Ismael Ledesma Mateos
Una de mis peores vivencias fue haber iniciado la preparatoria en el Instituto Madero, al extremo de que cuando paso en un taxi por ahí, siempre le digo al conductor: ¡qué horrible penitenciaría! Pero para mi fortuna, a escondidas de mi familia, presenté el examen de admisión a la Preparatoria Diurna Benito Juárez, a donde entré casi terminando el semestre gracias a la autorización del secretario general de la UAP. No obstante, no todo fue malo en el Madero pues tuve un magnífico profesor de historia universal, un abogado apellidado Cabrera, que utilizaba como libro de texto la Historia universal de Juan Brom, además de otro libro de ese autor: Para comprender la historia, de claro corte marxista, con el que tuve mi primer contacto serio con el materialismo histórico. Luego, ya en la “Benito”, tuve un muy buen profesor de historia de México, René Hernández Ibarra, que me dio a conocer autores como Enrique Semo, Arnaldo Córdova, Cue Canovas, Adolfo Gilly, Anatoli Shulgovski, Alperovich, Rudenko y otros más.
La historia me apasionó desde niño, cuando disfruté mis libros de primaria, sobre todo el de sexto año, cuando mi maestra era mi tía Lulú. Además me encantaban las pláticas con su cuñado, mi tío Miguel (quien tuvo el papel de mi padre) que, siendo abogado, enseñaba historia y literatura en la Normal de Tlaxcala. Entonces pensé en ser licenciado en historia, pero a los doce años se me atravesó el libro de biología de Enrique Beltrán y, al llegar a la sexta unidad, que era “la célula”, donde trataba la división celular, es decir la “mitosis”, decidí ser biólogo, aunque nunca perdí mi interés por la historia. Esas dos ciencias, que ahora conjunto en mi vida profesional, me apasionan.
Al Padre Ubú no le internaría, ni le daría la menor importancia. Como a todos los déspotas dictadores autoritarios, quienes incluso consideran su estudio como una amenaza, un riesgo que puede llevar a la subversión. Y, efectivamente, la historia es peligrosa, así como también lo es la biología, respecto a la cual (haciendo historia) debemos saber que la primera cátedra en México fue suprimida en 1908, por considerarla peligrosa para la juventud y las creencias. Y la historia, pues no se suprime, pero depende de quién la cuente, pues pueden ser puras mentiras o distorsiones ideológicas en beneficio de quien detente el poder.
La historia tiene una posición determinante en mi subjetividad y en mi orden simbólico, y además de lo que he mencionado, tuve otras dos grandes influencias ligadas con la historia: la de mi amiga Leticia Gamboa Ojeda y la de mi maestro, jefe y amigo Alfonso Vélez Pliego, quien dejó la carrera de abogado para ser licenciado en historia. Ellos dos me enseñaron en los hechos a comenzar a trabajar como historiador. Ella con el ejemplo, viéndola trabajar incansablemente, y él de manera directa en las incursiones en los acervos de la Biblioteca Lafragua en el Edificio Carolino y con sus críticas y correcciones a mis primeros escritos en el campo de la historia.
De adolescente leía ávidamente libros de historia, sobre todo de Grecia y Roma, que eran mi pasión, y luego de historia de México, inicialmente en los libros de Alfonso Toro y Aguirre Cinta, pero ya más grande de edad conocí autores fundamentales en términos de la manera de historiar: Edward Hallet Carr, con su historia de la revolución bolchevique, Eric Hobsbawm e Isaiah Berlin, Fernand Braudel, Jacques Le Goff, George Duby, Giovanni Levi, Carlo Ginzburg y Luis González, entre otros. Mi primer artículo académico se publicó en la revista Ciencias, de la UNAM, en 1986 y fue precisamente sobre un tema histórico: “La cuestión de Lysenko”, el macabro personaje que dominó la biología soviética durante el estalinismo y que proscribió la genética mendeliana por el hecho de ser “burguesa”, para lo cual me basé en el libro de Dominique Lecourt: Lysenko, historia real de una ciencia proletaria. Como dije: aunque realizaba una maestría en bioquímica, tenía muy metido el gusano de la historia.
En la vida las cosas se acomodan, como diría Marx, de una manera “físicamente metafísica”, así como “todo lo que es sólido se evapora en el aire”. De esa manera, luego de fundar y dirigir la Escuela de Biología, la cotidianidad de la vida universitaria y mi cercanía con Alfonso Vélez Pliego me volvieron a acercar a la historia, lo que me llevó a publicar un artículo sobre los antecedentes de la biología en Puebla y su Universidad, en la revista Quipú (1990) y tiempo después sobre la base de mi experiencia decidí realizar una tesis doctoral sobre historia, pero desde una perspectiva social, abordando una cuestión crucial para el entendimiento de la situación de la biología en México: la historia de la institucionalización de esta ciencia en el país, abordando el papel de los personajes centrales en ello y su relación de conflicto: Alfonso L. Herrera e Isaac Ochoterena, con dos formas irreconciliables de pensar lo biológico. Así me enfoqué a hacer historia, pero ligada a la biología. ¡Por fin pude conjugar mis dos vocaciones de juventud!
