Ismael Ledesma Mateos
La muerte (¡desdicha fuerte!) es una frase emblemática de Pedro Calderón de la Barca en “La vida es sueño”. Pensar en la muerte es determinante para quien estudia la vida, el biólogo. Se trata de un binomio que implica una unidad indisoluble: vida y muerte, lo cual se liga a la biografía. En historia el entendimiento de los procesos existenciales de los individuos es importante: saber cómo se formaron, qué influencias tuvieron, qué autores fueron importantes en sus vidas y en su manera de ver el mundo, sus ancestros, familiares, odios u rencores son algo que debe siempre ser considerado en el estudio de un personaje y de la época en la que realizó sus obras y contribuciones. Son lo hombres los que hacen la historia, y ellos son lo que hacen.
La biografía, sin embargo, fue un género despreciado, denostado, que muchos historiadores dejaron de cultivar. Ahora nuevamente ha retomado su auge. El conocer la vida de los individuos, su formación, sus valores, incluso sus fobias, filias y vicios es crucial para entender el mundo en que vivimos. Hace unos minutos, luego de una noche de insomnio horrenda, pensé en cómo el proceso de tu vida personal te marca y, como dice el psicoanálisis, clásico: “infancia es destino”.
Y pensé en el Che Guevara y cómo durante el proceso revolucionario era el más violento y mesurado al mismo tiempo. Muy diferente a Fidel Castro, más frío y calculador… Pero en mi mente lo que pasó es que el Che Guevara era asmático y eso implica estar cerca de la muerte desde la infancia, tenerla frente a tu cara en el espejo durante el insomnio; yo fui asmático también, no lo soy desde los 15 años, pero eso implica que puedes morir mientras duermes. El Che no se curó e incluso en la Sierra Maestra, en plena acción guerrillera tenía que usar su inhalador antihistamínico para seguir en combate. Pero esa cercanía con la muerte da una fortaleza enorme. Como diría Calderón de la Barca: ¡que hay quien intente reinar viendo que ha de despertar en el sueño de la muerte!
Más que la faceta política, hay que pensar en la biografías, como la de Porfirio Díaz y los datos que menciono de Ernesto Guevara de la Serna, (el Che), alguien que desde niño tenía conciencia de la muerte y que decidió ser médico pensando en la vida y que se vino a México a estudiar y realizar investigación en microbiología en el Instituto Nacional de Cardiología y se salía en las noches a dar consultas gratis y los fines de semana a bailar con sus compañeras de los laboratorios y hacer chambas de fotógrafo para conseguir una lana complementaria. Todo esto me lo contó su compañera, la doctora Rosario Núñez Rosano, quien en esa época hacía su tesis de bioquímica y que lo conoció. Pero alguien así, como el Che, que conoce la muerte desde niño también sabe ya como microbiólogo que una bacteria mata y hay que matarla con un antibiótico, como después sabía durante la revolución que a los enemigos hay que matarlos “un plomazo”. Antibiótico o plomo, para el caso da lo mismo, eso es parte de la biografía del gran héroe de la revolución cubana, ¡un argentino!
Un historiador que ha reivindicado a la biografía en México es Enrique Krauze, quien realizó como tesis doctoral un muy importante trabajo titulado Caudillos culturales de la revolución mexicana, donde inicia el enfoque que ha sido tono en muchos de sus escritos, como la obra fundamental Biografía del poder. Tomando ese ejemplo, me propuse hacer una Biografía del saber, y he trabajado a importantes biólogos mexicanos, principalmente a quien he dedicado buena parte de mi vida: Alfonso Luis Herrera, el introductor de los conceptos y teorías fundamentales de la biología en México.
Otro es Isaac Ochoterena, personaje controversial, que fue dañino para la ciencia mexicana. Otro Enrique Beltrán, el primer biólogo profesional de México (el título era Profesor Académico en Ciencias Naturales, por la Escuela Nacional de Altos Estudios de la Universidad Nacional de México). Y posteriormente la vida y obra de tres grandes fisiólogos mexicanos: José Joaquín Izquierdo, Arturo Rosenblueth y Ramón Álvarez-Buylla, procedente del exilio español consecutivo a la guerra civil. También espero poder seguir estudiando a personajes contemporáneos, como el Dr. Raúl N. Ondarza, biólogo, fundador de la cátedra de Biología Molecular en la Facultad de Ciencias de la UNAM, fundador de instituciones como varios centros del Conacyt, o al Dr. Pablo Rudomín, miembro de El Colegio Nacional, investigador del Cinvestav y gran figura de la neurofisiología mundial.
