Ismael Ledesma Mateos
En el Reino de Ubú, a pesar de su autoritarismo, no ocurrirían los patéticos acontecimientos que se dan en México y cualquier situación fuera de control el Capitán Bordura la solucionaría con violencia. Ese Estado monárquico no es lo deseable de ningún modo, como tampoco lo es un remedo de democracia disfuncional, donde caricaturas del Padre Ubú proliferan como metástasis, ¡tal como sucede en México!
La noticia de la masacre en el penal de Topo Chico, en Nuevo León, es una imagen radiográfica de la situación del país que no puede llevar a otra conclusión: nos encontramos ante un Estado fallido. Al final del siglo XX tuvimos en México la gran expectativa de la transición a la democracia; lo que ocurrió en los hechos fue un cambio de partido en el poder, donde la orientación derechista neoliberal se mantuvo. Del partido político mafioso y gelatinoso, a un partido de centro derecha, que resultó ya en el poder tan mafioso y corrupto como el otro. Los sexenios de este siglo, del 2000 de Fox al 2016 de Peña Nieto se han caracterizado por la torpeza, el desatino y la falta de talento político, llegando a extremos risibles, una caricatura de lo que debe ser la política.
El panorama de la vida nacional es deprimente, desde la inoperancia del sistema de partidos hasta la estupidización futbolera. Como diría la canción de Chico Buarque: “aquí en la tierra están jugando y gritan gol!… a veces llueve y otros días brilla el sol, pero yo quiero decirte que la cosa aquí está negra…” ¡Y vaya que está negra! El narcotráfico infiltrado en todos los ámbitos de la vida nacional, la corrupción galopante, la pérdida de nuestra soberanía energética, con la concomitante caída de los precios del petróleo, la devaluación del peso, la demagogia, el ridículo copete de Peña Nieto, la estúpida cantaleta de la reforma educativa, con su secretario-candidato Ñoño y etcétera, etcétera, ¡con todo lo demás! Ni con un Doctorado en Patafísica es posible entender esta cruda realidad.
Con cerca de 200 años de existencia, nuestra joven nación se encuentra en una situación de ingobernabilidad plena. ¡Joder!, ¡ni siquiera la mujer del presidente respetó el protocolo en lo referente a su vestimenta en la llegada del papa Francisco al hangar presidencial!, evento que coincidentemente se empalmó con la atroz noticia de la matanza de reos en el penal de Topo Chico en Monterrey, Nuevo León, ocurrida el día anterior. Se trata de una situación que rebasa los límites de lo permisible en un Estado de derecho. Bandas de delincuentes se confrontan en un penal con un saldo de 49 muertos —aunque inicialmente se dijo que eran 52, cosa que llama la atención, pues comúnmente los muertos aumentan y no disminuyen—, asesinados con armas punzocortantes. Si eso ocurre en un penal ¿qué puede esperarse en las calles?
Cuando pienso en una penitenciaría, lo que viene de inmediato a mi mente es Vigilar y castigar, el título del magnífico libro de Michel Foucault acerca del nacimiento de la prisión y su significado psicosocioantropológico, lo que implica su existencia en términos del control social, del mantenimiento del orden y de las disciplina como un dominio de los cuerpos y de la vida. Sin embargo, aquí los reos, los sujetos que tendrán que estar controlados tienen incluso armas para poder matar a sus enemigos.
La noticia tuvo impacto internacional, mermando nuevamente la imagen de México, territorio que se percibe como plagado de inseguridad y dominado por la delincuencia. ¿Cuál es el personaje mexicano de fama mundial? ¿Un científico?, ¿un político brillante?, ¡¡¡NO!!!: un narcotraficante, El Chapo, ésa es ahora la figura emblemática de una nación fracasada. Si hacemos un rastreo periodístico internacional en lo referente a México, no encontraremos nada halagador. La nota de El País decía: “no hicieron falta balas, bastaron las puñaladas”, catalogando el hecho como el motín carcelario más sangriento de la historia de México, señalando en otra nota que se trata de una prisión donde mantenerse con vida cuesta cerca de 6000 dólares como pago a los maleantes que lo controlan.
