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Melancolía, axolotes y mexicanidad

· diciembre 21, 2016

 

Ismael Ledesma Mateos

 

En la historia de la ciencia nos encontramos con la melancolía, que es uno de los cuatro humores que planteó Hipócrates para explicar el equilibrio y la organización de las funciones corporales. Los humores eran la sanguis (la fracción roja de la sangre), la flema (la fracción blanca, llamada “la bestia blanca”), la cólera (la bilis amarilla) y la melancolía (la atrabilis o bilis negra), esta última producida en el páncreas, que por su color rojo intenso evocaba la negrura y era causa de un malestar llamado “hipocondría”. Incluso, en los inicios del siglo XX, en psiquiatría se utilizaba la clasificación de temperamentos en: sanguíneos, flemáticos, coléricos y melancólicos o atrabiliarios.

Y es una graciosa coincidencia, o en un juego de mi inconsciente perverso, que al momento que escribo esto, pongo un disco de Patricia Kaas que comienza con la canción Y’avait tant d’étoiles con una estrofa que incluye la melancolía: Attirés quelques heures / Vers l’au-delà la mélancolie, / De ces autres nuits, / A dormir sans toi, / A rêver parfois…

Y de inmediato pienso en la canción de Joaquín Sabina, Calle melancolía, donde dice: Vivo en el número siete Calle Melancolía, quiero mudarme hace años al barrio de la Alegría / Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía. / En la escalera me siento a silbar mi melodía.

La melancolía es, sin duda, algo inherente a lo específicamente humano, que debemos considerar como fundamental. Puede ser negada por los insensibles, como Ubú Rey, cuyo único sentimiento genuino es la ambición; pero quizá en el fondo de su mentalidad podría haber cabida a la melancolía, a diferencia de los hombres más plenos que pueden sin duda ser coléricos y melancólicos. La melancolía, incluso creo que es un factor que contribuye a la reflexión, en una condición de introspección. Pero para la búsqueda del poder absoluto, la melancolía sería estorbosa y por ello no la podemos asociar al Padre Ubú, aunque después de ser derrocado, seguramente la vivió.

La melancolía tiene una vertiente adicional, que se asocia específicamente a lo mexicano, en un país sin duda melancólico. Y pensando en ello, tengo en mis manos el magnífico libro de Roger Bartra, La jaula de la melancolía. Identidad y metamorfosis del mexicano, donde aborda esta temática, en la cual el animal más auténticamente mexicano, el ajolote, aparece como símbolo de la melancolía. Según Bartra, “El axolote es un animal enigmático que aparece ligado a varios de los más antiguos mitos mexicanos. Su nombre en náhuatl (axolotl) quiere decir “xólotl de agua”, y se ha traducido de diversas maneras: juguete de agua, monstruo acuático, gemelo del agua… Pero es evidente que hace referencia al dios Xólotl, una especie de Caín heroico de los nahuas: es el hermano gemelo de Quetzalcóatl o, más precisamente, su doble. Pero mientras Quetzalcóatl es el “gemelo precioso”, Xólotl es monstruoso y deforme (era considerado el dios de los mestizos y de los anormales).

Este libro de Bartra, escrito en 1986, es magistral, siendo obra de un autor que admiré desde mi juventud y que ahora tiene opiniones políticas que me decepcionan, lo cual no demerita su calidad académica, algo como lo que me pasa con Mario Vargas Llosa o Enrique Krauze: son extraordinarios, mientras no opinen de política. Bartra fue sin duda uno de los principales intelectuales del Partido Comunista Mexicano y condujo con genialidad la revista El Machete, que tomó el título del periódico de inicios de la existencia de ese partido. La calidad intelectual de esa publicación en manos de Bartra fue excepcional y junto con El viejo topo de España fue un referente fundamental en mi formación. Y recuerdo sus libros acerca de “el modo de producción asiático” y su actitud irreverente y anti estalinista en el seno del partido, pero su orientación hacia la melancolía es realmente importante.

