Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú no hubiera sido maquiavélico en el sentido correcto del término. La codicia de la Madre Ubú, aunada al pragmatismo del Capitán Bordura, para quienes lo único importante fue hacerse del poder, no hubieran permitido asimilar una concepción teórica tan elaborada como la de Maquiavelo.
Una realidad impactante es que no conocemos el mundo tal cual es, que lo percibimos distorsionado y mediado por una representación social. La teoría de Serge Moscovici sostiene que “las representaciones determinan las percepciones”, de tal manera que percibimos el mundo mediado por las representaciones sociales. Digo esto pues, si tratamos el tema de Maquiavelo nos encontramos ante un caso emblemático de una representación social que genera una percepción distorsionada de un pionero de la teoría política que nos permite comprender una faceta determinante del mundo contemporáneo. Pero para la gente común —y una representación social es un saber del sentido común— Maquiavelo es un personaje incomprendido del que se tiene una percepción distante de la realidad, ligada a la maldad y la perversión.
Esta percepción llega al extremo de que en un diccionario puede encontrarse la definición de “maquiavélico” como “alguien que actúa con astucia y perfidia para conseguir sus propósitos, como un ser frío, capaz de imaginar las mayores y más turbulentas venganzas y de ponerlas en práctica con eficacia”. Existen, asimismo, expresiones como “una sonrisa maquiavélica” o “un plan maquiavélico”. Me da risa cómo podemos escuchar estas expresiones, por ejemplo, en una reunión social para referirse a alguien que trata de ligarse a una mujer.
Y, sin embargo, Maquiavelo no es digno de tal simplificación. Se trata de un precursor de la politología, que es indispensable conocer y valorar, y que entre otras cuestiones puso el acento en la relación entre la moral y la política, en el hecho de que la acción política debe ser un objeto de estudio de la disciplina filosófica llamada ética. Como escribió Claudio Aguayo: “Maquiavelo es en nuestros días una ‘trampa del lenguaje’, relacionada inmediatamente con ‘lo maquiavélico’, lo antimoral.”
Un estudio del profesor Eduardo Grüner asocia esto con el hecho de que “Maquiavelo, ubicado entre aquellos escritores sombríos de los albores de la sociedad burguesa, ha querido ser negado por aquellos que precisamente le utilizaron sin cesar, le inspiraron y le asueldaron”. Maquiavelo sería, según la visión de Grüner, demasiado un ejemplo de una alta reflexión ética, “contraria a una burguesía que ve la moral en otro mundo, como un imperativo divino, pero en el marco de un cinismo infinitamente más ‘inmoral’ que la sinceridad con la que el florentino plantea las cosas”.
Maquiavelo, quien nació el 3 de mayo de 1469, fue capaz de escribir El Príncipe, donde deja ver una visión de la política como una forma de dominación y busca demostrar que la política es la ciencia de las condiciones de dominación y coerción de una clase o casta social por encima de sus súbditos.
Maquiavelo en pleno Renacimiento fue capaz de tener una idea elevada de la política, la cual no debe ser objeto de simplificaciones. Por ejemplo, el gran Shakespeare hablaba de “Maquiavelo el asesino”, y en su Diccionario de lugares comunes, Flaubert definía “Maquiavelismo” irónicamente como: “Palabra violenta y terrible, que debe ser mencionada temblando.” Pero no todo fue así. El filósofo italiano Benedetto Croce lo consideraba como un “humanista angustiado”, o bien era un patriota convencido, en una época donde no se había dado la unificación de Italia. De acuerdo a ese autor, debe reconocerse “la autonomía y la necesidad de la política”, la cual está más allá —o mejor dicho: más acá— del bien y del mal moral y tiene leyes ante las cuales resulta inútil rebelarse y no puede ser exorcizada ni expulsada del mundo con agua bendita.
