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Los intelectuales y el poder en el siglo XXI

· abril 7, 2019

Ismael Ledesma Mateos

Ahora que vivimos la cuarta transformación en la historia del país, resurge la relevancia de reflexionar acerca de la relación entre los intelectuales y el poder, pues parece que existe un acoso de algunos de ellos contra el nuevo gobierno, al igual que de científicos, adaptados, o mejor dicho aclimatados, para ser cortesanos del poder del antiguo régimen. Así pasó en Francia con la llegada de la Tercera República, cuando científicos como Louis Pasteur y pensadores afines al imperio de Napoleón III eran adversos al nuevo orden del Estado. No es fácil gobernar en una transición así, pero es un reto que debe afrontarse.

Me llama la atención la manera como columnistas en medios de comunicación y presuntos intelectuales no pierden la oportunidad para atacar a López Obrador, con una actitud que amerita el adjetivo lleno de sentido del humor (no le falta al mandatario) de fifís.

Élites acostumbradas a ser apoyadas por los gobiernos no entienden la situación, y por ello es importante pensar lo que es ser “intelectual”. En una definición de diccionario se dice: “Intelectual es el que se dedica al estudio y la reflexión crítica sobre la realidad, y comunica sus ideas con la pretensión de influir en ella, alcanzando cierto estatus de autoridad ante la opinión pública. Proveniente del mundo de la cultura, como creador o mediador, interviene en el mundo de la política al defender propuestas o denunciar injusticias concretas, además de producir o extender ideologías y defender unos u otros valores”.

En consecuencia, “se llama intelectualidad a un colectivo de intelectuales, agrupados en razón de su proximidad nacional (intelectualidad española, francesa, etc.) o ideológica (intelectualidad liberal, conservadora, progresista, revolucionaria, reaccionaria, democrática, fascista, comunista, etc.).” Se dice que el término fue acuñado en Francia durante el llamado affaire Dreyfus (finales del siglo XIX), inicialmente como un calificativo peyorativo que los anti-dreyfusistas (Maurice Barrès o Ferdinand Brunetière) utilizaban despectivamente para designar al conjunto de personajes de la ciencia, el arte y la cultura (Émile Zola, Octave Mirbeau o Anatole France) que apoyaban la liberación del capitán judío Alfred Dreyfus, acusado injustamente de traición. Hay una frase genial de Jean-Paul Sarte al respecto: “Intelectual es el que se mete donde no le importa” (L’intellectuel est quelqu’un qui se mêle de ce qui ne le regarde pas), lo que implica la toma de postura de un intelectual ante diversas problemáticas, que involucra la idea del compromiso, de “l’intellectual engage”. No se trata del científico o del sabio que proclama la idea boba y demagógica de la neutralidad política, sino de algo que involucra un posicionamiento consciente.

El intelectual debería conjugar el conocimiento científico y humanístico con una convicción y actitud política, con una visión estratégica y capacidad de planeación. Quien pueda integrar todo eso podría considerarse un intelectual orgánico. Un momento crucial de la presencia intelectual en el siglo XX fueron los movimientos de 1968, donde su actividad fue crucial. En la entrevista de Jean-Paul Sartre con Daniel Cohn-Bendit titulada “La imaginación toma el poder”, Sartre pregunta: “En algunos días, sin que haya sido lanzada una orden de huelga general, Francia fue prácticamente paralizada por los paros de trabajo y las ocupaciones de fábricas. Todo esto porque los estudiantes se hicieron dueños de la calle en el Barrio Latino. ¿Cuál es su análisis del movimiento que ustedes desencadenaron? ¿Hasta dónde puede llegar?”

Daniel Cohn-Bendit responde: “El movimiento tomó una extensión que nosotros no podíamos prever al principio. El objetivo, ahora, es la caída del régimen. Pero no depende de nosotros el que esto sea alcanzado o no. Si verdaderamente éste fuera el objetivo del Partido Comunista, de la CGT y de las otras centrales sindicales, no habría problema: el régimen caería en quince días porque no hay nada qué oponer a una prueba de fuerza impuesta por todas las fuerzas obreras.”

Sartre dice: “Hay casos, cuando la situación es revolucionaria, en que un movimiento como el de ustedes no se detiene; pero sucede también que el ímpetu decae. En este caso hay que intentar ir lo más lejos posible antes de que se detenga. En su opinión, ¿qué puede resultar de irreversible del movimiento, suponiendo que se detenga pronto?”

Cohn-Bendit responde: “Los obreros obtendrán la satisfacción de un cierto número de reivindicaciones materiales y se operarán reformas importantes de la Universidad por iniciativa de las tendencias moderadas del movimiento estudiantil y de los profesores.

”No serán las reformas radicales que nosotros deseamos, pero obtendremos de todas maneras un cierto peso: haremos proposiciones precisas y seguramente se aceptarán algunas porque no se osará rechazarnos todo. Será progreso, claro está, pero nada fundamental se habrá cambiado y continuaremos impugnando al sistema en su conjunto” (Le Nouvel Observateur, 20 de mayo de 1968).