La prisión mexicana es una “institución negada”, donde tal como pasa en los hospitales psiquiátricos, la rehabilitación o readaptación social es imposible. Escuelas del crimen, centros de perfeccionamiento en el ejercicio del mal y del delito. La penitenciaria mexicana actual no tiene nada que ver con la utopía positivista del siglo XIX, donde bajo la inspiración de una ideología cientificista se pensaba que con el fundamento del conocimiento se podría reformar la sociedad y corregir sus defectos. La cronometría, las teorías de Broca acerca del determinismo sociocultural implícito en lo biológico, particularmente en lo morfológico (anatomía es destino) que llevó a lo que Stephen Jay Gould llamó “la falsa medida del hombre”. Lombroso en Italia realizó una relevante contribución al conocimiento de la criminalidad desde una perspectiva científica, y en el primer número de la revista Dialéctica de la UAP podemos leer el magnífico texto de Alfonso Vélez Pliego acerca del positivismo penal en Puebla, que fue la base del diseño de la penitenciaría en la avenida Reforma y 13 Sur en el centro, hoy Instituto Cultural Poblano. Ahí puede verse con claridad “el panóptico”, el diseño espacial para “vigilar y castigar”, base de esa idea de presidio.
Hace días viajaba en la línea 5 del metrobús en la Ciudad de México y un niño al ver el actual Archivo General de la Nación, dijo: “Mira, mamá, qué bonito el castillo”. Ese edificio, que podría parecer un “castillo”, era el llamado “Palacio Negro”, el penal de Lecumberri, una de las principales obras arquitectónicas del porfiriato, diseñada con base en los cánones de ese positivismo penal: el panóptico del que nos habla Foucault en Vigilar y castigar. Todo debía ser visible, todo debía estar vigilado para ser castigado. Pero en el México del siglo XXI, a diferencia del siglo XIX, las cosas no son así. ¿O dos bandas de zetas —por el nombre de un cartel del narco— o una de zetas contra una del Cártel del Golfo?… Eso no me queda claro, el hecho es que la autoridad responsable de la penitenciaría no fue capaz de detener semejante atrocidad.
Si el provecho político del acontecimiento es atacar al gobernador independiente apodado El Bronco es en última instancia irrelevante, lo fundamental es darnos cuenta de la incapacidad del Estado para intervenir de forma inmediata. Y no hablo del estado de Nuevo León, hablo del Estado mexicano, de la nación, como república federal con un poder central. ¿Qué, no podían controlarlos con granadas de gas lacrimógeno, chorros de agua a presión y balas de goma? Evidentemente, nos topamos con la colusión e ineptitud de las autoridades del penal. ¿Acaso no hay en la dirección de reclusorios psicólogos especializados en clasificación de reos para que, siendo enemigos y potencialmente proclives a acciones criminales, no estén juntos?
El caso de Topo Chico es ahora emblemático (claro, sin olvidar el oprobio de Ayotzinapa, donde aún no ha sido posible tener la certeza de lo que realmente ocurrió). Topo Chico es un penal sobrepoblado, como la mayoría de los del país, pésimamente gobernado, donde incluso existen celdas de lujo, un sitio para culto a la Santa Muerte, un tianguis y un bar, lo que da idea del nivel de corrupción del sistema penitenciario mexicano. No se trata del poderosísimo Chapo que escapó sin problema de dos penales denominados “de alta seguridad”, se trata de la muerte de 49 personas, de delincuentes que estaban ahí para purgar una condena por sus daños a la sociedad. Pero no, ahí había armas blancas y no sabemos qué cosas más, que permitieron un ajuste de cuentas, donde grandes matanzas como la de los gánsteres de Estados Unidos en San Valentín se quedan cortas. México no tiene un gobierno eficaz y ha llegado a la situación de ser un Estado fallido.
“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, dice la canción de Joaquín Sabina, y aquí la nostalgia que me carcome es la de pensar en México como una gran nación. Esa nación que hoy en día carece de gobernabilidad, que en verdad es un Estado fallido, ante el cual sólo nos queda la esperanza y la expectativa, siendo lejana de una verdadera regeneración nacional que no veo por dónde tenga un punto de entrada.
El Padre Ubú quedaría pendejo, y estaría feliz de no haber gobernado una nación así, en la incertidumbre y con un bajo, por no decir miserable, margen de esperanza. Aunque, bueno, muchos tengan el consuelo de una visita papal.









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