Ismael Ledesma Mateos
Una de tantas magníficas canciones de Joaquín Sabina es Pastillas para no soñar, que en dos de sus estrofas nos dice: “Si lo que quieres es vivir cien años / Vacúnate contra el azar.” Y en otras: “Deja pasar la tentación / Dile a esa chica que no llame más / Y si protesta el corazón / En la farmacia puedes preguntar: ¿tiene pastillas para no soñar?” Esto me lleva pensar si es posible seguir soñando en un mundo donde cada vez es más patente la pérdida de la esperanza, de pensar en vivir la utopía y de soñar. Cuando tenía 25 años tuve una novia que al verme en plena crisis neurótica me increpó: “¡No puedes hablar así, yo me enamoré de un soñador!”, y a pesar de algunos fracasos, efectivamente muchos de mis sueños se hicieron realidad, como la creación de la Escuela de Biología de la UAP, y luego de ello otros fracasos, pues así es la vida… Pero estoy hablando de algo personal.
Pero aquí, el dejar de soñar en el que pienso es algo más trascendente y corresponde a una época de nuestra historia contemporánea, en este mundo en el que vivimos, donde el panorama es desolador. Basta abrir un diario, en papel o verlo en internet, prender la TV o la radio y sintonizar un noticiero, para conocer de ¡cosas horribles!, que van desde la criminalidad generalizada, hasta cuestiones gravísimas de política internacional; el triunfo de Donald Trump es un ejemplo de ello, así como la guerra en Siria, el papel del paradójico mandatario ruso Vladimir Putin, incluso su intervención en la manipulación de las elecciones de los Estados Unidos, la agresividad de Corea del Norte, el fenómeno terrorista, el papel del llamado Estado Islámico, el imperio del narcotráfico en países como México, o la negativa de muchos colombianos en un referéndum a llegar a un acuerdo de paz, el gasolinazo en el enero mexicano, etcétera.
¿Qué sueños se pueden tener en un escenario así? Tienen un nombre: se llaman pesadillas. Con gran agudeza Oscar Wilde decía: “Nos prometieron que los sueños podrían volverse realidad, pero se les olvidó mencionar que las pesadillas también son sueños.” Y por ello sería mejor en la farmacia preguntar: ¿tiene pastillas para no soñar?
O si no, imaginemos por ejemplo el sexenio actual de Peña Nieto, su inmunda “reforma energética”, su farsa de “reforma educativa” y su estúpido eslogan: “Lo bueno no se cuenta… pero cuenta mucho.”
Así, en un diálogo entre el Rey Venceslao, la Reina le advierte: “¿Pero, vuelvo a repetirlo? ¿Acaso no le he visto en sueños golpeándonos con maza y arrojándonos al Vístula, y un águila como la que figura en las armas de Polonia colocándole la corona en la cabeza? El Rey Venceslao pregunta: ¿A quién?; la Reina responde: Al Padre Ubú. El Rey replica: ¡Qué locura! El señor de Ubú es un excelente gentilhombre, que se dejaría despellejar vivo por servirme. La Reina le responde al lado de Burgrelao, su hijo: ¡Qué error!, pero el Rey no le hizo caso y Ubú tomó el poder, pues hay sueños, que son pesadillas, que se hacen realidad.
También hay sueños bellos, de esperanza, alentadores y de proyectos, por eso en la mente del hombre deben coexistir esos dos tipos de sueños, pero eso implica una dimensión neurobiológica, la del sueño como fenómeno fisiológico y la del sueño como la encarnación simbólica del deseo y de su materialización imaginaria. Se trata de una dualidad que debemos ser capaces de reconocer. No es lo mismo decir “tengo sueño” en el sentido de querer dormir para descansar, a decir, “quiero soñar, pensando en las imágenes que emanan del inconsciente, dando cuenta de él, a manera de una película perfectamente articulada”; y otra es “soñar en la idea de desear y anhelar”. Y “las pastillas para no soñar” de Joaquín Sabina se refieren a esta última apreciación, la del sueño ligado al deseo, a la esperanza y, por qué no decirlo: al goce.
