Ismael Ledesma Mateos
Quienes fuimos niños en los años sesenta veíamos estupefactos la serie Los supersónicos, creada en 1962 por William Hanna y Joseph Barbera. Nos mostraba el mundo del futuro, producto del impacto ideológico de la era espacial, personajes con atuendos astronáuticos que, se pensaba, se usarían en el siglo XXI donde, paradójicamente, aún muchos usamos trajes y corbatas como en el siglo anterior. Ahí me llamaba la atención “Robotina”, el robot sirvienta de la casa, querida por toda la familia.
En la actualidad, la robótica es una disciplina con gran auge que se enseña en numerosas instituciones educativas en todo el mundo, y México ha destacado en ello, pues estudiantes de la UNAM, del IPN y otras universidades del país han ganado numerosos concursos y el mexicano Raúl Rojas en 2014 fue elegido como el mejor académico de Alemania por su labor al frente del Grupo de Inteligencia Artificial y Robótica, lo que demuestra la trascendencia del desarrollo de esta tecnología en nuestro país, donde tuvo su formación inicial.
La Universidad Autónoma de Puebla hace años no quedó al margen de estos acontecimientos y en 1992 un grupo coordinado por Alejandro Pedroza Meléndez creó el robot pianista “Don Cuco el Guapo”, que fue presentado en la Exposición Universal de Sevilla en ese mismo año y que se mencionó en el libro de texto gratuito de sexto año de primaria. Ya en los años sesenta, en el curso de biofísica que impartía Luis Bojórquez Castro en la carrera de biólogo en la UNAM, una actividad práctica era construir un robot con sensibilidad al ruido, el movimiento y la temperatura.
Desde hace décadas los robots son parte de nuestro mundo: participan en operaciones quirúrgicas, en el ensamblaje de automóviles y otros aparatos, y cada vez más son capaces de realizar otras tareas.
Muchos años antes, en 1942, en el relato “Círculo vicioso” (Runaround) el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov enunció las tres leyes de la robótica como un conjunto de normas elaboradas que se aplican a la mayoría de los robots de sus novelas y cuentos y que están diseñados para cumplir órdenes. Tales leyes son “formulaciones matemáticas impresas en los senderos positrónicos del cerebro de los robots (líneas de código del programa que regula el cumplimiento de las leyes guardado en la memoria principal de aquellos)”. Establecen lo siguiente:
- Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
- Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.
- Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.
Esta redacción de las leyes es la forma convencional en que se enuncian; su forma real sería la de una serie de instrucciones equivalentes y mucho más complejas en el cerebro del robot. Asimov atribuye las tres leyes a John W. Campbell, que las habría redactado durante una conversación sostenida el 23 de diciembre de 1940. Sin embargo, Campbell sostiene que Asimov ya las tenía pensadas y que simplemente las expresaron entre los dos de una manera más formal.
Al respecto una importante novela es Yo, robot, del mismo Asimov, publicada en 1950, una colección de relatos basados en las tres leyes de la robótica “que son un compendio fijo e imprescindible de moral aplicable a supuestos robots inteligentes, con las que supuestamente nunca debería haber un conflicto si se cumplieran fielmente. Los relatos, no obstante, plantean diferentes situaciones en las que dichas ‘tres leyes’ se cumplen, y aun así plantean problemas, paradojas e ingeniosos ejercicios intelectuales a los que tendrán que enfrentarse distintos especialistas en robótica. En definitiva el libro termina indagando sobre la situación del hombre actual en el universo tecnológico”. Basándose en estas historias el grupo The Alan Parsons Project se inspiró para la grabación de su álbum I Robot en 1977.
