Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú era un soldado, un dragón del Rey, que tomó el poder derrocándolo en un golpe de Estado. La Universidad no tiene que ver con esa historia, pero sí con la de la naturaleza humana, donde el heroísmo, el valor, la sagacidad, la manipulación y el engaño siempre estarán presentes.
La historia de la autonomía de la UNAM es una gesta heroica de un movimiento estudiantil, o es un acontecimiento que apareció en una circunstancia en la que se conjugaron todos los componentes que conforman la política…
La Universidad Nacional Autónoma de México es la institución educativa y de investigación científica y humanística más importante de México. Su historia es compleja y digna de estudio, y su condición actual, su solidez y fortaleza son consecuencia de los procesos por los que ha transcurrido.
Justo Sierra, el intelectual orgánico del gobierno de Porfirio Díaz, impulsó la creación de la Universidad Nacional de México el 22 de septiembre de 1910, como parte de los festejos para conmemorar el centenario de la Independencia de nuestro país, agrupando las distintas escuelas superiores existentes hasta ese momento: la Escuela Nacional Preparatoria (el proyecto educativo más importante de la República restaurada), la Escuela Nacional de Medicina, la Escuela Nacional de Ingenieros, la Escuela Nacional de Jurisprudencia, junto con la Escuela Nacional de Altos Estudios, que era la joya de su proyecto, fundada en se mismo año y encaminada a la enseñanza de las humanidades y las ciencias básicas: filosofía, letras, historia, pedagogía, física, matemáticas y ciencias naturales.
Inmersa en una nación convulsionada y cambiante, el momento mismo de su surgimiento coincide con el inicio de la revolución mexicana un par de meses después, y luego con los conflictos y controversias que fueron el telón de fondo de la violenta fase posrevolucionaria. Para 1929, cuando la fase armada llegaba a su fin después de la sangrienta guerra cristera, cuando la educación se encontraba en el ojo del huracán, la Universidad Nacional fue convulsionada por un movimiento que reivindicaba su Autonomía respecto del Estado, esto es, su capacidad de autogobernarse, elegir internamente a sus autoridades, disponer de sus bienes y patrimonio y diseñar sus formas de enseñanza y el contenido de la misma.
El movimiento, iniciado por estudiantes de escuelas superiores, rápidamente adquirió fuerza y el 21 de mayo de ese año se le adhiere la Escuela Nacional Preparatoria y otras escuelas del Distrito Federal.
El 23 de mayo se dio un enfrentamiento de los estudiantes con la policía y los bomberos en un violento mitin frente a la Escuela de Medicina, ubicada en el antiguo Palacio de la Inquisición, frente a la plaza Santo Domingo, en el Centro Histórico de la ciudad de México, donde, hay que mencionarlo, se encontraba el barrio universitario.
La violencia contra los estudiantes fue repudiada y ante la grave situación intervino el doctor José Manuel Puig Casauranc, quien era jefe del Departamento Central del Distrito Federal y tenía la confianza de los estudiantes desde que fue secretario de Educación Pública en 1928. Él ordenó el retiro de las fuerzas represoras de Escuela de Medicina y se ofreció a intervenir ante el presidente a favor de la causa de los estudiantes.
Con este ofrecimiento, Alejandro Gómez Arias, el principal dirigente estudiantil, redactó el 23 de mayo una carta dirigida a Puig Casauranc con las demandas de los estudiantes, entre las que destacan el castigo contra el jefe de la policía y el retiro inmediato de las fuerzas del orden público de las cercanías de la Universidad; la aceptación de las variaciones de los planes de estudio propuestas por los estudiantes, así como la abolición del sistema de reconocimientos. Finalmente, también se exigía: “que se nos permita organizar la vida universitaria con sujeción a sus propias normas, sosteniendo que la autodeterminación universitaria no es un ideal anárquico”.
Cuando nos referimos a este acontecimiento trascendental para la historia de nuestro país, siempre lo hacemos orgullosos, reivindicándolo como un triunfo genuino de los jóvenes universitarios. Sin embargo, como señala Renate Marsiske, existe una polémica respecto de si los estudiantes pidieron realmente la autonomía o si el presidente se las concedió de motu proprio, pues la carta de Gómez Arias señala reivindicaciones muy inmediatas y queda en duda si los líderes estudiantiles estaban conscientes del significado y alcances de la autonomía, por lo que podría hablarse de un mito al respecto. Estamos acostumbrados a la historia de gestas heroicas y acontecimientos memorables, pero habría que reflexionar acerca de la complejidad del contexto en el cual este proceso ocurrió.
