Ismael Ledesma Mateos
Me he encontrado con una serie de televisión catalana que se transmite por Netflix y se llama Merlí y los peripatéticos. Trata de un profesor de filosofía que, luego de un tiempo desempleado, consigue trabajo impartiendo clase en un colegio de bachillerato. Es un personaje singular, un hombre excepcional, que lleva a la práctica el pensamiento filosófico en la vida cotidiana, no es un académico acartonado y formal sino alguien quien consigue rápidamente enganchar a los jóvenes alumnos y buscar el involucramiento de lo personal con la filosofía. El referirse a “los peripatéticos” se alude directamente a Aristóteles, a cuya escuela se le llama “peripatética” pues impartía sus enseñanzas mientras caminaba por los jardines del Liceo en un templo que adquirió, el de Apolo Liceo, que significa “el luminoso”. Aún ahora, muchos siglos después la palabra “liceo” se utiliza para nombrar escuelas y en Francia se refiere al nivel de bachillerato. Evidentemente los peripatéticos de Merlí son sus alumnos de preparatoria.
El Padre Ubú, es obvio, no estudió filosofía ni conoció el pensamiento de Aristóteles, el cual no le interesaría y por supuesto no comprendería, como a ningún otro filósofo. Los gobiernos autocráticos se rigen por la imposición basada en la ignorancia. No en es trivial que en México llegara a darse el intento gubernamental de eliminar la enseñanza de la filosofía en el bachillerato. Para muchos ignorantes la filosofía es algo inservible, un saber que no es práctico, algo que no debe impartirse en las escuelas. Pues para ellos, como ya lo he dicho, lo único que importa es que los alumnos “sepan leer, escribir, hacer cuentas”, y ahora inglés y computación”, para que sean buenos sirvientes. Pero aunque les pese, la filosofía es indispensable.
Mi relación con la filosofía es muy temprana. Mi primer libro al respecto fue Historia de las doctrinas filosóficas de Raúl Gutiérrez Sáenz (Editorial Esfinge), que compré en 1975. Un libro sencillo y claro, que en sus “nociones preliminares” comienza abordando “los problemas filosóficos y sus características”, “diferencias entre filosofía y ciencias” y continúa con un panorama histórico de los problemas filosóficos, para luego seguir con el estudio de las grandes corrientes y pensadores de la filosofía. Para mí, el eje del estudio de la filosofía debe ser su historia, algo muy diferente al enfoque tradicionalista de la Escuela Nacional Preparatoria de la Universidad Nacional, de enseñar “Lógica”, “Ética” y “Estética”, que por supuesto son saberes indispensables, pero deben tener como marco la historia de la filosofía.
Y en Merlí vemos ese enfoque. En una clase puede hablar de Foucault, en otra de Epicuro, de Schopenhauer o de Nietzsche, donde interrogando a los alumnos de una manera socrática vincula lo vivencial con el pensamiento filosófico. La serie es genial pues entremezcla el conocimiento con aspectos existenciales, con conflictos personales de los jóvenes y de él mismo, un hombre enamoradizo, amante de la belleza y de la inteligencia femenina, que seduce y se lía con profesoras, que aconseja y orienta a los estudiantes, pero con rigor intelectual, nunca con una actitud moralina, lo que produce la animadversión de otros profesores que lo ven como un peligro y quieren que sea despedido.
En los distintos episodios vemos la incomprensión de un padre intolerante contra su hijo, el inicio de la vida sexual de algunos alumnos, la necesidad de la comprensión de la diversidad de preferencias, los excesos propios de la juventud o cómo saca adelante a un alumno agorafóbico, al cual reingresa a la vida y a cuya bella madre luego seduce. Así como su relación con una bella bióloga, madre de otro alumno, el cual al saber que la hizo su amante monta en cólera contra de él, además de que para colmo tiene como alumno a su propio hijo, que es homosexual.
