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Manuel V. Ortega, un científico memorable

· abril 28, 2017

 

Ismael Ledesma Mateos

 

A Mireya, con cariño y amistad

 

Como escribe Malcolm Lowry en Bajo el Volcán, retomando la frase de fray Luis de León: “No se puede vivir sin amar”, y como dijo el sociólogo francés Luc Boltanski: “No se puede vivir sin admirar.” Uno se los científicos que más admiré en mi vida fue el doctor Manuel Valerio Ortega Ortega, quien murió el pasado miércoles 19 de abril a los 86 años de edad. Fue mi maestro cuando me metí como oyente a su clase de “Integración metabólica” que, siendo director del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav), impartía los sábados, cosa que le copié cuando yo fui director de la Escuela de Biología de la UAP y enseñaba los sábados “Teoría de la evolución”.

Ortega era un maestro impresionante, bajito, calvo, como “Elmer Gruñón”, con una sabiduría impresionante. Una parte de la clase era en el jardín, en el pasto, y como a eso del mediodía, decía: “Tengo la garganta seca. ¿Quién se va por las caguamas?” Y señalaba a algún alumno que tendría que ir a su oficina por una bolsa de mandado de esas antiguas, de fibra plástica de cuadritos de colores, que le encantaban, donde tenía los cascos de las cervezas, y al regreso pasábamos al aula para continuar. Nadie podía no beber, y cuando veía que alguien estaba “movido”, lo mandaba al pizarrón, con la orden “a mover electrones”. Eso fue para mí aprender metabolismo, y cuando ya fui alumno formal de la maestría sabía todo y mi curso oficial ¡fue pésimo! Todo lo que supe se lo debía a Ortega, pues todo lo que sabía de proteínas y enzimas me lo enseñó mi maestro Sergio González en Iztacala.

El Padre Ubú nunca tuvo maestros como esos, así que pensaría que éstas son cursilerías. Pero no es así, valorar a quienes contribuyeron a tu formación, a tu construcción como persona, es algo fundamental para darte una verdadera calidad humana, cosa de lo cual carecen los déspotas y dictadores, lo que está simbolizado en nuestro personaje simbólico, Ubú, que representa las facetas más oscuras de la existencia humana. Yo no sería quien soy sin mis maestros, a los que siempre recordaré con admiración y agradecimiento, empezando por mi Tía Lulú.

Mi relación con el Cinvestav podría incluso considerarse patológica. Alejandra, la primera novia de mi vida, que tuve en segundo semestre de la carrera, vivía cerca de ahí y desde entonces comenzamos a ir de metiches a hacer experimentos y tratar a los investigadores y acudir a la biblioteca, que siempre ha sido extraordinaria. Para alguien de la UNAM Iztacala, ir a Ciudad Universitaria era algo absurdo, teniendo tan cerca la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN y al Cinvestav, que sin duda es la institución de investigación y posgrado en las áreas de biología experimental, física e ingeniería más importante del país.

Por ello no salíamos del Cinvestav y se me ocurrió meterme al curso del Dr. Ortega, y finalmente en el Departamento de Bioquímica realicé mi tesis de biólogo con el Dr. Boanerges Ruvalcaba e ingresé a la maestría en esa disciplina, aunque para ese momento Ortega no estaba ya ahí, pues era subsecretario de Educación e Investigación Tecnológica de la SEP. Manuel V. Ortega, es un ejemplo más de esos hombres que contribuyeron a construir nuestra nación, teniendo que conjugar su labor como científico y político, aportando su inteligencia y su valor en la creación de instituciones.

Yo soy entrevistador, y se me fue sin entrevistarlo. Había muchas cosas que me hubiera gustado que me dijera directamente. Él fue químico bacteriólogo parasitólogo por la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN y doctor en bioquímica por el Instituto Tecnológico de Massachusetts, y fue uno de los fundadores del Departamento de Bioquímica del Cinvestav y su primer secretario académico y tercer director, luego de Arturo Rosenblueth y Guillermo Massieu Helguera. Algo crucial en su trayectoria fueron sus investigaciones sobre aspectos bioquímicos y metabólicos de la bacteria Salmonella typhimurum, que condujeron a la secuenciación de su genoma.

Cuando era subsecretario ocurrió el terremoto de 1985, por lo que se fue al Cinvestav, a la oficina del director, el Dr. Héctor Nava Jaimes, y ahí pensamos en hacer un campamento para damnificados, aunque desgraciadamente algunos oportunistas arruinaron la operación. Tiempo después el Dr. Ortega fue director general del Conacyt, puesto desde el cual dio un gran impulso a la ciencia y la tecnología en el país.

Ortega era un hombre incansable y tenía la obsesión por la descentralización de la ciencia en el país. En el Cinvestav promovió los llamados “cursos de provincia”, y buscó atraer a la institución a estudiantes de diversos lugares de la república, además de promover unidades foráneas, como la exitosa de Irapuato, dedicada a la biotecnología vegetal.

Cuando hojeo mi Lehinger de 1978 o mi Stryer en su edición más reciente, siempre pienso en mis maestros Sergio González Moreno, Manuel V. Ortega y Carlos Gómez Lojero, quienes me formaron en bioquímica, además de la lectura de los libros de Raúl N. Ondarza; ellos son personajes fundamentales en el bagaje científico de mi vida como biólogo.

Ortega se convirtió en alguien muy crítico de la estructura académica de los posgrados del Cinvestav y en una ocasión que varios alumnos de maestría nos entrevistamos con él, cuando era subsecretario, nos dijo: “Son unos pendejos, están haciendo un doctorado, pero disfrazado de maestría, pero lo peor es que se los van a tomar como maestría.” Ésa era una gran verdad y por eso creo que tengo tres doctorados y no uno, pero el papel es de uno. En efecto, las maestrías y doctorados del Cinvestav duraban muchísimo, más que los posgrados en el extranjero y con una calidad inigualable. Aún hoy en día, siendo académico de la UNAM recomiendo que para posgrados en ciencias naturales o exactas la gente vaya al Cinvestav, para cosas de bichos o plantas a la ENCB del IPN y para ciencias sociales, al Colegio de México.

El Dr. Ortega era un hombre que tuvo gran poder, pero era de una sencillez excepcional. En una ocasión tomamos un microbús en la entrada el Cinvestav para el Metro Deportivo 18 de Marzo. El Dr. Ortega llevaba su bolsa de mandado, la misma de las caguamas, vestido en mangas de camisa. Yo sí llevaba un traje, pero los dos platicábamos de nuestras experiencias como directores y él como subsecretario y director del Conacyt, y la gente sentada en el microbús nos veía con cara de asombro. “¿Y estos locos qué onda? Si tuvieron tanto poder, por qué andan en un microbús. ¡Ésa es una de las mejores experiencias de mi vida!

Los déspotas como el Rey Ubú no podrían entender, ni aceptar eso.

¡Vamos a interrumpir aquí!

[email protected]

 

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