Un impactante acercamiento al soñar lo encontramos en la obra de Calderón de la Barca La vida es sueño, donde poéticamente afirma: “Que el vivir sólo es soñar / y la experiencia me enseña / que el hombre que vive sueña / lo que es, hasta despertar.” Esto nos lleva a reflexionar acerca del problema de qué tanto el hombre puede alejarse del sueño, y no de dormir, sino de imaginar, de idear y de anhelar. Para mí la esperanza es un concepto indisolublemente ligado a soñar, por eso me encantó que Andrés Manuel López Obrador le llamara a la Ciudad de México: la Ciudad de la Esperanza. Decía: “donde los compromisos se cumplen”, y digo yo: ¡y muchos sueños también!
Pero hay momentos en que estamos a punto de tocar fondo. En este momento acabo de ver una nota acerca de la patética fiesta de 15 años de una jovencita llamada Rubí, donde ya hubo un muerto y un herido, y al ver el rostro de ella sólo encontramos desolación, ante la utilización mediática y comercial de una persona inocente. En e-consulta veo, a propósito de toda esta situación espeluznante, una nota que dice: “Ven posible daño a Puebla por de 2 mil millones de pesos, ante la llegada de Trump”. En ese escenario, ¿qué es lo que podemos soñar, si en la esfera de lo privado, como una fiesta de 15 años, como en lo público, las relaciones entre México y Estados Unidos, las cosas son así? ¿Es posible soñar en un mundo mejor?
El destino no existe, pero el azar nos ha conducido a escenarios nada alentadores, donde la perspectiva de soñar con lo bello y con un mundo mejor se va esfumando. Nunca he sido un optimista, y eso de “pensar positivamente” me parece una ofensa a la inteligencia, pero nunca he abandonado la esperanza, como el hada que queda en el fondo de “la caja de Pandora”, cuando todos los males que aquejan a la humanidad han salido de ella; pero en momentos como los que vivimos, a veces creo que la única esperanza posible es la de sobrevivir y lo único que nos queda es el trabajo y el esfuerzo.
Nos queda vivir “el instante” y, como escribió Jean-Paul Sartre en San Genet, comediante y mártir: “quien dice ‘instante’ dice instante fatal: el instante es el envolvimiento recíproco y contradictorio del antes por el después; se es todavía lo que se va dejar de ser y ya se es lo que va a ser; se vive su muerte, se muere su vida; se siente uno mismo y otro, lo eterno está presente en un átomo de duración; en el seno de la vida más plena se presiente que no se hará más que sobrevivir, se teme el porvenir. Es el tiempo de la angustia y del heroísmo, del placer y de la destrucción: baste un instante para destruir, para gozar, para matar, para hacerse matar, para hacer fortuna tirando los dados…”
Este fin de 2016, que ya agonizó, y el inicio del 2017 no presentan nada nuevo. Debemos ser capaces de aprovechar cada instante y hacerlo con rigor y precisión, con eficacia, para mantener viva la llama de la esperanza, lo que me parece mejor que tomar “pastillas para no soñar”, en un mundo crudo, triste y desigual y aún poder soñar, algo que no sean pesadillas.
El Padre Ubú, hablando en sueños dice: “¡Ah! Sire Dragón ruso, tened cuidado, no disparéis por aquí, hay gente. ¡Ah! Ahí está Bordura. Qué malo es. Parece un oso. ¡Y Bugrelao que se me echa encima! ¡El oso, el oso! ¡Ah! ¡Helo abajo! ¡Qué duro es, Gran Dios! ¡No quiero hacer nada! ¡Vete, Bugrelao! ¿Me oyes, estúpido? ¡Ahora Rensky y el Zar! ¡Oh! Van a golpearme. ¡Y la basuracha! ¿Dónde has cogido todo ese oro? Me has cogido mi oro, miserable. Has estado revolviendo en mi tumba que está en la catedral de Varsovia, cerca de la Luna. Estoy muerto desde hace tiempo. Bugrelao fue el que me mató…
Ubú Rey tenía sueños y, por supuesto, pesadillas como la descrita, producto del conocimiento de la forma abyecta como se hizo del poder, como muchos, la mayoría de los autócratas que enfrentamos y enfrentaremos, ellos si deberían tomar “pastillas para no soñar”.









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