En esta entrevista se ve la emergencia de una acción intelectual, ligada a la movilización, con una clara intencionalidad política de un estamento emergente que son los estudiantes universitarios, de ahí la consigna: “La imaginación al poder”. La intelectualidad implica imaginación y eso es crucial para un ejercicio racional del poder.

“Cuando la clase ascendente toma conciencia de sí misma —dice Sartre—, esta toma de conciencia actúa a distancia sobre los intelectuales y desintegra las ideas en su cabeza.” La presencia antiburguesa del proletariado transforma la situación de los intelectuales: su actividad no se inserta simplemente en una determinación mecánica proveniente de su origen de clase, sino en la determinación contradictoria del campo práctico en que la realiza. Por esta razón, los intelectuales tienen la posibilidad de encontrar una comunidad de tendencia con el proletariado revolucionario; en el ámbito de sus propios centros de trabajo, en la experiencia de las insuficiencias y falsedades de la cultura burguesa, pueden descubrir prácticamente la necesidad de una transformación radical del orden social. El rigor intelectual, la consecuencia científica, ideológica y estética de los hombres de cultura pueden volverse sinónimos de crítica, de impugnación, de contestación. Su conciencia crítica será entonces el equivalente cultural de la conciencia revolucionaria del proletariado. En resumen: los intelectuales no están condenados a servir a la burguesía.”

No obstante, existen intelectuales que actúan precisamente para servir a la burguesía, que actúan como cortesanos serviles al poder político y económico, algo muy diferente a la idea del intelectual comprometido, sostenida por Sartre. La realidad rebasa a las mejores posturas políticas, y en los hechos muchos intelectuales se comportan de la manera más abyecta, de ahí la importancia de estudiar sus relaciones con el poder. A diferencia de este ideal de intelectual, nos encontramos en ocasiones con personajes que utilizan su capacidad y formación académica para ponerse al servicio de los poderosos y del mantenimiento del status quo, partidarios del inmovilismo y enemigos de las transformaciones.

En 1972 la revista Plural dedicó su número de octubre a “Los escritores y el poder”. Octavio Paz escribió: “como escritor mi deber es preservar mi marginalidad frente al Estado, los partidos, las ideologías y la sociedad misma. Contra el poder y sus abusos, contra la seducción de la autoridad, contra la fascinación de la ortodoxia. Ni el sillón del consejero del Príncipe ni el asiento en el capítulo de los doctores de las Santas Escrituras revolucionarias”. Más de cuarenta años después la polémica acerca del papel del intelectual frente al poder sigue vigente y ha propiciado dos libros, emparentados en forma y fondo.

Los intelectuales y el poder (Joaquín Mortiz) es una conversación entre Gastón García Cantú y Gabriel Careaga. En ella se recorren los pasillos que han comunicado las cámaras del poder con las aulas, los lugares de escritura y las salas de redacción. El recorrido va desde la generación de 1910 hasta la disputa que generó el Coloquio de Invierno de 1992. Se detiene sobre todo en los momentos y en los lugares en los que García Cantú fue protagonista o espectador privilegiado. En los personajes que desfilan por la conversación (Ignacio Manuel Altamirano, José Alvarado, Alfonso y Antonio Caso, Daniel Cosío Villegas, Fernando Benítez, Fernández de Lizardi, Pablo González Casanova, Novo, Revueltas, Vasconcelos, Carlos Fuentes, Gabriel Zaid, entre otros) observamos la edificación de las ideas que han alimentado la polémica.

Por su parte, Creación y poder (Joaquín Mortiz) está compuesto de nueve entrevistas con intelectuales que han participado en la polémica sobre su actitud ante el poder, o han participado de él. Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze, Carlos Monsiváis, Víctor Flores Olea, Mario Vargas Llosa, Enrique González Pedrero, Rafael Tovar y de Teresa, Federico Reyes Heroles y Jorge G. Castañeda son interrogados por Alejandro Toledo y Pilar Jiménez Trejo. Entrelazan sus formaciones personales con la historia del México contemporáneo; ésta con su obra fundamental, con las de los demás.

En ambos libros se aprecia el afán por desentrañar la biografía de la intelectualidad mexicana y de sus relaciones con el poder como punto de referencia. Al mismo tiempo, los entrevistados señalan esa carencia en nuestra bibliografía: la historia y el panorama actual del mundo de las ideas mexicanas está por escribirse, más allá de estos esfuerzos fragmentarios y testimoniales (J. Ramírez Garrido, Nexos, diciembre de 1994). Se trata de textos de importancia para reflexionar acerca de la relación entre los intelectuales y el poder, que debemos retomar en los tiempos que vivimos.

Bueno, para el Padre Ubú estas ideas no tendrían importancia, pues para él lo trascendental es el poder omnímodo, como para muchos gobernantes y dictadores actuales, que jamás pensarían en la importancia de la relación entre los intelectuales y el poder. Y él hubiera pensado que un intelectual orgánico sería perfecto como su complemento para las ensaladas que comería, convencido de las bondades de lo orgánico.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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