Uno de los capítulos más interesante de La jaula… es el 17, que comienza con una viñeta con la imagen de un ajolote, que dice al pie: “El axolote afeaba el hermoso paisaje de la evolución y del progreso”, y que se titula “¿Regreso o progreso?”, que tiene como epígrafe un texto de Alfonso L. Herrera (el autor al que he dedicado buena parte de mi vida), donde dice algo que definitivamente no comparto: “El axolote es un batracio delicado, enfermizo, torpe y lento en todo, vulgar en todo”… Aunque pensándolo bien, por eso podría ser un símbolo de lo mexicano. Sin embargo, para mí es un animal extraordinario, el mejor ejemplo de un fenómeno biológico remarcable: la neotenia, que es la capacidad de llegar a una edad reproductiva conservando características larvales o infantiles. En efecto, el ajolote es una salamandra que no sufre la metamorfosis y se queda con la estructura de una larva, aunque ya es adulto, lo cual podría ser una clave para el entendimiento de la evolución humana y de la inexistencia de un “eslabón perdido”, donde seríamos animales neoténicos, como si fuéramos primates bebé, idea planteada por Stephen Jay Gould.

En el libro Bartra escribe: “El hecho de que el axolote persiste en su existencia acuática, sin metamorfosearse para salir a tierra en forma de salamandra, fue uno de los grandes problemas que enfrentaron los evolucionistas del siglo XIX. Pero a José María Velasco no le gustaban las teorías evolucionistas, y aprovechó su conocimiento del axolote para intervenir en una de las más grandes polémicas que ha habido en las ciencias naturales. En un ensayo publicado en La Naturaleza en 1880, Velasco criticó con fuerza la idea de August Weismann según la cual el anfibio mexicano era un ejemplo de un proceso de cambio de una a otra especie; es decir, la transición de una especie que se metamorfoseaba a otra que no lo hacía y de una especie sin branquias (la salamandra) a otra con branquias permanentes (el axolote). El argumento de Velasco se limitó a afirmar que la propia constitución natural provocaba la metamorfosis y que no estaba de acuerdo con la ‘exagerada’ teoría darwinista sobre la evolución de las especies. De hecho Velasco se confundió, pues creyó que el argumento evolucionista sostenía que la metamorfosis era un cambio de especie.”

Esta cita de Bartra debe mencionarse pues es de alguien que no es biólogo, ni historiador de la ciencia, pero que revela una enorme claridad acerca de la problemática biológica que implica al ajolote, y si revisamos la bibliografía del libro, nos percatamos de su profundo conocimiento biológico y me gusta ver que cita el libro de Gould Ontogeny and Philogeny (1977). Y bueno, años después Bartra nos ha dado otro gran libro: Axolotiada. Vida y mito de un anfibio mexicano, que es una antología de textos acerca del axolote en una muy bella edición, que es un placer tener en las manos y en uno de tus libreros, donde la cuarta parte tiene el título “Axolotitlan”, donde refiere a Salvador Elizondo, que llama así a “un lugar donde vive una población de seres genéticamente transmutantes. Axolotitlan es un espacio ambiguo en el que domina la nostalgia del fango y reinan los axolotes, que medran y nadan”. ¡Eso es México!

Y en La jaula… Bartra escribe, refiriéndose a la condición de México, que su cultura política en esa época “es el nacionalismo revolucionario, y uno de sus componentes es lo que he denominado el canon del axolote”. Y prosigue: “Los mexicanos han sido expulsados de la cultura nacional; por eso, cada vez rinden menos culto a una metamorfosis frustrada por la melancolía, a un progreso castrado por el atraso. Los mexicanos cada vez se reconocen menos en ese axolote que les ofrece el espejo de la cultura nacional como paradigma de un estoicismo nacionalista y unificador. Hay muchos mexicanos que ya no quieren devolverle al axolote su poder metamórfico: eso arruinaría su juventud a cambio de alcanzar un porvenir viscoso, poco atractivo. No les entusiasma una modernidad eficiente ni quieren restaurar la promesa de un futuro industrial proletario. Tampoco creen en un retorno a la Edad de Oro, al primitivismo larvario. Han sido arrojados del paraíso originario, y también han sido expulsados del futuro. Han perdido su identidad, pero no lo deploran: su nuevo mundo es una manzana de discordancias y contradicciones. Sin haber sido modernos, ahora son desmodernos; ya no se parecen al axolote, son otros, son diferentes.”

Efectivamente, ¡los mexicanos significamos una metamorfosis frustrada por la melancolía! Aunque esas complejidades y rebuscamientos no se dan en un reino tan simple como el del Padre Ubú, que seguramente nunca conoció a ese maravilloso y enigmático animal.

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