Ismael Ledesma Mateos
Las universidades públicas son espacios de discusión, debate de ideas y de poder político. Un tema apasionante es la historia de la universidad mexicana, vista desde esa perspectiva. Contra lo que puede pensarse ingenuamente, las universidades no son “escuelotas” cuya única función es la enseñanza y la “preparación” —expresión que detesto, pues no es un guisado— de nuevos “profesionistas” y técnicos. Pero muy por encima de ello, son espacios multidimensionales donde se articulan diferentes funciones y quehaceres. Se trata de un asunto controversial que debe debatirse con rigor, pues conlleva todo el peso de la ideología —entendida como conciencia distorsionada de la realidad y no como las ideas que cada quien posee— que se ejerce como factor de dominación basada en la ignorancia y el engaño.
Partiendo de esas premisas, la reciente campaña noticiosa acerca del narcomenudeo en la Ciudad Universitaria de la UNAM me parece por demás sospechosa. En distintos momentos de la historia se ha buscado utilizar a la universidad como instrumento de acción o distracción política, y qué mejor momento para hacerlo que en la víspera de uno de los procesos electorales más importantes de la historia reciente de nuestro país. Un conflicto en la universidad pública más importante de la nación vendría muy bien a intereses aviesos que buscan evitar a toda costa que se dé una verdadera transición a la democracia y darle un manejo ahora no político, sino ligado a lo delincuencial, sería por demás espectacular, cuando todo mundo es consciente del flagelo que representa el narcotráfico en México.
Para Ubú Rey semejantes problemas jamás se dieron. En sus dominios la universidad no existía, y el ejercicio del poder era arbitrario y directo. No necesitaba de mediaciones engañosas, ni de inventar farsas para enviar al Capitán Bordura a reprimir a quien tuviera discrepancias con su gobierno. El México contemporáneo es otra cosa, pero algo que ayuda al poder omnímodo será la ignorancia, y ¡aquí abunda! En la Polonia utópica del Padre Ubú el uso de las drogas no era algo generalizado, como pasa actualmente en el mundo. Drogas siempre han habido, pero su comercialización voraz en el marco del capitalismo salvaje es un oprobio y el desencanto y la falta de expectativas conducen al incremento en su consumo, lo que genera un gran mercado con poderosas ganancias, que implican desde traslados de grandes cantidades de productos hasta la venta de dosis mínimas a pequeños consumidores que son base de la cadena de adicción.
¿Pero todo esto qué tiene que ver con la universidad? Pues de entrada, se trata de un espacio de jóvenes que inician vivencias importantes y pueden ser proclives a engancharse en el consumo de drogas. Desde los años sesenta se decía que las universidades eran un “nido de drogadictos”, que estaban llenas de “mariguanos” y por eso eran desordenados y subversivos. Algo tiene de verdad, pero lo inaceptable es el sentido que se da a esas palabras. En esa parte final del siglo XX se dieron en el mundo transformaciones trascendentales, que implicaron nuevas formas de ver el mundo, cambios en la manera de vestir, en la música que escuchar y en los patrones de comportamiento. Ligado a ello no podemos dejar de pensar en la frase: ¡“Sex & drugs & rock and roll”!, título de una canción de Ian Dury de los años setenta, que fue una consigna de subversión y reto al orden establecido.
Quienes fuimos estudiantes desde esos años, sea de secundaria, de preparatoria, de universidad o posgrado, no podemos espantarnos del asunto del consumo de drogas y alcohol por los estudiantes. Eso no sería ingenuidad, ni puritanismo sino pura falsedad. Un amigo me contaba cómo en los años setenta en la Preparatoria número 1, cuando aún se encontraba en el antiguo Colegio de San Ildefonso, acudía un estudiante de medicina (o vestido como tal) a vender drogas de diversos tipos. Que alguien nunca las haya probado, o lo haya hecho y decidió no engancharse, o lo hizo y lo dejó es un asunto absolutamente individual, es algo que debe abordarse como un caso particular, sin generalizaciones, por lo que ahora, en pleno siglo XXI, sorprenderse que exista el consumo de esas sustancias entre universitarios no es algo comprensible. Cuando escucho todo este revuelo noticioso acerca del narcomenudeo en la UNAM, una pregunta necesaria es: ¿hasta ahora se detectó?
