Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú no entiende el significado de la creación de instituciones, y mucho menos el valor de los hombres que comprometieron su vida en esa tarea. A quienes sí lo valoramos, nos duele que el pasado 23 de agosto falleciera el ingeniero Eugenio Méndez Docurro.*.
Los que estudiamos en el Centro de Investigación y Estudios Avanzados (CINVESTAV) siempre tuvimos una gran confusión, lo cual sólo es bueno para las intencionalidades políticas ubúescas: ¿quién lo fundó?, ¿de quién fue la idea, de su primer director, Arturo Rosenblueth, o de alguien más? Investigando supe que fue de “alguien más” y ése fue Eugenio Méndez Docurro, un hombre encarcelado durante el sexenio de José López Portillo por haber sido capaz de seducir a una bella mujer que le gustaba al presidente (arguyendo para ello un fraude financiero).
Méndez Docurro es un ejemplo de los hombres que deben conjugar su labor académica y científica con la acción política y de gestión institucional. En ese tenor, además de los espacios educativos y de investigación cuya creación propició, fue secretario de Comunicaciones y Transportes (1970-1976) durante el sexenio de Luis Echeverría Álvarez y paralelamente de 1971 a 1972 fue director general del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT). Entre 1965 y 1970, antes de su creación, fue vocal ejecutivo del Instituto Nacional de la Investigación Científica (INIC), que fue la institución que le precedió.
Durante su gestión al frente del IPN concibió una idea de gran trascendencia para la ciencia y la tecnología en México: la creación de una nueva institución dedicada a la investigación del más alto nivel, así como a la impartición de posgrados, en lo que tuvo una enorme influencia de su maestro, el Dr. Manuel Cerrillo Valdivia, quien había dejado México y en esos años trabajaba en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en los Estados Unidos. Cerrillo pensaba que México sólo podría progresar por medio de educación del más alto nivel y de la investigación científica y tecnológica, y cuando fue director de la ESIME (1936-1937) reestructuró su plan de estudios con cuatro carreras de ingeniería (mecánica, eléctrica, comunicaciones y aeronáutica) y estableció la primera escuela de graduados de la ESIME, la que desapareció cuando dejó el IPN para desarrollar su vocación científica en el extranjero.
Cuando se creó la Comisión Impulsora y Coordinadora de la Investigación Científica (CICIC) y se nombra como vocal director al Dr. Manuel Sandoval Vallarta, éste invitó como colaborador a Cerrillo como jefe de la Sección Electromagnética, quien a su vez invitó a un grupo de estudiantes a colaborar con él, entre ellos a Eugenio Méndez Docurro, sembrando la semilla de la necesidad de contar con centros científicos y tecnológicos de alto nivel para consolidar el desarrollo del país.
Cuando Méndez Docurro era director general del IPN proyectó una Escuela de Graduados, independiente del instituto politécnico, un Centro de Investigación y de Estudios Avanzados, para lo que buscó a Cerrillo como consultor, con miras a que fuera su director. En esa época el secretario de Educación Pública era Jaime Torres Bodet y el subsecretario de Educación Tecnológica Víctor Bravo Ahuja (ingeniero aereonáutico, también egresado de la ESIME y posgraduado en Estado Unidos); el exrector del instituto tecnológico permitió acercarse al presidente Adolfo López Mateos para plantearle su iniciativa, la cual aprobó y le brindó todo su apoyo.
Cuando el mandatario realizó una gira en Estados Unidos, invitó para que lo acompañaran Nabor Carrillo, rector de la UNAM y Eugenio Méndez Docurro, quien le propuso realizar una reunión para presentarle a Manuel Cerrillo, quien en principio había aceptado ser el director de la nueva institución de investigación y posgrado. Para ello concertó una reunión el Hotel Waldorf-Astoria en Nueva York, donde se alojaba López Mateos.
Según me narró Méndez Docurro, le dijo que era un gran honor presentarle a su maestro, quien argumentó puntualmente las ideas del proyecto, luego de lo cual (a la altura del tercer whisky) el presidente le agradeció a Cerrillo su compromiso con la ciencia nacional y su regreso a México para dirigir el nuevo centro de investigación. El mandatario le dijo que era muy bueno que México recuperara una persona de su calibre para realizar una labor trascendental dirigiendo un importante centro de investigación y posgrado, ante lo que Cerrillo respondió que ¡“no era capaz de hacerlo”! Manifestó que sí podía ayudar a hacer el centro, pero que no se sentía capaz de asumir la responsabilidad de su dirección. El presidente le pidió que lo pensara, mientras miraba con enojo a Méndez Docurro, como si por su mente pasara la frase: “¡Usted me había dicho que ya había aceptado!”, lo cual, ya a solas, le espetó, exigiéndole que propusiera a otro candidato.