Cuando escribía mi tesis doctoral a finales de los años noventa, busqué retomar el enfoque biográfico que nos da cuenta del transcurrir del tiempo, entre el inicio de la vida, la muerte, las obras y lo que se hace, y puse especial atención a las trayectorias biográficas de los dos personajes elementales en mi tema de investigación: El conflicto entre Alfonso L. Herrera e Isaac Ochoterena y la institucionalización de la biología en México, donde lo biográfico aparece como algo avasallador. Uno era hijo de un científico que participó en la defensa de la nación contra la invasión francesa y fue privilegiado en el orden porfirial, hasta que fue destituido como director de la Escuela Nacional Preparatoria (el segundo) por no reprimir una revuelta estudiantil; el otro, su enemigo, era hijo de un militar, sin formación académica. Además, como les digo a mis alumnos, poner la fecha de nacimiento y muerte de cada personaje no es un dato de erudición o cultura general.
La fecha de nacimiento es fundamental en la biografía, pues nos da un elemento de ubicación temporal; no es lo mismo haber nacido como Herrera en 1868 ha haber nacido como Ochoterena en 1885; los tiempos cambian y con ello las visiones del mundo y las formas de entender la realidad. Yo nací en 1960 y quienes son mis alumnos no pueden fácilmente ver las cosas como yo. Como dice la canción de Ana Belén y Víctor Manuel: “… doscientos estudiantes inician la revuelta, son los años sesenta. Ahí esta la puerta de Alcalá / y ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo la puerta de Alcalá”. Haber sabido a los ocho años de la matanza del Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968 es impactante, lo que va unido al conocimiento de la represión en mayo de ese año a los estudiantes en París y la Primavera de Praga en Checoslovaquia, lo que no te puede permitir ser indiferente ante la necesidad de un cambio revolucionario. Aquí también escribo algo que tiene que ver con una biografía: ¡la mía!
Es interesante estudiar el desdén por la biografía en la historia, que tiene que ver con un enfoque positivista que busca eliminar el componente subjetivo y motivacional en los acontecimientos, como si lo humanos fuéramos máquinas. El amor, el odio, el rencor, la caridad son inseparables de toda acción humana, y el acto humano más importante es la política.
Cuando estudiaba el doctorado me encontré con un artículo publicado en la magnífica revista Annales, Historire et Sciences Sociales, famosísima por dar a conocer una manera distinta de hacer la historia. Estaba escrito por Giovanni Levi y se titulaba “Les usages de la biographie”, donde retoma el valor de este enfoque en la investigación. Para la tesis que yo estaba realizando fue de gran utilidad. Y luego me topé con el libro de Mario Biagioli, Galileo courtier (Ya lo hay en castellano: Galileo cartesiano), que nos da cuenta de una faceta apasionante de la vida de este astrónomo, cuya imagen ha sido manipulada por siglos para atacar a la iglesia católica, acusarla de ser enemiga de la ciencia e impulsora de un “oscurantismo”, cuando lo que en realidad pasó con Galileo fue un conflicto de intereses entre los astrónomos clérigos de la Corte contra alguien que no era de su grupo. Lo que se llama inconmensurabilidad socioprofesional. Si vemos la biografía de Galileo, resulta que era amigo del papa, pero los intereses gremiales ligados al poder eran más fuertes. Aquí tenemos otro ejemplo de que la biografía y la política deben verse de manera conjunta.
En esos años también leí Pasteur: Una ciencia, un estilo, un siglo de Bruno Latour, quien luego fue mi maestro en París y que expone las facetas más oscuras de ese sabio tan admirado. Otro texto suyo que es extraordinario se titula “Pasteur: el teatro de la prueba”. Desmonta su manera de proceder, así como en su libro: Microbes, guerre et paix, donde analiza el proceso que se conoce como “la pasteurización de Francia”, donde adquirió un poder enorme. La biografía de Pasteur fue un recurso metodológico para entender el desarrollo de la ciencia por conducto de la acción de un hombre, lo cual no debe perderse de vista.
Cuando alguien crea una institución, como Herrera al fundar en 1902 la primera Cátedra de Biología y en 1915 la Dirección de Estudios Biológicos, está apostando todo lo que puede tener en ese momento. Y ahí la historia personal es crucial e implica entender el ciclo que es la vida y la muerte. Herrera fue académicamente e institucionalmente excluido por razones políticas; murió para la ciencia establecida, pero siguió haciendo ciencia en la azotea de su casa, en el laboratorio donde murió trabajando acerca del origen de la vida.
Por eso la muerte, la vida y la biografía no pueden desligarse. Pero con seguridad el Padre Ubú no pensaba en la muerte, ni en la vida, y menos en la biografía. Y por ello fue mediocremente feliz, ¡mientras le duró el poder!
¡Vamos a interrumpir aquí!









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