El día 25 de mayo de 1929 Puig Casauranc envío un memorándum al presidente Emilio Portes Gil, aconsejando la concesión de la autonomía universitaria, ya que con ello la Universidad tendría que resolver sus problemas sola y el presidente ya no tendría que atender las diferentes demandas de los estudiantes de tipo disciplinario. “Puede […] obtenerse del movimiento huelguista un verdadero triunfo revolucionario, apoyado en elevada tesis filosófica escolar y que aumentará en el interior y exterior del país el prestigio del señor presidente, dejando a su administración el mérito definitivo de una reforma trascendental en la organización universitaria. Me refiero a la resolución del conflicto actual, contestando a las demandas de los estudiantes, cualesquiera que fuesen o anticipándose a dichas demandas (y sería mejor esto), con la concesión de una absoluta autonomía técnica, administrativa y económica a la Universidad Nacional.”
De acuerdo con Marsiske, en otras palabras aquí se recomienda al presidente deshacerse de la Universidad y aislar de esta manera una crítica que podría poner en peligro la incipiente institucionalización de la Revolución. La autonomía “precipitada para aislar una crítica que podría afectar los cauces que estaba tomando la Revolución y cuyo peligro lo puso de manifiesto la candidatura de José Vasconcelos, ese mismo año, a la presidencia de la República”.
El 27 de mayo Ricardo García Villalobos, secretario del Comité de Huelga, presenta un pliego petitorio al presidente de la Republica, el documento clave del movimiento. Aquí ya no se habla de la autonomía universitaria, sino de muchas quejas y de pocas propuestas. La mayoría de las demandas se refieren a renuncias de las autoridades universitarias y a la consignación de los jefes de policía. Las únicas propuestas son la creación de un Consejo Técnico para escuelas técnicas, la incorporación de las secundarias a las preparatorias, la paridad de voto en el Consejo Universitario para maestros y alumnos y la designación presidencial del rector mediante una terna elaborada por el Consejo Universitario.
El 28 de mayo se presenta una gran manifestación en el zócalo frente al Palacio Nacional para apoyar las demandas. Inmediatamente después Emilio Portes Gil manda su respuesta en una ley de autonomía universitaria como única solución al conflicto. Con ello sigue al pie de la letra la sugerencia de Puig Casauranc, convencido de que la autonomía universitaria le permitiría:
1) Dejar a su gobierno el mérito definitivo de haber concedido la autonomía universitaria.
2) Impedir que la huelga estudiantil, que para entonces ya era nacional, fuera manejada por el vasconcelismo.
3) Limitar la autonomía conforme a sus deseos.
4) No relajar el principio de autoridad en medio de una crisis política.
5) Dejar fuera de consideración las peticiones estudiantiles.
En las semanas posteriores hubo intensas discusiones, que llegaron al poder legislativo, y el 10 de julio de 1929 fue promulgada la Ley Orgánica de la Universidad Nacional Autónoma de México. Al analizar sus considerandos, observamos que en ella se expresan todas las ideas que durante años habían circulado en el ambiente político del país. La ley reconoce como fines de la Universidad la docencia, la investigación y la extensión universitaria.
No obstante, según Julio Jiménez Rueda: “La Ley fue un producto de la demagogia imperante. La organización que se dio a la Universidad contenía en germen su propia disolución. No fue un acto generoso y magnánimo, sino un expediente para desacreditar a una institución molesta por su antecedente histórico y desagradable por las posibilidades que podía acreditar en el futuro.”
Fue una autonomía nominal, acorde a los intereses del gobierno, como parte de una estrategia coyuntural que no pudo transitar a una autonomía plena, hasta el año de 1933, en un escenario controversial digno de un estudio minucioso, donde estuvo presente la lucha ideológica entre el conservadurismo, el liberalismo, el socialismo —con la idea de la educación socialista proveniente de los propios regímenes revolucionarios— y el conservadurismo moderado que finalmente se impuso. Por ello, la autonomía en esencia no representa la concreción de un ideal democrático, popular y de izquierda, sino la consecuencia de un juego de acomodamientos políticos en función de las circunstancias del momento.
Y pienso en todo esto, no sólo por estar aún en el mes de mayo, sino por el conflicto que actualmente vive la otra más grande institución educativa del país, el Instituto Politécnico Nacional, donde en estos momentos el fantasma de la autonomía se hace presente con fuerza. ¿Autonomía, para qué, para quién y en qué momento? A pesar de sus deficiencias y de lo tortuoso de su historia, la autonomía es algo fundamental para la Universidad.
Qué complicada es la realidad histórica: el mundo no es tan simple como muchos creen, empezando por el Padre Ubú, quien para su fortuna no tuvo que lidiar con universidades ni cosas raras de esas como “la autonomía”.









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