Cuando telefónicamente Méndez Docurro increpó a su maestro, éste le dijo que él se había realizado una serie de pruebas psicológicas, de las que concluyó que no tenía la personalidad necesaria y el carácter necesario para la tarea y que la gente ya no lo conocía. Don Eugenio le dijo que “lo conocían todos”, ante lo que Cerrillo respondió que muchos no lo querían; en cambio, con 25 años como investigador en el MIT, su situación era mejor. Ante ello, Méndez Docurro le pidió le propusiera quién podría hacerse cargo del nuevo centro. Cerrillo le comunicó que, luego de una indagación, había concluido que los dos científicos mexicanos más conocidos internacionalmente eran Manuel Sandoval Vallarta y Arturo Rosenblueth, pero el primero, luego de sus grandes logros científicos, en la cúspide de su carrera, ya no tenía el empuje ni el entusiasmo necesario, en tanto que Rosenblueth sí tenía las cualidades y se encontraba en actividad plena.
Para abreviar, Méndez Docurro eligió al Dr. Rosenblueth, después de algunos jaloneos con el secretario de Educación Pública. Había presentado una lista de ocho propuestas al presidente López Mateos, quien le dijo: “Mire, el director del centro va a ser el que usted diga, pero antes trate el asunto con el secretario…”
Fue así que se fundó mi segunda alma mater: el CINVESTAV, cuya denominación inicial fue CIEA (Centro de Investigación y de Estudios Avanzados), denominado del IPN, aunque en los hechos no era una dependencia de esa institución.
Se trata de una historia complicada, que tiene un dejo anecdótico de mexicanidad. Méndez Docurro quería una institución independiente, aun siendo el director general del IPN, pues si se hiciera una dependencia politécnica hubiera afrontado una serie de problemas que impedirían la realización del proyecto original. Se trataba de poder contratar personal del más alto nivel, para lo cual se pagarían salarios superiores a los del IPN, con una carga docente mínima sólo en niveles de maestría y doctorado, para garantizar una dedicación plena a la investigación, con una permanencia determinada por la productividad científica y la formación de recursos humanos, y evitando la intromisión del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, al cual pertenece el personal del IPN. La denominación CIEA del IPN se debió a razones administrativas en la programación de partidas y nómina, sin que en los hechos existiera alguna dependencia.
Méndez Docurro murió a los 92 años de edad, debiendo estar satisfecho de su obra. Promotor de la creación de instituciones, fue el responsable de la fundación de una de las más importantes del país, de la cual debemos siempre sentirnos orgullosos, donde incluso muchos de los beneficiarios de su rigor, calidad y solidez académica somos egresados de la UNAM.
Hombres como Méndez Docurro encarnan los valores académicos y científicos, antítesis de la maledicencia del Padre Ubú. La fundación del CINVESTAV en 1961 representa uno de los más grandes logros del México posrevolucionario y de la visión de hombres que pensaron en la importancia de la ciencia y de la tecnología para el progreso del país, de gente que se formó académicamente en consonancia con un proyecto nacional, algo que para el Padre Ubú resultaría extraño y confuso.
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* Entre otros datos biográficos, Eugenio Méndez Docurro fue director general del Instituto Politécnico Nacional (IPN) de 1959 a 1962, periodo en el cual se creó la Escuela Superior de Física y Matemáticas, el Centro Nacional de Cálculo, se fortaleció la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas y se creó el posgrado en la Escuela Superior de Comercio y Administración. Lleno de inquietud por la ciencia y la tecnología, fue miembro de la Comisión México-Estados Unidos para Observaciones del Espacio referentes al Proyecto Mercurio (1960-1962). Nacido en Veracruz el 17 de abril de 1923, estudió ingeniería en comunicaciones en la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) del IPN, donde estuvo en el “cuadro de honor” en 1945, obtuvo la maestría en la Universidad de Harvard y realizó estudios en el laboratorio de electrónica de la Universidad de París. Entre penurias económicas en su condición de becario, trabajó con otros compañeros como cocinero y mesero, pero a su regreso a México el Ing. Ramírez Carranza, director general del IPN, lo nombró subdirector del instituto, del cual luego sería director.









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