De ninguna manera puede permitirse que exista narcotráfico en las instalaciones universitarias y de ninguna otra escuela, en ello las autoridades de las instituciones deben actuar de forma enérgica. Habría que contar con información precisa para conocer hasta qué punto se han desbordado actividades delincuenciales en el seno de los campus de la máxima casa de estudios del país, pero algo muy diferente es permitir que se dé una campaña de desprestigio que condujera a que personas ignorantes y malinformadas piensen que la institución es un centro de distribución de droga y carece de los medios para controlar la situación, por lo que debería intervenir la fuerza pública.
La derecha siempre tendrá odio contra la universidad pública, que suele ser concebida como la antítesis de los valores mercantiles y comerciales. Esa visión está presente en el seno de las mismas universidades con discursos como el de las “competencias” y la educación enfocada “al mercado laboral”, lo que choca con una posición crítica y cuestionadora. Para quienes ven así las cosas, la autonomía universitaria ha sido considerada como absurda, que significa una extraterritorialidad, “un Estado dentro de otro Estado”, lo cual es inadmisible. De ahí que este “chisme” del narcomenudeo en la UNAM —que no digo que no ocurra, como en muchas, sino es que en todas las instituciones— se convierte en un pretexto ideal para pedir que el Estado la intervenga, sobre todo ante la cercanía de las elecciones.
Mi experiencia como universitario, desde alumno hasta directivo, me sugiere que se trata de una provocación. El rector Enrique Graue ha sabido actuar con prudencia y cautela, sobre todo ante ataques mediáticos obscenos, que claramente dejan ver la intencionalidad de desprestigiar a la universidad. ¡Narcomenudeo!, ¡drogas en CU! ¡vigilancia ineficaz!, ¡el Estado debe intervenir!, incluso estrenando la Ley de Seguridad Interior. Ésas son barbaridades que se escuchan y forman un telón de fondo de desestabilización. Yo creo que fue una pequeña prueba para medir los alcances de una agresión a la universidad en el contexto de las elecciones que se aproximan. ¡Teoría del complt!, ¡qué horror!, dirán algunos. ¡Sospechosísimo, paranoico!, dirán otros. Como si el gobierno fuera puro y casto, incapaz de maquinar esas perversiones.
Cuando muy joven leí un libro de Victor Serge titulado Todo lo que un revolucionario debe saber sobre la represión, en el que da cuenta de los métodos, procedimientos, técnicas, estrategias y tácticas que permiten montar una provocación que, nos dice, “es una arma de los regímenes en descomposición”. Sobre la base del estudio de la Ojrana (la policía secreta del zar), el autor aborda largamente el tema de la provocación, que no debe ser un elemento necesario de la técnica de toda policía, cuya misión “debe ser controlar, la de saber, la de prevenir. No la de provocar, cultivar o suscitar. En el Estado burgués, la provocación judicial policiaca, casi desconocida en las épocas de estabilidad, toma una importancia creciente a medida que el régimen declina, se debilita, resbala en el abismo”.
En el régimen imperante en México, en franca decadencia, la provocación se presenta como una verdadera amenaza, y una institución de las dimensiones de la UNAM es un territorio proclive para ello. El montaje de una provocación es intrincado, pero operativamente sencillo y el narcomenudeo se presta para ello, pues puede ser realizado por jóvenes marginados, que pueden ser estudiantes o confundidos con ellos. El lumpen, un sector desprovisto de conciencia social, resulta útil para esas tareas, además de las actividades de porrismo, que históricamente se han utilizado en las universidades en contra de los movimientos estudiantiles.
Ubú simboliza las facetas más oscuras del actuar del hombre y su relación con el poder. En estos tiempos políticos, en el caso particular de México, la maldad y la perversión política pueden hacerse presentes y manifestarse en contra de la libre expresión de la voluntad del electorado. La insistencia en “el voto libre” y la equidad en el proceso, también resulta algo sospechoso, digno de los malos consejos de la Madre Ubú para evitar un cambio de régimen.
¡Para mí es suficiente!









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