El inicio y fin de cada episodio muestra a dos moscas follando, lo cual es una imagen genial, que da cuenta del sentido de la serie, irreverente e inductora de un pensamiento crítico, analítico y sensible, donde la filosofía debe ser parte indispensable para la vida cotidiana: los alumnos van asimilando eso, lo cual los ha transformado, lo que nos liga con la idea de que la filosofía es crucial para la transformación de la persona y del mundo. Se trata de algo muy distante de la filosofía diletante que por desgracia se sufre en el mundo académico, donde se llegan a usar expresiones aberrantes como “comunidades epistémicas” para referirse a grupos de científicos, que en esencia son grupos humanos y por tanto grupos sociales.
Hay diferentes formas y estilos de filosofía y de filosofar. Merlí no se asume ni se presenta como un filósofo; él no ha desarrollado una teoría, ni un sistema filosófico, es alguien que enseña, un profesor de filosofía, no como algunos pretenciosos irredentos que al terminar la licenciatura en filosofía se atreven a decir que son “filósofos”. ¡Ni que fueran Aristóteles o Sartre! En Merlí vemos el caso contrario a ello: la filosofía en acción vinculada a la existencia, a un saber indispensable para la vida cotidiana.
Hay un conflicto entre filosofía y ciencia, que es indispensable aclarar y colocar en sus justos términos. Existe una clase de filosofía y de sus practicantes que se centra en la especulación, pero hay otra, como la que Merlí practica en su enseñanza, un pensamiento en acción que busca incidir en las esferas del mundo en que vivimos. Aquí yo pienso en la ruptura del Marx filósofo con la filosofía inútil, lo que plasmó en la tesis XI sobre Feuerbach, en la que afirma: “Lo que hasta ahora han hecho los filósofos es interpretar al mundo de diversas maneras, lo que importa ahora es transformarlo”, y de ahí que busque el camino de la ciencia, que es “la ciencia de la historia” a partir del “materialismo histórico” y luego de la “economía política”. Sin embargo, esa ruptura con la filosofía, es una posición filosófica que da cuenta de la necesidad de una ¡filosofía actuante!
En mi vida profesional desde hace mucho comencé a afrontar ese conflicto entre la filosofía y las ciencias sociales. De hecho, cuando alguien me pregunta si hago filosofía de la ciencia, yo digo: ¡de ninguna manera!, yo hago historia y sociología de la ciencia, que es algo muy distinto, y eso se refiere a la enorme distancia entre esas formas ampulosas de la filosofía contemplativa, a diferencia de trabajar con documentos de archivo, con datos, con entrevistas, en última instancia con hechos; no obstante, atrás de todo ello subsiste una posición filosófica. Por ejemplo, en los hechos atrás del Marx científico, siempre estará el filósofo.
Ver la primera temporada de Merlí me ayudó a hacer estas reflexiones y voltear la mirada a mis nueve tomos de la Historia de la filosofía de Frederick Copleston y a los once de la Historia de la filosofía, obra colectiva editada por Siglo XXI, las cuales son de gran trascendencia para el entendimiento del mundo y de la realidad, con base en lo que se pensó en diferentes momentos y con distintos enfoques. El creador de la serie, Héctor Lozano, tuvo la genialidad de buscar un acercamiento suave a temas filosóficos trascendentales, además de escoger como tema musical de la serie “El vuelo del moscardón”, compuesto por Nikolaí Rimski-Kórsakov, ligado a las imágenes de inicio y final de los capítulos.
Para mí el estudio de la filosofía, partiendo de su historia es algo indispensable en la formación universitaria y de hecho tanto en mi curso de historia de la biología, como en el de sociología de la profesión de biólogo en la UNAM, me gusta abordar temas filosóficos. Desgraciadamente, muy lamentablemente la formación filosófica con los que llegan los estudiantes procedentes del bachillerato a la universidad es prácticamente nula. Ojalá y hubieran tenido profesores como Merlí, lo cual facilitaría todo el trabajo.
Qué cosas, diría Ubú Rey, ¡yo no perdería mi tiempo viendo cosas tan aburridas! Pero en verdad, Merlí es algo divertido que vale la pena ver, y reflexionar después de hacerlo.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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