Ismael Ledesma Mateos
París es la ciudad que vio nacer al Padre Ubú de la pluma del genial iconoclasta Alfred Jarry, quien con su crítica incisiva cuestionó los estándares de la sociedad burguesa de su tiempo. Ubú Rey, encarnación del autoritarismo despótico, posee una mentalidad que sería congruente con los fundamentalismos de cualquier signo (los de la Yihad, guerra santa en nombre de Alá) o los del colonialismo imperialista, ambos manipulados en el mundo contemporáneo por la lógica del capitalismo salvaje. Ubú estaría de plácemes ante esta lógica de violencia, donde el capitán Bordura podría actuar para permitirle sacar provecho.
Los atentados en París no deben ser considerados como una consecuencia de la confrontación entre la civilización occidental y la barbarie del mundo árabe, ni entre el Occidente cristiano o el Medio Oriente musulmán. No se trata de un problema religioso ni racial, ni de una cuestión del bien contra el mal. Aquí el telón de fondo son los enormes intereses económicos y políticos de grandes potencias de Occidente.
La cuestión es por demás compleja y no puede reducirse al asunto del terrorismo, que es la forma más simplista de abordar una problemática enraizada en siglos de historia, en la que Francia ha ocupado un lugar central. Francia fue por siglos una potencia colonial, desde el siglo XVI hasta la década de los sesenta del siglo XX. Fueron emblemáticas las colonias de la Indochina francesa, que dejó de serlo con la independencia de Vietnam en 1954 y Argelia, donde ese mismo año se inició la guerra para su liberación, luego de 125 años de dominio francés y que concluyó en 1962 con los Acuerdos de Evian, habiendo tenido también bajo su mandato a Líbano y Siria, por acuerdo de la Sociedad de las Naciones (antecedente de la ONU) de 1923 a 1943 o 1946.
En consecuencia de toda su historia, Francia es un país multiétnico y pluricultural donde coexisten numerosas comunidades diversas, con sus propias costumbres, valores y lenguas, muchas de ellas no integradas, a pesar de tantos años, a la cultura francesa, que también es por demás heterogénea. Dentro de ese escenario destaca la cultura musulmana; debe resaltarse la presencia del impresionante Instituto del Mundo Árabe en París, que es con seguridad la institución más importante dedicada a esa cultura en un país occidental. Fue creado en 1980 en un acuerdo de 21 países árabes con el presidente Giscard d’Estaing, con un majestuoso edificio inaugurado en 1987 por el presidente Mitterand.
Francia en general —y París en particular— posee una inmensa población árabe, y de hecho en la ciudad existen varias mezquitas, siendo la principal la que se encuentra cerca del Jardín de las Plantas, en el 5º Distrito de la ciudad, inaugurada en 1926 en homenaje a los musulmanes muertos en la Primera Guerra Mundial, existiendo otra en la zona norte, en Saint Denis, donde ocurrió uno de los violentos atentados recientes. Por todo ello, no puede entenderse un odio islámico en contra de Francia, país en el que habitan bastantes árabes formalmente con todas las libertades y derechos ciudadanos, aunque en los hechos existen matices dignos de valorar, como son el racismo y la xenofobia de los grupos de la ultraderecha francesa, como el comandado por Jean-Marie Le Pen, que sin embargo hasta el momento han permanecido en la marginalidad.
No obstante, en varios momentos han ocurrido atentados por parte de fundamentalistas islámicos, particularmente en este año el ataque al semanario satírico Charlie Hebdo. Pero algo patético fue lo ocurrido la noche del viernes 13 de noviembre, uno de los acontecimientos más pavorosos de la historia reciente de Francia. Los atentados terroristas en París y el suburbio de Saint Denis, donde murieron 137 personas y 415 resultaron heridas, 42 de gravedad, como consecuencia de al menos seis tiroteos y tres explosiones. La organización yihadista Estado Islámico (EI o ISIS, acrónimo en inglés de Islamic State of Irak and Siria) reivindicó posteriormente la autoría de los hechos.
¿Pero realmente se trata de una acción terrorista motivada por un fundamentalismo religioso? ¿Nos encontramos de nuevo en un escenario de la Edad Media en pleno siglo XXI? ¿O será que atrás de ese discurso se enmascaran intencionalidades e intereses que van más allá de la ideología y el fanatismo? Resulta sorprendente la inmediata declaración del presidente de los Estados Unidos, Barak Obama, quien habló incluso antes que el presidente francés, François Hollande. Obama dijo que los atentados ocurridos esa noche en París no son sólo contra “el pueblo de Francia”, sino que “son un ataque contra la humanidad y contra los valores que compartimos…” “Francia —dijo— es el aliado más antiguo que tiene Estados Unidos y estamos con ellos en este difícil momento. París representa los valores atemporales más altos de la humanidad. El pueblo estadunidense obtiene su fortaleza de los lemas de libertad, igualdad y fraternidad.” Obama señaló que trabajará con Francia para llevar a los “terroristas a la justicia”, y recordó que “cuando ataques de este tipo ocurrieron siempre pudimos contar con los franceses. Planeamos estar de su lado de la misma forma”.
