó “La extinción de los dinosaurios”, y una que me encantó, titulada “Señales de vida”, que coordinaron mi gran amigo, Antonio Lazcano Araujo y Alejandro Frank, donde participó el fisiólogo Marcelino Cereijido y el físico —que parecía biólogo— José Luis Mateos Trigos (que resultó ser mi pariente) y donde se dio un interesante debate que pasó por la inexistencia “del alma” hasta las rivalidades de físicos y biólogos.
En los días subsecuentes se abordó: “La muerte en el mundo antiguo”; “Índice de mortalidad en México” (con Guillermo Soberón); “Muertes históricas” (coordinada por Enrique Krauze) y “La muerte en el derecho”; “La muerte en nuestras historias del siglo XX” (coordinada por Javier Garcíadiego); “La muerte y el arte mexicano”; “El colapso de las civilizaciones”; “La muerte de las estrellas”; “El gato de Schrödinger ¿está vivo o muerto?; “Química e inmortalidad”, “La muerte celular”; “Extinciones biológicas: el registro paleontológico y el registro molecular”. En la clausura del evento se ofreció otro concierto en el templo de La Enseñanza, con el nombre: “Come, heavy sleep, Melancolía y muerte en tiempos de Shakespeare, que igual que el inaugural, coordinó Mario Lavista, miembro de El Colegio.
El Colegio Nacional reúne a 40 miembros, que se considera lo más importante de la intelectualidad de México (no confundir con el Colegio de México), fundado en el sexenio de Manuel Ávila Camacho, siendo un símil de Le Collège de France.
Mi relación con la institución está en parte llena de subjetividad, independientemente de su gran significado y relevancia para la vida cultural, científica y humanística de México. A mi salida de la UAP, uno de los más importantes proyectos que abracé fue la elaboración de la obra completa de Isaac Ochoterena, el primer director del Instituto de Biología de la UNAM y uno de los primeros miembros del El Colegio (en 73 años ha tenido 98 miembros, 3 de ellos premios Nobel, 8 rectores —de la UNAM— y un director general del Cinvestav), con una biblioteca de 41,359 libros, 7,612 de ellos en el fondo reservado.
Ochoterena no es santo de mi devoción, no es alguien a quien admire, a diferencia de Alfonso L. Herrera, al que consiguió excluir de la ciencia institucional; pero todo historiador debe ser frío y estudiar todo hecho, todo dato y acontecimiento y la elaboración de esa obra (de la que llevo tres tomos y espero en unos años hacer más) me fue de gran utilidad para la escritura de mi tesis doctoral acerca del conflicto entre ellos y la “institucionalización de la biología en México”. La convocatoria a un concurso para realizar esa obra (pues El Colegio pretende editar las de todos sus miembros) hizo que Toño Lazcano y yo presentáramos una propuesta que resultó ganadora. Y así pasé muchos días y varias noches trabajando en ello, en un lugar realmente estimulante.
El evento de la semana pasada me llenó de satisfacción, sobre todo cuando vi todos los patios del bellísimo recinto (remodelado por el recientemente fallecido Teodoro González de León, que también fue miembro) lleno de público, la mayoría jóvenes, algunos exalumnos míos, sentados incluso en el suelo, pues el Aula Mayor se saturó y se encendieron las pantallas instaladas fuera para poder hacer la transmisión, lo que significa que la difusión del encuentro fue totalmente exitosa. Mi amiga María Elena Ávila, encargada del área de diseño editorial, me dijo muy contenta: “Echamos la casa por la ventana”. Y así fue, se trata sin duda de un evento por demás exitoso del que vale la pena hablar y que por cierto podemos ver en Youtube.
Se adelantaron a las fechas, pero fue bueno, pues en la temporada de muertos no hay actividades y este evento en verdad es histórico, pues en los años que tengo cercanía con El Colegio Nacional no había visto un lleno así. No cabe duda que Lenin no se equivocó y que la propaganda bien realizada es una clave del éxito de cualquier “qué hacer”, sea político, cultural o académico. Otro acierto fue haber conseguido que la revista Time out México publicara un número especial de octubre de 2016 relativo a este evento, anunciando las mesas que se realizarían y sus participantes.
Por razones de trabajo evidentemente no pude asistir a todo, pero lo hice por lo menos a las que para mí fueron de mayor interés, como el domingo la titulada “Olvidar es morir: los recovecos de la memoria”, en la cual participaron Pablo Rudomín, sin duda el más importante fisiólogo mexicano de la actualidad, que a mi juicio sería merecedor del Premio Nobel por haber descrito la inhibición presintáptica en la médula espinal, un aspecto crucial para el entendimiento del control y la regulación de las funciones del sistema nervioso y que tiempo después llevó a que se le reconociera con el premio Príncipe de Asturias.
En esa mesa, moderada por el escritor Juan Villoro, participó Ranulfo Romo, otro importante fisiólogo, miembro de El Colegio, así como el dramaturgo Luis de Tavira, la flautista y literata Anna Margules y la magnífica novelista, cuentista y ensayista Rosa Beltrán. Esa mesa partió de la pregunta: “¿De dónde surge nuestra experiencia?”, así como una argumentación al respecto: “Es una cuestión biológica sobre cómo hacemos que nuestros sentidos se vuelvan exquisitos. Usamos el cerebro para entender la realidad, pero ¿qué pasa con la memoria? Morir es no poder activar estos circuitos cerebrales, es decir, morir es el olvido.”
Escuchar a todos fue realmente estimulante, y sobre todo a Rudomín, a quien admiro desde mis épocas de estudiante de la carrera de biólogo y a cuyos experimentos me pude colar sin ser alumno del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias en mis tiempos de Maestría en Bioquímica. Si alguien puede hablar de esas cosas como fisiólogo es él, con sus experimentos con médula espinal, la preparación de “El gato espinal”, que ya describiré en otra ocasión.
Y de igual manera valió mucho la pena asistir a la mesa “Señales de vida”, moderada por el físico Alejandro Frank, donde el otro organizador, el biólogo Antonio Lazcano Araujo, disertó sobre el origen de la vida, el físico José Luis Mateos Trigos sobre cuestiones de evolución y el fisiólogo Marcelino Cereijido sobre diversos tópicos relacionados, sobre todo con la muerte, dado que es autor de varios importantes libros al respecto: La vida, el tiempo y la muerte y La muerte y sus ventajas (ambos del FCE), aunque al final hubo que quitarle el micrófono, pues, como dijo que afirmaba su abuela: “Cuando Pirincho (su apodo) habla, nadie lo calla.” El motivo de la sesión era la pregunta: “¿La muerte de cada ser vivo es parte de un mecanismo para regular la población, mantener el equilibrio de la biodiversidad y probar nuevos fenotipos?”, que lleva como corolario: “Si la evolución es un árbol al que se le rompen algunas ramas, quizá las hojas arrojadas sean las más notorias señales de vida.”
El Padre Ubú tendrá con seguridad un gran pavor a la muerte, y mucho menos tendría la capacidad de reflexionar en torno de ella. Pero ella es en realidad importante y trascendental, pues la única certeza que podemos tener en esta vida es que moriremos, como dijo Jean Rostand. Pero bueno, sería muy difícil que allá tan lejos, en su raro país, hubieran existido lugares para hacerlo, pero en el nuestro tenemos El Colegio Nacional, con el que me siento orgulloso de haber colaborado y espero próximamente seguirlo haciendo.









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