Ismael Ledesma Mateos
Que aprobó el parlamento europeo / una ley a favor de abolir el deseo /
Que falló la vacuna antisida / Que un golpe de Estado ha triunfado
en la luna y movidas así… Joaquín Sabina
La invención de las vacunas es sin duda uno de los acontecimientos más trascendentes en la historia de la humanidad, que en su tiempo antecedió al conocimiento de los antibióticos y que permitió el control de enfermedades devastadoras. Un ejemplo histórico fue el papel de la viruela (un actor no humano) en la derrota de los mexicas, que permitió la conquista española. La epidemia asoló Tenochtitlan en 1520, llevando a la muerte entre 2 y 3.5 millones de indígenas, según historiadores; entre ellos, el tlatoani Cuitláhuac sucumbió por esta nueva enfermedad llegada de Europa. Esto nos permite percatarnos de las graves consecuencias de una enfermedad no controlada y sin cura.
La historia de la vacunación data del siglo XVIII, cuando en 1768 Edward Jenner (1749-1823), un estudiante de medicina, escuchó que una campesina del condado de Berkeley en Escocia decía que ella no podía padecer la enfermedad llamada viruela, pues ya había sido afectada de ésta por el ganado vacuno. Jenner, después de graduado, dedicó muchos años de investigación al estudio de la vacunación, y el 14 de mayo de 1796 inoculó al niño James Phipps la linfa de una pústula de viruela obtenida de la ordeñadora Sara Nelmes, quien había contraído la enfermedad.
Posteriormente, para comprobar la eficacia de la vacunación inoculó al mismo niño con viruela humana y éste nunca enfermó. Sus resultados los publicó en junio 1798 en una obra titulada Variolae Vaccinae, después de veinte años de una investigación que lo llevó a desarrollar una variante en la práctica inoculatoria basada en la observación empírica de que las personas infectadas por viruela desarrolladas en el ganado vacuno se hacían resistentes a la viruela humana, por lo que a la técnica jenneriana se denominó vacuna, y por ello su descubridor será reconocido mundialmente como el iniciador de la vacunación.
Cerca de dos siglos más tarde se declarará oficialmente la erradicación de la enfermedad por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) durante la XXXIII Asamblea Mundial de la Salud celebrada en Ginebra el 8 de mayo de 1980, tras la aparición del último caso de viruela que tuvo lugar en Somalia en 1977.
Una segunda etapa en la historia de las vacunas fue introducida en la década de 1880 por Louis Pasteur, quien desarrolló vacunas para el cólera aviar y el ántrax. Para comprobar la efectividad de la vacuna antiantráxica en 1881 llevó a cabo una audaz y espectacular demostración pública en la granja de Pouilly-le-Fort inoculando bacilos atenuados de ántrax a 24 ovejas, una cabra y cuatro vacas e infectando a un lote igual. El resultado: las vacunadas sobrevivieron y todas las infectadas murieron. Luego de ello, en 1882 comenzó a desarrollar la primera vacuna contra la rabia y en 1885 Pasteur la administró a Joseph Meister, un niño de nueve años de edad, y le salvó la vida. A partir de ese momento la vacunación es una base fundamental de la medicina preventiva, un conocimiento no médico sino netamente biológico, base de una de las disciplinas de la biología que es la inmunología.
Cuando se inicia la vacunación, no se tenía idea de los principios de su funcionamiento. Una vacuna es una preparación destinada a generar inmunidad adquirida contra una enfermedad estimulando la producción de anticuerpos. Su surgimiento tuvo un papel determinante en la historia; por ejemplo, en el siglo XIX en Francia tuvo un gran peso político para la consolidación de la 3a República, que se valió de ella, junto con el higienismo, para acercarse a grandes sectores de la población, convirtiendo las campañas de vacunación en campañas políticas que buscaban vacunar al pueblo en contra de la mentalidad imperial. Se trató de una verdadera revolución del conocimiento, que venía de una biología naciente, pero fue de inmediato apropiado por la medicina, con gran impacto social y político. De ahí que desde sus inicios el problema de la vacunación está ligado a múltiples controversias.
En el siglo XIX, en 1890 se produjo la primera vacuna para el tétanos, en ese mismo año para la difteria y después contra la peste. Ya en el siglo XX, en 1926 se elaboró una vacuna para tos ferina, en 1927 la vacuna para la tuberculosis; en 1937 una para la fiebre amarilla. Ese mismo año una para el tifus, en 1945 una para la gripe y en 1954 una para la encefalitis japonesa. Un enorme avance fue que en 1952 se inventó primera vacuna para la poliomielitis desarrollada por Jonas Salk, probada por primera vez en ese año y dada a conocer el 12 de abril de 1955. La vacuna Salk contra la poliomielitis consiste en una dosis inyectada de poliovirus inactivados (IPV). Pero algo trascendental fue la preparación de una segunda vacuna, ésta de tipo oral, desarrollada por Albert Sabin, usando poliovirus atenuados (OPV). Los ensayos clínicos de la vacuna Sabin iniciaron en 1957 y fue autorizada en 1962. Por medio el uso de las dos vacunas se logró la erradicación de la poliomielitis en la mayor parte del mundo y se ha reducido la incidencia de 350,000 casos estimados en 1988 a 37 casos reportados en 2016.
