Ismael Ledesma Mateos
En La vida es sueño Pedro Calderón de la Barca escribe: “Sueña el rey que es rey, y vive / con este engaño mandando, / disponiendo y gobernando; / y este aplauso, que recibe / prestado, en el viento escribe, / y en cenizas le convierte / la muerte, ¡Desdicha fuerte! / ¿Que hay quien intente reinar, / viendo que ha de despertar / en el sueño de la muerte?”
La muerte llegará, se sabe cómo, pero se ignora cuándo y en qué condiciones. Las diversas cosmovisiones le han otorgado un lugar especial. Hay incluso culturas que de manera expresa han construido sus formas de vida y organización social en torno a sus concepciones sobre la muerte y el morir. Ante esta evidencia, Sigmund Freud señaló que es precisamente la cultura lo que se erige como defensa contra la muerte.
Al Padre Ubú la muerte la parecería algo intrascendente, su carencia de sensibilidad haría que no le diera importancia, como todo autócrata que no tiene conciencia de la finitud de la vida. Algo muy diferente a otros, que hemos vivido al lado de la muerte toda nuestra existencia. Como niño asmático estuve varias veces al borde de la muerte y cuando adolescente en secundaria cargaba siempre una ampolleta de adrenalina y una jeringa para usarla en caso necesario, al borde de la muerte. Y en mi juventud política en el Partido Comunista en la UAP, sabía que tenía muy cerca a la muerte y en vez de la ampolleta lo que tenía siempre conmigo en esos años era una pistola, la primera que tuve, una Walter PPK calibre 32. Luego en mi formación de biólogo, estudiaba la vida, pero estaba siempre cerca de la muerte: ¡vaya que maté animales y otros bichos para mis experimentos! Hoy pienso en la novela de Malcolm Lowry, Bajo el Volcán, que ocurre un día de muertos en Cuernavaca y el alcohol que mata al protagonista, el excónsul británico Geoffrey Firmin.
Para un biólogo hablar de vida implica la contrastación con la muerte. La vida está llena de contenido. La muerte implica ¡la nada que anonada! Sin embargo, la nada no es un conjunto vacío. Es algo que implica múltiples determinaciones. Hay organismos como las bacterias, levaduras y amibas que están formados por una sola célula, y que son virtualmente inmortales. Por supuesto, podemos matarlos usando antibióticos, hirviendo el caldo en que viven o calentando a 200 grados centígrados las gasas e instrumentos de cirugía en cuyos resquicios se podrían haber metido. Pero si bien pueden morir, por esas causas ajenas a su funcionamiento biológico, normalmente un organismo unicelular no muere: cumplido su ciclo vital, simplemente se divide en dos hijas que continúan viviendo y no queda ningún “cadáver.”
En cambio, cuando una célula forma parte de un organismo multicelular su destino final no es necesariamente dividirse en dos hijas sino que puede morir programadamente. Lo que es en la actualidad una idea incontrovertible.
El diccionario de medicina Dorlan define la muerte como “cesación de la vida. Suspensión permanente de todas las funciones vitales corporales… cesación irreversible de la función cerebral total, de la función espontánea del aparato respiratorio y del aparato circulatorio”.
Las células pueden sufrir dos tipos de muerte. La primera llamada “necrosis”, que resulta de una circunstancia fortuita, que puede consistir en la obstrucción de una arteria nutricia o la exposición a una circunstancia extrema, como una quemadura, traumatismo, exposición a una sustancia. El segundo tipo de muerte se denomina “apoptosis”. El término proviene del griego y significa “desprendimiento de los pétalos de una flor”. Es una muerte celular programada, es decir, no ocurre accidental ni patológicamente, sino en cumplimiento de un plan normal y previsible, que ocurre en un momento preciso de la existencia de los organismos. El concepto de apoptosis (no así su nombre) había sido usado con toda claridad por los histólogos de hace más de un siglo al detectar que, en diversos momentos del desarrollo de los embriones, ciertas células eran regularmente eliminadas, es decir, sus muertes tenían que ocurrir.
El estudio de la apoptosis cobró un formidable impulso hace algunos años, al conocerse que la apoptosis implica la puesta en juego de un conjunto coordinado de genes. Los genes letales se encuentran presentes, por ejemplo, en un charco de ranas en el que los renacuajos nadan propulsándose con la cola. Llegando el renacuajo a cierta altura de su desarrollo las células de la cola se suicidan ordenadamente, los renacuajos desaparecen y se convierten en adultos anuros. Este proceso es similar a los que se llevaron a cabo en nuestros cuerpos durante la gestación en el útero, cuando las células del pronefros (el antecedente de los riñones) entra en apoptosis pasando a desarrollar el mesonefros, que en su turno tendrá un proceso de suicidio celular para dar origen a los riñones.
Cuando éramos fetos también teníamos los dedos unidos por una membrana interdigital, como las ranas o los patos; de niños teníamos un gran timo, que desapareció debido al suicidio de sus células, y toda la vida estamos recambiando células gracias al suicidio celular.