Para poder entender el periodo de la historia de México donde se dio ese proceso, pues es necesario saber historia, no de la ciencia solamente, sino del país. De hecho es una estupidez, un absurdo, separar la historia de la ciencia de la historia en general. Bruno Latour llama a esa verdadera historia “la historia a secas”, que ligo con lo que Michel Foucault llama “la arqueología del saber”, en el sentido de que debemos ser capaces de convertir los documentos en “monumentos” y darles una multidimensionalidad que le dé a la historia una “historicidad” plena, que nos permita comprender su sentido.
Todo esto que escribo tiene que ver con la noticia de que en mi entrañable Salón Barroco del Edificio Carolino dictó una conferencia uno de los historiadores que más admiro, Alan Knight, el autor británico de la mejor historia de la Revolución Mexicana que conozco, quien declaró que “los historiadores deben estar en las decisiones del poder”. Él profesor de historia latinoamericana en la Universidad de Oxford. El tema que abordó es de gran importancia: “Pasado y presente: la trayectoria y función de la historiografía”. Afirma que la historia ayuda a entender el pasado y evaluar el presente, ya que una sociedad sin investigación sería torpe. Se necesita pensar bien, para vivir mejor, en una clara alusión al lema de la UAP.
La biología se constituyó como ciencia en la segunda mitad del siglo XIX y los inicios del XX, y eso coincidió con tres acontecimientos fundamentales en la historia de México: la Intervención francesa, la restauración de la República y el porfiriato. Fue en esos años cuando se dio la labor científica de Alfonso Herrera Fernández y de su hijo Alfonso Luis Herrera López, y para tener claridad sobre la época de la Revolución para mí una lectura indispensable fueron los dos tomos escritos por Alan Knight. En 1998, en un Congreso Latinoamericano de Historia de la Ciencia y la Tecnología presenté una ponencia derivada de mi tesis doctoral: “El conflicto entre Alfonso L. Herrera e Isaac Ochoterena y la institucionalización de la biología en México”. Una colega, bióloga mexicana, que también hace historia, me preguntó al final de mi disertación: “¿Tú eres historiador del Colegio de México?” Yo le contesté: “¡No, soy biólogo de la UNAM!, aunque hago una tesis doctoral en historia.” Y me dijo: “Es que manejas muchas fechas, nombres y situaciones históricas.” Pues sí, ¡no se puede hacer historia de la ciencia si no sabes historia en general!
¿Cómo abordar el proceso de institucionalización de la biología en México sin tener idea del papel de Pastor Rouaix en el gobierno de Venustiano Carranza y la manera como decidió (después de que Herrera convenció a Rouaix) desaparecer el Instituto Médico Nacional y crear en sus instalaciones la Dirección de Estudios Biológicos de la Secretaría de Fomento (una institución dedicada a la investigación biológica) el 2 de octubre de 1915, apenas Carranza tomó la capital?
Desgraciadamente, los historiadores de la ciencia piensan que hay una separación entre ciencia e historia, y no pueden concebir esa “historia a secas” de la que habla Latour. La partición entre sociedad y naturaleza, entre lo humano y no humano, se traslada a la relación ente la ciencia y la historia, que debemos ser capaces de remontar, mirando lo que llamamos “el parlamento de las cosas”, pues humanos y no humanos, en última instancia somos cosas. Latour metafóricamente habla del “Yalta” al que la historia de la ciencia fue confinada, refiriéndose a la repartición del mundo entre la URSS y los Estados Unidos, al fin de la Segunda Guerra Mundial, y acertadamente culpa de ello a la filosofía de la ciencia, que en mucho ha distorsionado la visión de la ciencia.
Es curioso: también estudié filosofía (que no terminé), pero me quedé con la historia y me dedico a la historia y la sociología de la ciencia (de eso como y bebo) y efectivamente creo que la filosofía de la ciencia en mucho ha sido nociva para el entendimiento de la ciencia. Quizás por mi formación de biólogo, prefiero los hechos a la especulación y esos hechos son con los que se trabaja en historia y sociología, que, siendo ciencias sociales, también son ciencias fácticas, como la física o la biología.
No me hubiera gustado fastidiar al Rey Ubú, pues seguramente habría ordenado que me aplicaran “palitroques en las onejas”, ya que no dudo que le molestaría lo que escribo, pero por fortuna no estamos en el reino del Padre Ubú y la Madre Ubú.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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