Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú llegó al poder mediante un golpe de estado ayudado por el Capitán Bordura. Así despojó del trono al Rey Wenceslao de Polonia. Vale la pena recordar esto, ahora que tenemos noticia de un reciente golpe de estado, el acontecido en Brasil. Tuvo apariencia civil, bajo “acuerdos” legislativos, luego de una acción jurídica aberrante.
El derrocamiento de Dilma Rousseff y la toma del poder por el vicepresidente Michel Temer, llevan a mi memoria a otro golpe de estado de gran importancia en la historia: el de Carlos Luis Napoleón Bonaparte, el 2 de diciembre de 1851, que puso fin a la Segunda República francesa y el cual fue analizado en 1852 por Karl Marx en su obra El 18 brumario de Louis Bonaparte, donde sostiene que fue resultado de la lucha de clases y las condiciones materiales que cada una de ellas defendía en ese momento.
Marx comienza su texto con la frase: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como una farsa… el sobrino por el tío. ¡Y la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del 18 Brumario!”, mofándose con ello del golpe dado por Luis Bonaparte como una burda imitación del verdadero 18 Brumario, que fue el dado el 9 de noviembre de 1799 (18 Brumario del año VIII, según el calendario republicano) por Napoleón Bonaparte, como concreción del ascenso de la burguesía al poder, que fue el aspecto esencial de la Revolución francesa y que dio inicio a una fase de expansión imperialista de ese país.
Un 5 de mayo nació Karl Marx, quien escribió ese libro y en este mismo mes, en Brasil, ha ocurrido un golpe de estado sin participación militar, como el dado por Luis Bonaparte, sobrino de Napoleón y presidente de la Segunda República, quien siendo ya emperador envió un ejército invasor a México, derrotado en Puebla también en un 5 de mayo. De acuerdo con la frase de Marx, la tragedia fue la manera cómo Napoleón, con todo el impacto de su genio militar, se hizo del poder de una manera similar a de Julio César, pasando de cónsul a dictador, y la farsa fue el golpe de Luis Bonaparte, donde la idea del “cesarismo” según Marx no es aplicable a la realidad de su tiempo, dado que el carácter de las clases en pugna era diferente con las existentes en tiempos de César.
En el golpe de estado del 18 Brumario, Bonaparte, con el apoyo popular y del ejército, acabó con el Directorio, la instancia gobernante de la Revolución francesa e inició el Consulado, convirtiéndose en su líder y constituyendo un triunvirato con Sièyes (un ideólogo de la Revolución), Ducos y él mismo, algo análogo a lo ocurrido en la República romana y que de igual manera condujo al Imperio, que fue el siguiente paso de Bonaparte, en el que se proclamó emperador el 2 de diciembre de 1804.
Pero debe quedarnos claro quién era Napoleón: un cónsul de la República que se proclama emperador por “aclamación” de su pueblo, lo que sintetiza el ideal de la burguesía en ascenso en contra de la aristocracia derivada del orden feudal. No es un rey cuyo poder emana de Dios, sino un Emperador: su poder emana del pueblo, es un populista que usa el discurso de la Revolución como argumento de expansión territorial, desafiando a las monarquías de toda Europa, lo cual le costó su derrota, exilio y la restauración de la monarquía en Francia.
Nada que ver con la caricatura representada en su sobrino, que luego del golpe de estado, al proclamarse emperador, toma el nombre de Napoleón III. Ésa es la etapa crucial para la aplicación de la concepción materialista de la historia realizada por Marx.
Como muchos ya han dicho, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, escrito basándose en el análisis concreto de los sucesos revolucionarios de Francia entre 1848 y 1851, es una de las obras más importantes de Marx, de excepcional trascendencia por la conclusión que hace acerca de la actitud del proletariado ante el Estado burgués, cuando dice: “Todas las revoluciones han perfeccionado esta máquina en lugar de romperla.”
El acontecimiento que llevó a la aparición del II Imperio en Francia fue abordado por otros autores, de los que Marx dice que sólo dos merecen su atención: Pierre-Joseph Proudhon (Coup d’Etat) y Victor Hugo (Napoleón el pequeño). Pero discrepa de la forma en la que lo abordan: en el caso de Victor Hugo se centra en el ataque al personaje, y deja ver lo ocurrido “como un rayo que cayó del cielo”, como un acto de fuerza de un solo individuo, con lo que lo engrandece en vez de empequeñecerlo, atribuyéndole un poder personal sin paralelo en la historia universal; en tanto que Proudhon presenta el golpe de estado como resultado de un desarrollo histórico anterior, donde también lo convierte en una apología del “héroe del golpe”. Por el contrario —dice Marx—, “demuestro cómo la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe”.