Estos suicidios poseen las siguientes peculiaridades:
1) Ocurren justo cuando se les necesita, en un momento demasiado preciso para ser considerados fortuitos.
2) Cada estructura molecular o celular es desmembrada por enzimas “cómplices” específicamente sintetizadas para llevar a cabo la eliminación sin dejar rastros.
3) Generalmente esos cómplices son siempre los mismos, ya que al tratarse de suicidios celulares de distintos tipos y edades del organismo, siempre estuvieron presentes en el lugar del suicidio.
4) Son por lo demás cuidadosos y pulcros, no dejan rastros, no queda ningún cadáver celular ni dañan a las células vecinas.
5) Los cambios que sufre la célula suicida ocurren en cambios demasiado regulares como para ser espontáneos.
6) Hay agentes externos que siempre se presentan, por lo tanto no pueden declarase inocentes.
7) Los suicidios contrastan con otros procesos de muerte celular verdaderamente accidentados (necrosis).
Una de las ventajas más obvias de la muerte, en este caso celular, es el desarrollo armónico de un organismo. Si por deficiencias genéticas o por manipulaciones experimentales se impiden esas muertes celulares la consecuencia no es la vida eterna sino la monstruosidad o el desarrollo de tumores, pues las células comienzan a multiplicarse y diferenciarse de maneras anormales. Hoy se conocen varias instancias en las que los genes letales se quedan como sordos, como si no escucharan la orden de activarse o la escuchan pero los procesos que deben ejecutar sus mandatos no los obedecen y la célula es desconectada de la homeostasis celular: crecen anárquicamente y dependiendo de la situación, pueden interrumpir la formación de un tejido, de un órgano normal, o formar por su cuenta un masa tumoral.
Hay células cancerosas que producen su propia orden de no morirse: lanzan al medio algunos factores, que luego ellas misma reciben y así consiguen seguir vivas y reproducirse. Sin embargo, la muerte de los organismos es algo distinto. Si de lo anterior pensamos que los organismos mueren porque sus células entran en apoptosis, estaríamos equivocados.
No sería algo completamente equivocado si por alguna razón patológica de pronto se activaran los genes de la muerte de las células de algún órgano o sistema vital, por lo que el organismo moriría, pero no sería una forma normal de morir. Lo normal es morirse de algo anormal: no existe la muerte por vejez. Toda autopsia bien hecha revela alguna patología que causó la muerte, siempre se encuentra alguna anormalidad, algo que falló.
Las definiciones clásicas de la muerte poco o nada aportan al esclarecimiento de la cuestión. Así ocurre cuando, por ejemplo, se dice que la vida es el conjunto de funciones que resisten a la muerte, lo que implica, a pesar de su evidente verdad, no decir nada. Littré concebía la muerte como “el fin de la vida”. Pero decir que la muerte es lo contrario de la vida es evidentemente una verdad de perogrullo que nada dice.
Para un individuo complejo, la cuestión de la muerte aparece bajo un luz paradójica; por ejemplo, un condenado al que se le acaba de cortar la cabeza, diremos que está muerto en el más puro sentido común, pero en él nada está muerto, ni siquiera el cerebro: todo morirá poco a poco, órgano por órgano, célula por célula.
Evidentemente la perspectiva científica de la muerte es completamente distinta de aquellas de la filosofía y de las religiones, en las cuales el criterio de la muerte implica la partida de un alma; pero las células no tienen alma… y para el pensamiento neurobiológico derivado de la fisiología bernardiana el cuerpo se explica por sí mismo y la muerte implica el cese completo de los procesos electroquímicos que constituyen el sustento de la vida, pues ¡el alma no existe!
Hoy en día de muertos, no puedo dejar de pensar en la muerte de mi tía Lulú y de mi tía Licha, dos acontecimientos que convulsionaron mi vida recientemente, tal como ocurrió en 1968 con mi abuelo que murió en mis manos, con mi abuela “Mama Anita”, mi tío Miguel, mi tía Carmen, mi madre y mi tío Jorge y, bueno, como no soy insensible como Ubú Rey, esas situaciones alteran mi existencia aunque me hacen pensar que la vida sigue y, como escribió Sartre en San Genet comediante y mártir: “quien dice ‘instante’ dice instante fatal. El instante es el envolvimiento recíproco y contradictorio del antes por el después: se es todavía lo que se va a dejar de ser y ya se es lo que se va a ser; se vive su muerte, se muere su vida. Se siente uno mismo y otro. Lo eterno está presente en un átomo de duración: en el seno de la vida más plena se presiente que no se hará más que sobrevivir, se teme al porvenir. Es el tiempo de la angustia y del heroísmo, del placer y de la destrucción…”
Al escribir esto escucho la canción de Patricia Kaas: Quand j’ai peur de tout (Cuando yo tengo miedo de todo), una de mis rolas favoritas. Y entre todo, a lo que más miedo tengo es a la muerte.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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