Interesante la pronta reacción del mandatario estadunidense, que de inmediato se erige en su papel de policía del mundo, tratando de aprovechar la coyuntura para acercarse de nuevo a una Francia que se ha estado vinculando demasiado con la Rusia de Putin. ¿Se tratará realmente de un atentado terrorista perpetrado por dementes? O más bien algo que se inserta en una intrincada telaraña geopolítica donde ciudadanos inocentes fueron las víctimas.
La reacción del gobierno francés el mismo viernes 13, fue el decreto de un “estado de emergencia” (equiparable a un “toque de queda”) y Hollande anunció el lunes siguiente un cambio drástico de la Constitución para defender a un país que, como insistió, “está en guerra”. El estado de emergencia, prevé registros domiciliarios y detenciones sin orden judicial, y será prolongado tres meses. El paquete considera tres puntos en política exterior: reclamar la ayuda al resto de la Unión Europea, porque el país ha sido “atacado”; promover una coalición única —incluida Rusia— contra el ISIS en Siria y pedir una resolución del Consejo de Seguridad contra los yihadistas. “Esta guerra afecta a todo el mundo, no sólo a Francia.” Se trata, en resumen, de una Guerra Mundial, pero focalizada en contra de un solo objetivo: el Estado Islámico, localizado en región que es rica en petróleo y gas natural.
El gobierno francés atacó de inmediato posiciones del EI, en tanto Rusia ya había atacado con anterioridad esa zona, sumándose a la respuesta contundente. Sin embargo, este enorme despliegue de fuerzas dejará también a más gente inocente muerta, además de la gente desplazada, desterrada y odiada, que ahora tendrá aún menos oportunidades de asilo en otros territorios.
Ante el riesgo del fortalecimiento de una alianza entre Francia y Rusia, los Estados Unidos han intervenido de inmediato, buscando de este modo tener una posición favorable, al momento de adueñarse de Siria.
Edward Snowden, el exempleado de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), ha revelado que los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Reino Unido e Israel (El Mosad) trabajaron juntos para crear el Estado Islámico (el antiguo Estado Islámico de Irak y el Levante, EIIL), organización terrorista capaz de atraer a todos los extremistas del mundo a un sitio, usando una estrategia llamada “el nido del avispón”, informó Gulf Daily News. Con ello debe quedarnos claro que este fundamentalismo terrorista, que tiene la desfachatez de erigirse en un Califato, al mejor estilo medieval, lleva a cabo una “guerra santa” cuyas consecuencias, en última instancia, serán favorables a los imperialismos dominantes en el mundo.
Pero algo que debe aterrorizarnos es que, bajo la bandera de la guerra contra el terrorismo, se exacerbe la fragmentación de la sociedad y se discrimine o se ataque a inmigrantes o integrantes de otras etnias o estratos socioculturales. A mi mente viene entonces el filme La haine (El odio) (1995), dirigido por Mathieu Kassovitz, que narra un día en la vida de tres jóvenes que viven en la marginalidad (un judío, un marroquí y un negro). Al día siguiente de la salvaje golpiza que la policía propina al marroquí Abdel Ichaha durante un motín en un suburbio de París, La Banlieue, como se conoce al círculo que rodea a la “ciudad luz”, que da cuenta de la segregación, el desempleo y la violencia a la que se ven sometidos en una cruda realidad que los llena de ira y tensión vivencial. Se trata de algo que la Francia colonial dejó como legado en Europa y que se vuelve una realidad propia de ese país donde aproximadamente cinco millones de inmigrantes viven en la Francia metropolitana, lo que supone un 8% de su población.
El filme termina diciendo: “C’est l’histoire d’une societé qui tombe et qui au fur et à mesure de sa chute se répète sans cesse pour se rasurer: ‘jusqu’ici tout va bien, jusqu’ici tout va bien. L’important c’est pas la chute, c’est l’aterrissage’” (“Es la historia de una sociedad que se derrumba; mientras va cayendo repite sin cesar para tranquilizarse: ‘hasta aquí todo va bien, hasta aquí todo va bien. Lo importante no es la caída sino el aterrizaje’”.
Este escenario desgraciadamente se generalizará en Francia, donde bajo la justificación del combate al terrorismo se restringirán las libertades en el país cuna de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y aunque el Padre Ubú sea un inmigrante, no lo comprenderá y podrá justificarlo con su mente autoritaria.









No Comments