Todo esto viene a mi mente luego de haber visto Mejores que nosotros (en ruso Mejores que los humanos, 2018), una serie de televisión rusa de ciencia ficción creada por Andrey Junkovsky, transmitida por Netflix en 2019. Se trata de un relato futurista donde androides sirven a la población en diversas actividades, al extremo de reemplazar a los humanos en múltiples trabajos, desde la crianza de los niños, ser cocineros, meseros, mayordomos, choferes, guardias de seguridad o cuidadores de ancianos. Tal situación genera un enorme descontento en algunos sectores sociales, lo que conduce a unos jóvenes a formar un grupo llamado “exterminadores” o “liquidadores”, que realizan actividades terroristas anti-robots, con su consigna “Vida para los vivos, muerte a los robots”. Se trata de una pequeña célula a la que al principio no se le otorgó gran importancia, hasta el momento en que organizan una noche de extermino de robots, a los que se les extrae su procesador, que para ellos constituye una suerte de trofeo de guerra y luego son colgados de los puentes, con letreros que reivindican su acción. Dentro del grupo hay muchachos que perdieron su empleo, para ser sustituidos por robots, lo que es una fuerte motivación de su proceder.
El personaje central de la trama es un androide llamado “Arisa”, adquirido en China por la poderosísima corporación Cronos. Tiene propiedades incomparables: una impresionante belleza, fuerza extraordinaria, capaz de romper el cuello de un humano en segundos con sus manos, y que desarrolla sentimientos, al extremo de poder enamorarse.
Fue diseñado para los hombres víctimas de la política de un solo hijo, por lo que se le programó para ser esposa de un hombre y madre de hijos adoptivos, y para proteger a su familia, aunque no fue programado con las Tres Leyes de la Robótica de Asimov. Su creador murió y “Arisa” fue vendido en Rusia, donde Viktor Toropov, responsable de la empresa, pretende hacer creer que fue una creación de ellos.
En esta serie, más bien telenovela, se deja ver el impacto de la corrupción en todas las sociedades, donde la tecnología se liga con intereses políticos y económicos. El propietario de Cronos es el suegro de Toropov, y pretende convencer al ministerio de la seguridad social y empleo de un programa de jubilación anticipada donde los trabajadores, reduciendo la edad de retiro a 45 años, tengan más tiempo de su vida para dedicarlo al ocio, la familia, o lo que se les ocurra. En ese proyecto la producción masiva de robots con el modelo de “Arisa” es el factor fundamental.
“Arisa” (protagonizada por la actriz Paulina Olégovna Andréieva) tiene voluntad propia, no es un autómata común y corriente, de manera que escapa y luego de cometer un asesinato, encuentra a una niña que la domina por su ternura y, dado que está programada para ser parte de una familia, se va con ella, quedando a las órdenes de la pequeña, luego de su hermano mayor y finalmente del padre, un médico (Safronov), que perdió su empleo por culpa de Toropov, dejando ver el fenómeno social del influyentismo.
Toropov requiere recuperar a “Arisa” para que su suegro y él puedan mostrarla al ministro, buscando que autorice la producción masiva del prototipo, aunque en realidad pretende robar dinero. Para ello recurre a un sicario que es su cómplice (Gleb), quien opera una red que incluso ha comprado a jueces y policías. Se trata de una clara revelación de cómo la delincuencia organizada también está ligada a las operaciones tecnológicas y tecno-científicas. Más adelante nos enteraremos, que el mismo grupo de los exterminadores es manejado por Toropov, por la vía de Gleb, como contrapeso al descontento contra la robotización de la sociedad, pues con sus actos terroristas y el manejo que de ello se hace en los medios de comunicación, principalmente la televisión, producen el rechazo de la población.
Historias de amor, de engaño, traiciones, violencia, asesinatos, corruptelas, fraudes y manipulación mediática son el espacio social que enmarca la bella imagen de “Arisa”, robot inteligente, con sentimientos, capaz de ser empático y tierno con quienes asume su familia, de enamorarse, sentir celos, detectar sentimientos y los signos vitales de los humanos, saber si alguien miente o dice la verdad y llegar al extremo, bajo presión y chantaje, a su amado el médico Georgy N. Safronov, el padre de la familia, de realizar una complicadísima neurocirugía cerebral con éxito.
Para fortuna o desgracia del Padre Ubú, en su reino no se hubieran imaginado la existencia de esos entes que son los robots, aunque, con seguridad, de haber existido le hubieran sido útiles para aplicar palitroques en las onejas y aplicar las tenazas de descerebración, si bien también hubieran podido contribuir a su derrocamiento, pues si fueran inteligentes como “Arisa”, podrían haberse sublevado.
¡Para mí es suficiente!









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