Cuando reflexionamos al respecto de la teoría política vale la pena recordar lo señalado por Louis Althusser: que las ideas políticas de Marx están precedidas por los planteamientos de Maquiavelo, el cual en el siglo XX fue retomado por Antonio Gramsci. Cuando Marx sostiene el abandono de la filosofía para tomar el camino de la ciencia —la ciencia de la historia y la economía— como guía de la acción política, en el momento de la llamada “madurez de su pensamiento”, cuando “el búho de Minerva levanta el vuelo en el crepúsculo”, debemos pensar precisamente en la relación entre política y ciencia, pues Maquiavelo, como escribe Cassirer, “estudió las acciones políticas de la misma manera como el químico estudia las reacciones químicas”. Es evidente que el químico que elabora un fuerte veneno en su laboratorio no es responsable de sus efectos. En manos de un médico experto, el veneno puede salvar la vida de un hombre; en manos de un asesino puede matarlo. Bastante ha hecho con enseñarnos todos los procesos necesarios para la preparación del veneno, y con darnos su fórmula química. El Príncipe de Maquiavelo contiene muchas cosas peligrosas y venenosas, pero él las contempla con la frialdad e indiferencia de un científico. Él da sus recetas políticas. No es incumbencia suya que hayan de emplearse, o si serán empleadas para buenos o malos fines.
Un personaje que no puede omitirse al hablar de Maquiavelo es Lenin, quien es principal referente para el entendimiento de una teoría política contemporánea y alguien que nos enseñó la importancia de una visión cruda y real de la política, donde la única moral que en todo momento debe respetarse es la que el existencialismo de Sartre llamó “la moral de la ambigüedad”, que implica una valoración de la situación del individuo y de ninguna manera el cinismo de afirmar que “moral es una planta que da moras”. El Lenin programático, incluso filosófico de El Estado y la Revolución, dio lugar al Lenin “maquiavélico” del ¿Qué hacer?, donde definirá la idea pragmática que guió la construcción de su partido.
Recordar a Maquiavelo es interminable, pero menciono para finalizar algunas ideas del capítulo noveno de El Príncipe, “Del principado civil”, donde expresa:
“El poder también puede obtenerse con el favor de los ciudadanos, con lo cual tendremos un principado civil. Ello no requiere de mucha suerte ni de mucha virtud, sino sólo de una cierta ‘astucia afortunada’. Ahora bien, el favor de los ciudadanos puede provenir del pueblo o de los poderosos, según cuál se encuentre en situación más débil y busque por consiguiente poner a alguien extranjero en el poder para derrotar a sus enemigos y conservar cierto poder. Si el poder se obtiene gracias a los poderosos será muy difícil de mantenerlo: los poderosos harán competencia al príncipe, quien no tendrá autoridad sobre ellos; para satisfacerlos, el príncipe deberá oprimir a todo el pueblo, con lo que se ganará la enemistad de éste y acabará perdiendo el poder. Pero si logra ganar la amistad del pueblo siendo su protector y haciéndole favores, podrá mantenerse.
”En cambio, si se obtiene el poder con el favor popular, se conserva una autoridad indiscutida y sólo hay que ofender a la minoría de los poderosos y quitarles su poder, mientras que el pueblo amará al príncipe por no ser oprimido. Como lo determinante es tener del propio lado al pueblo, en este caso el príncipe tendrá éxito. Pero para ello debe conducirse adecuadamente con los poderosos: si éstos dependen del príncipe, le bastará con beneficiarlos (en la justa medida), pero si se mantienen independientes de él habrá que cuidarse de ellos (salvo que lo hagan por puro temor, en cuyo caso habrá que saber comprarlos y utilizarlos).
”Luego vendrá el momento en que el principado de civil haya de convertirse en absoluto, es decir, el momento en que el príncipe se haga de todo el poder. Éste es el momento más difícil y sólo hay una oportunidad para llevarlo a cabo con éxito. Para eso es importante que el príncipe gobierne directamente, pues si lo hace por intermedio de ciudadanos en función de magistrados éstos fácilmente podrán arrebatarle el poder. Ello puede solucionarse si se garantiza que los ciudadanos sean siempre dependientes del príncipe de modo que le sean fieles.”
Se trata de una lección toda válida para la política contemporánea. Y bueno, Ubú Rey diría: “Mejor que siga asesorando Bordura”. Pero, por eso perdió el poder y regresó el Rey a quien derrotó por la fuerza de las armas.









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