Pero la ciencia es indisoluble de la sociedad y por ende los actores involucrados tienen reacciones diversas, producto de factores ideológicos, que han hecho que desde sus inicios la vacunación haya afrontado posiciones adversas, iniciadas en el mismo siglo XVIII y que paradójicamente en el siglo XXI se han intensificado. En una caricatura, el satírico artista británico James Gillray capturó la escena en un hospital inglés mostrando cómo a varios pacientes les crecían en algunas partes del cuerpo partes de las vacas de las que se extraía el humor corporal, que en tiempos actuales diríamos que lleva “la cepa del virus debilitado”. La caricatura se inspiró en la controversia sobre la inoculación contra la temida enfermedad, la viruela. Los enemigos de la vacunación habían descrito casos de vacunados que desarrollaban características bovinas y esto fue plasmado, de manera magistralmente exagerada por el artista. El fenómeno antivacunas procede desde los inicios de la vacunación, por prejuicios religiosos e ignorancia, que son el sustento de esa cruda realidad; pero no es lo mismo la ignorancia y la falta de información científica en el siglo XVIII, o los aviesos intereses de la comunidad médica del siglo XIX, a la realidad impactada por la contundente evidencia científica desarrollada en el siglo XX y en lo que va del XXI.
La ciencia, siendo un producto histórico y social enfrenta vicisitudes controversiales. Como escribió Pablo Linde (El País 27 de junio 2015): “En este mundo extraño conviven quienes piensan que Elvis sigue vivo, los que niegan que el hombre pisase la Luna y los que creen que el ser humano y los dinosaurios coexistieron. También están los antivacunas. A diferencia de los anteriores, estos últimos pueden convertirse en un peligro para la salud pública.” Como ya se ha afirmado: los “antivacunas” son, junto a la obesidad, la contaminación, el ébola, el dengue y el sida, las más grandes amenazas a las que la Humanidad se enfrentará en 2019, según estima la Organización Mundial para la Salud.
En efecto, es sorprendente el auge de un fenómeno social de esa naturaleza, que debe ser objeto de estudio de la sociología y de los estudios sociales de la ciencia y de la tecnología, y que podría denominarse como una nueva infección: la del “virus de la desinformación humana”, que involucra lo que podría considerarse una psicosis masiva. En el siglo XVIII ocurría por prejuicios, en el XIX por ideología e intereses económicos (los médicos se oponían a la vacunación, pues si no había enfermos a quién curarían); la vacuna se identificó con la República y la medicina tradicional con el conservadurismo y el Imperio. En el siglo XX de nuevo con prejuicio, visiones ideológicas y el auge de nuevas religiones. Pero, para morir de espanto, esto se ha recrudecido en el siglo XXI.
Se trata de una controversia científica y tecnológica pública, donde, ya con argumentos rebuscados los “antivacunas” sostienen que: 1) las vacunas causan enfermedades idiopáticas como el autismo, la muerte súbita del lactante, disfunciones inmunológicas, desórdenes neurológicos, daño cerebral o déficit de atención; 2) existen lotes de vacunas contaminados y la inmunización simultánea contra varias enfermedades aumenta el riesgo de padecer un efecto adverso; 3) las vacunas disminuyen la inmunidad, mientras las enfermedades que suceden naturalmente ayudan al sistema inmunológico a prevenir enfermedades como el asma o la dermatitis atópica, y la vacunación interfiere este beneficio; 4) no se informa de todas las reacciones adversas provocadas por las vacunas; 5) las enfermedades contra las que vacunamos han desaparecido y hay alternativas homeopáticas para tratarlas; 6) la política de vacunaciones está motivada por los beneficios económicos de las industrias farmacéuticas; 7) la vacunación constituye una violación de los derechos civiles; y 8) en las vacunas se usan tejidos provenientes de embriones humanos, o incluso de animales como cerdos y monos y su inmundo ADN. ¡Qué horror!
Se trata de argumentos sin un verdadero fundamento científico, que por desgracia son aceptados por sectores sin una escolarización seria y que al momento están mostrando consecuencias, como son los brotes de sarampión en Estados Unidos y otros países de Occidente, lo que podría ampliarse a la aparición de otras enfermedades erradicadas por la vacunación, pues se trata de fenómenos de poblaciones. Aquí vemos el efecto de la irresponsabilidad, en buena parte mediática y de una ignorancia que se convierte en criminal. Hay quien pudiera decir que se trata de una cuestión de ética y de decisiones personales. ¡No!, eso no es un argumento para acabar vidas, cuando existen los conocimientos científicos para evitarlo y las cuestiones moralinas no pueden anteponerse al conocimiento científico ni a los logros derivados de ello para el bien de los pueblos.
Al Padre Ubú de nueva cuenta no le interesarían estos asuntos, pues en su reino los virus más importantes eran el de la codicia y la avaricia, que había aislado para sí mismo, aunque jamás se vacunaría contra ellos, y si hubiera estado bien informado vacunaría a todos sus súbditos, pues entonces esa codicia y esa avaricia serían sólo para él y la Madre Ubú, y quizás convidaría lo necesario al Capitán Bordura, pues el poder no es para compartirse.
¡Vamos a interrumpir aquí!









No Comments