Más allá de centrarnos en un personaje, lo que Marx propone en el 18 Brumario es un análisis de la coyuntura en el periodo entre la caída de Luis Felipe de Orleáns como consecuencia del estallido revolucionario encabezado por obreros y estudiantes a los que se unió la Guardia Nacional que sitió al rey en el Palacio de las Tullerías y lo hizo abdicar desde el 24 de febrero de 1848, hasta el 2 de diciembre de 1851, cuando Luis Bonaparte da el golpe, buscando entender cómo luego del establecimiento de una República con una orientación claramente democrática, con elecciones bajo el principio del sufragio universal, con un triunfo de los demócratas moderados y una Constitución, pudo haber devenido en que el presidente, al año siguiente de su elección, se proclamara emperador.
¿Qué cambios se dieron en la correlación de fuerzas y cómo cambió el posicionamiento de los diferentes actores sociales? Nos encontramos ante una condensación de contradicciones. Marx, en el capítulo séptimo de su breve obra, se pregunta: ¿por qué el proletariado de París no se levantó después del 2 de diciembre? La repuesta implicaría entender que el proletariado no está solo, sino que el proceso involucró la alianza de las clases significativas de la sociedad, o más precisamente, de sus representaciones políticas: la oposición dinástica, la burguesía republicana, la pequeña burguesía democrático-republicana, el proletariado socialdemocrático, en contra de la monarquía de Luis Felipe, que representaba “la dominación exclusiva de la aristocracia financiera” y de una “parte reducida de la burguesía”, esto es, en contra de un régimen monárquico excluyente que no representaba a la totalidad de la burguesía ni a las aspiraciones del proletariado.
En un segundo momento se da el desplazamiento de unas fuerzas por otras: del proletariado y de la pequeña burguesía, por la burguesía republicana y por la burguesía dinástica —ésta es, la que representa los intereses fortalecidos durante el primer imperio, encarnados en la “dinastía napoleónica”, los representantes de la dinastía borbónica y de los grandes propietarios territoriales, de ferrocarriles y de minas de carbón y hierro—, en un tercer momento por la derrota política de la burguesía republicana y de la pequeña burguesía democrático-republicana y, finalmente, en un cuarto momento, por la división interna del Partido del Orden (de la burguesía dinástica) que lleva al ascenso golpista de Luis Bonaparte.
Es así que una serie de escisiones de grupos, de contradicciones, de alianzas y acomodamientos en función de intereses de clase van modificando el escenario en el periodo republicano, gestando las condiciones propicias para que ese grotesco personaje pueda representar a quienes han conseguido imponerse y hacerse del poder. Esto es acorde a la tesis sostenida por Marx al inicio de la obra: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas con las que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en esas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con ese disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal… la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789.”
Una revolución derrocó a una monarquía de siglos. Esa revolución creó una república que se transformó en un imperio, el cual fue derrocado para restaurar a la monarquía, que fue a su vez derrocada para establecer una nueva república, que degeneró en imperio, el cual finalmente fue derrocado para establecer nuevamente una república. En esta síntesis de la historia política de Francia, ese golpe de estado analizado por Marx tiene mucho que enseñarnos.
Luis Bonaparte disolvió la Asamblea y encontró muy poca resistencia entre los diputados. Ahora, cuando en Brasil se pretende disfrazar con el nombre de impeachment un golpe de estado, los legisladores se mostraron sumisos ante la asonada encabezada a trasmano por Michel Temer, quien siendo parte del Partido del Movimiento Democrático Brasileño, formó gobierno con Dilma Rousseff, del Partido del Trabajo, en un esquema de alianza donde la presidenta tenía al enemigo en casa, un sujeto señalado por Wikileaks como un informante de la CIA.
Esos acuerdos, esas alianzas, esas traiciones son un reflejo de las contradicciones e intereses de diferentes grupos sociales concurrentes que representan en última instancia la lucha de clases, término que se ha buscado poner en desuso por el miedo al pensamiento de Marx, más vigente que nunca, como puede verse en este caso, donde la derecha, aliada a los intereses de los grandes capitales, busca impedir que el Partido del Trabajo, heredero del Partido Comunista, se mantenga en el poder y Lula pudiera volver a gobernar. Izquierdas y derechas no son un mero asunto de topología política, son una expresión de la lucha de clases.
La ambición desmedida, los excesos de Ubú Rey, el Señor de las Phinanzas, le llevaron a perder el poder que arbitrariamente detentaba. Tal como Napoleón III sólo le quedó el destierro. ¡Claro!, no se requiere un análisis de teoría política o teoría de la historia para entenderlo, porque para nosotros es una metáfora para reflexionar acerca del mundo en que vivimos.









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